El martes a la noche, 27 de enero, activistas de El Cairo estaban discutiendo en Twitter sobre la segunda ola de protestas, que se suponía comenzarían después de la oración de mediodía del viernes. Dos días más tarde, decenas de miles de personas se habían lanzado a las calles y, a pesar de la violenta respuesta de la policía y los matones, lograron ocupar la Plaza Tahrir; esta vez, se esperaba que muchos pudieran unirse a la revuelta pacífica. Un “Manual para la revolución egipcia” de 26 páginas en PDF circulaba por email. “Contiene una lista de herramientas, ropa, rutas de marcha y demás”, decía el email. “Por favor, distribuirlo usando sólo email, impresoras hogareñas y fotocopiadoras locales. No lo distribuya por Facebook o Twitter, que son monitoreados intensamente por la inteligencia egipcia”.
Apenas tuvimos tiempo de pasar la voz antes de que las comunicaciones se apagaran. Facebook fue la primera en irse –alrededor de las 10 de la noche del 27 de enero. Twitter fue cancelado un poco después. Y luego, a las 12.19 de la madrugada, clausuraron Internet. Llamé a un activista amigo. “Los hijos de puta”, dijo. “Es cuestión de tiempo antes de que le toque a la red de celulares. Si no podemos ponernos en contacto, en la mañana, a las 11, en el Cilantro Café. De ahí, a la mezquita Moustafa Mahmoud”.
La red telefónica se cayó poco después de las 9 de la mañana del viernes. Había justo llamado a Abeer Allam, el corresponsal en Riyad del Financial Times. “Por favor, intentá llamarme en un rato”, lo había urgido. “Si mi telefóno está apagado, significa que las redes de celulares están caídas. Hacelo saber”. Mi siguiente llamado habría sido a mi padre, que vive solo –quería chequear cómo estaba y hacerle saber que estaría en las calles ese día–, pero fue demasiado tarde.
Me dirigía al café temprano, no muy segura de qué esperar cuando las protestas comenzaran. El gobierno había advertido que habría una severa represión de cualquier activismo. No estábamos seguros de qué significaba esto, y medio esperábamos despertarnos el viernes a la mañana con la ciudad sitiada por el ejército. En cambio, encontramos sólo una seguridad reforzada. Policías e informantes de civil habían salido en masa, y las mezquitas en toda la ciudad estaban rodeadas de seguridad de estado y policía antimotines.
En el café, encontré decenas de hombres y mujeres jóvenes –todos ellos discutiendo qué podía hacer el gobierno. Vi a una amiga periodista, Lina Wardani, que había sido golpeada y detenida por matones del Estado durante las protestas del 25 de enero. Estaba muy lastimada. También divisé a Hala El Koussy, una artista que también había estado en la marcha del martes. En el rincón más apartado, un informante de civil con tres celulares en su mesa hablaba con el encargado del café, quien, en determinado punto, se levantó y probó las cerraduras de las puertas de vidrio del lugar. “Pueden encerrarnos aquí y luego llevarnos”, dijo Hala, señalando tres camiones azules para prisioneros en la calle aledaña. “Deberíamos irnos ya”.
Eran las 11.30. Pagamos y nos fuimos, dividiéndonos en grupos. Fui con Hala y dos de sus amigas –ambas mujeres. Un agente de policía nos siguió por el camino, el oído pegado a un celular. Nos metimos en un taxi, tratando de librarnos de él.
Para cuando llegamos a la mezquita Moustafa Mahmoud, alrededor del mediodía, estaba llena. La concurrencia se extendía por las calle, las alfombras de oración estaban extendidas sobre el pavimento. En la sección de mujeres, divisé caras que había visto en las protestas del día anterior, muchas de ellas sin alfombras de oración, rezando, en su lugar, sobre la bandera egipcia. “Respetemos esta lugar sagrado”, comenzó su sermón el imán por los altoparlantes, “y apaguemos nuestros teléfonos”. La multitud, para entonces de miles, rompió a reir. El imán habló sobre el tiempo de cambio que enfrentaba el país y la juventud egipcia. “Lo que hemos descubierto en estos días”, dijo, “es que nuestra juventud realmente ama a su país”. Hubo una ovación. “Están pidiendo derechos democráticos que todo país debería tener. Libertad de expresión”, continuó, con aplausos aún más apasionados.
Mientras el sermon proseguía, advertimos agentes de seguridad de civil moviéndose entre la multitud. Mi amiga los señaló con la cabeza, alertándome. Yo estaba asustada; pensaba que nos agarrarían apenas la oración terminara. Cuando el imán decía sus últimas palabras, la multitud se levantó, alzó las banderas y las pancartas, se abrió paso en medio de la seguridad y empezó a marchar por las calles, cantando el nombre árabe de Egipto: “¡Misr, Misr, Misr, Misr. La gente de este país quiere que el gobierno renuncie!”.
Fuera de la mezquita, había ya miles de personas marchando. Nos unimos a ellos y formamos pequeñas cadenas humanas, tomándonos de las manos, empujando. De pronto, la gente parecía más confiada, alentada por la cantidad. Cruzamos la calle principal, Gamaat Al Dawal, y nos dirigimos hacia el Puente. Había probablemente unos diez mil manifestantes en ese momento, pero se sentían como muchos más.
El martes, los manifestantes habían estado en vilo; nadie sabía qué dirección tomarían las cosas y qué haría el gobierno. Ahora –a pesar de los temores iniciales después del blackout telefónico y de Internet del viernes por la mañana—todas las personas a las que pregunté hablaban de su “euforia” y su “júbilo”. La policía antimotines estaba en todas partes, pero la multitud la superaba en número. La demografía de la protesta también había cambiado: el movimiento activista del martes, dominado por jóvenes de clase media con cuentas en Twitter, se había ensanchado para incluir masas de clase media y clase media baja, incluso niños. Se había convertido en un movimiento popular.
La gente saludaba a los manifestantes desde los balcones. Empecé a ver personas que habían estado en la escuela conmigo, amigos de la familia, gente que trabajaba en tiendas y kioscos. Divisé a nuestro mecánico y al hombre que empacaba las compras en el supermercado de mi calle. La policía antimotines no parecía hacer nada. Llegaban informes de protestas masivas en otras ciudades egipcias. Empezaba a sentirme más segura.
De pronto, mi amiga Hala dijo: “Estoy oliendo algo, estoy oliendo algo”. En un segundo, todos lo sentimos. Había gas lacrimógeno por todas partes. Evidentemente, la policía había descubierto nuestra ruta y atacaba desde el frente. Alguien empezó a distribuir máscaras verdes para cubrirse las bocas y las narices –la misma clase de máscaras que el gobierno había entregado durante el brote de gripe asiática. Desde un balcón, un hombre tiró una caja de ellas hacia la multitud.
Corrimos hacia adelante. Había graffiti sobre los puentes y en los costados de los edificios. “Mubarak, renunciá”, decían. “¡Mubarak, estás despedido!”. Un hombre empezó a cantar “Allahu Akbar.” La multitud le gritó de inmediato que se detuviera. (El gobierno había intentado débilmente identificar a los manifestantes con la Hermandad Musulmana y era importante no dar credibilidad alguna a tales acusaciones).
Continuamos durante varias millas. Había familias con niños, envueltas en la bandera egipcia. Advertí a algunos profesores de la American University. El Moallem, un editor muy conocido, estaba entre nosotros. Me puse a conversar con Hamdeen Sabahi, líder del partido popular de oposición, que muchos consideran una posible amenaza para Mubarak en elecciones libres y limpias. “Fui encarcelado 17 veces, pero este régimen no me amedrentará”, dijo.
Era alrededor de las 2 de la tarde y acabábamos de oir informes de que Mohamed ElBaradei había sido detenido con su propia marcha desde otra mezquita. Activistas y líderes de la oposición eran ambivalentes respecto de ElBaradei; no se había unido inmediatamente a las protestas y había pasado demasiado tiempo en el exterior. “ElBaradei es un turista”, me dijo Sabahi. “Ha perdido credibilidad en la calle egipcia”. Con todo, muchos con los que hablé creían que el apoyo de ElBaradei era importante, dada su estatura internacional. La policía antimotines había formado una barricada ante nosotros y estaba disparando gas lacrimógeno; la marcha se detuvo.
Durante una hora, la multitud batalló con la policía, tratando de avanzar, luego corriendo en retirada para evitar los gases. Me moví hacia el frente para ver lo que ocurría. Lanzaron más gas lacrimógeno, y comencé a ahogarme, los ojos me ardían. Alguien me puso una toalla bañada en vinagre en la cara. El ardor tardó 15 minutos en irse.
Cerca de las 2.30 de la tarde, la multitud logró atravesar la barricada de la policía y subir al puente Al-Galaa, cerca del Hotel Sheraton. Los huéspedes salían a los balcones y saludaban. Sobre el puente, cuatro camiones verde oliva habían sido abandonados por sus oficiales –la policía había renunciado y ahora se sentaba sin esperanzas en las veredas. Algunos jóvenes se subían a los camiones y levantaban la bandera egipcia. “A Tahrir”, gritaban, urgiendo a la multitud a seguir marchando sobre el puente y, luego, hacia la Plaza de la Liberación.
Algunos de nosotros llegamos a Tahrir (Liberación), otros no. La policía se iba haciendo cada vez más implacable. En otro puente lleno de manifestante dispararon gas lacrimógeno desde camiones blindados casi a quemarropa. Había alaridos de los jóvenes y mujeres que habían sido alcanzados. Algunos fueron sacados a la carrera, cargados sobre los hombros de sus amigos, cubiertos en sangre. La gente empezaba a sentirse mareada. Me dolía la garganta de inhalar el sulfuro. Alguien gritó por un megáfono que deberíamos cambiar nuestra ruta –ir por la isla residencial de Zamalek, pasando la embajada tunecina, y luego de nuevo hacia Tahrir. Cerca del frente de nuestra marcha estaba Karim El Shafei, el CEO de uno de los fondos de inversión más grandes de Egipto.
Alrededor de las 6 de la tarde, todavía marchando, recibimos la noticia del toque de queda y de que habían enviado al ejército. Hubo reportes de que habían usado balas de gome y pudimos oír disparos. La gente decía que el gobierno había liberado criminales y matones en las calles. No estábamos seguros de que fuera verdad, pero la atmósfera se volvía cada vez más caótica.
Dos horas después del toque de queda, me fui a casa. De inmediato me arrepentí: puse Al-Jazeera y me di cuenta de que la gente seguía desafiando el toque de queda; grandes multitudes permanecían en la Plaza Tahrir. Todo el mundo esperaba que el presidente Mubarak hablara. Nos habían dicho más temprano que se dirigiría a la nación. Ahora habían pasado las 8 de la noche y había informes de saqueos, violencia y edificios en llamas; pero todavía no había aparecido. Para cuando el presidente finalmente se dirigió a la nación, después de medianoche, y prometió disolver su gabinete pero rehusó renunciar, el público estaba furioso. Un amigo activista me llamó al teléfono de mi casa. “No lo entiende. Queremos que se vaya –¡un cambio de gabinete no significa nada! Mañana, a Tahrir de nuevo”.
La gente permaneció en las calles hasta las 3 de la mañana, eludiendo a las fuerzas de seguridad, escapando de los matones, tratando de apagar los fuegos que se encendían. También celebraron la llegada del ejército, que entró en la ciudad en tanques y se detuvo, sin acosar a los manifestantes. Mucha gente no podía irse a casa y buscó refugio en casas de amigos, en edificios de oficinas. Cinco personas que conozco durmieron en una galería de arte.
En la mañana del sábado, volvieron los celulares. Me dirigí temprano a la Plaza Tahrir. No había un policía a la vista, pero había ya cientos de personas, muchas cantando, algunas viendo qué había ocurrido durante la noche. Parecía una zona de guerra. Vidrios rotos y basura desparramada por las calles. Latas vacías de gas lacrimóngeno yacían por todas partes. Restos quemados de autos y camiones de policía volcados estaban esparcidos por las veredas. El cuartel central del Partido Democrático Nacional de Mubarak, que había sido incendiado el viernes a la noche, estaba completamente ennegrecido y todavía ardía. El restaurante Hardees, que ocupa una de las esquinas de la plaza, estaba en llamas, su vitrina hecha añicos.
Los tanques del ejército se hallaban alrededor de la plaza, bloqueando todos los caminos que conducían a ella, pero permitiendo a la gente que entrara a pie. La multitud crecía rápido. Para las 2 de la tarde había diez mil personas. Encontré a una amiga arqueóloga, Nora Shalaby, preocupada por el cercano Museo Egipcio. El edificio estaba en llamas y había rumores de que había sido saqueado. Alguien la tranquilizó diciendo que los manifestantes habían rodeado el edificio y prometido resguardarlo hasta que llegara el ejército. Los civiles habían empezado a actuar en lugar de la policía, que había desaparecido completamente de las calles. Unos jóvenes –manifestantes— dirigían el tránsito.
Dimos vuelta a la plaza y encontramos a Mohamed Waked, un amigo capturado durante las protestas del 25 de enero. “Me metieron en una celda preparada para contener 20 personas”, contó. “Había alrededor de cien conmigo. Estábamos unos encima de otros”. Algunos fueron liberados en horas –“los que tenían conexiones”, dijo–. Mohamed fue retenido durante 35 horas. “Nos tiraron en un camino del desierto en el medio de la nada y nos dijeron que camináramos de regreso”.
El toque de queda del sábado había sido impuesto para las 4 pm, pero eran alrededor de las 3 y al menos 40.000 personas estaban en la zona lindante con la plata Tahrir. Nadia pensaba irse a casa. Unos jóvenes comenzaron a distribuir bananas y bizcochos. También organizaron a la multitud y empezaron a patrullar la zona para prevenir disturbios. La gente y el ejército parecían cada vez más unidos –los civiles se sentaban en los tanques y hablaban con los soldados. La gente cantaba ahora “El pueblo y el ejército quieren que el sistema cambie”.
Podíamos oír disparos que venían, aparentemente, del vecino Ministerio del Interior y otra vez flotaba el gas lacrimógeno. Alguien dijo que tres personas habían sido matadas, entre ellas un niño. La multitud dejó de cantar y se arrodilló para rezar. El toque de queda había pasado hacía tiempo y nos preguntábamos que ocurriría a continuación.
Enseguida nos enteramos de que el gobierno había liberado a criminales de varias prisiones y que, junto con matones pagados por la seguridad del Estado, estaban asolando la ciudad, saqueando y destrozando comercios, infiltrando los distritos residenciales de la ciudad, tirando abajo puertas y robando casas. Recibí llamados de amigos y familiares urgiéndome a volver a casa. “Cosas terribles ocurren en tu zona”, me dijo un amigo periodista.
Me quedé en la plaza un poco más, absorbiendo los gritos de furia a medida que llegaba la noticia de que Omar Suleiman, jefe de inteligencia del presidente, había sido nombrado vicepresidente. Suleiman, de más de 70 años, era uno de los hombres del presidente, y sólo la renuncia de Mubarak podía satisfacer a los manifestantes.
Llegué a casa después de las 8 de la noche. Las calles de mi barrio estaban oscuras y vacías, excepto por unas decenas de jóvenes, algunos con cuchillos, otros con bates de baseball, rifles, bastones. “Los jóvenes del área están patrullando”, explicó alguien. “Los matones ya intentaron meterse aquí y la policía se ha desvanecido”.
En mi calle, los porteros habían tomado los chalecos antibalas y las vallas de metal abandonados por la policía. Las luces de los balcones estaban encendidas, como había sido aconsejado. Recorrí mi casa cerrando las pesadas persianas de madera. Me preocupaba una puerta de vidrio que daba a la calle y la tapé con diarios. Los amigos me llamaban para reportar robos. Todos aquellos con los que hablé sentían que los rumores eran ciertos: el gobierno había decidido crear un caos para sacar a la gente de las calles y generar un pretexto para una represión brutal. Habían llegado ya informes de que algunos de los matones arrestados por el ejército tenían identificación de la seguridad del Estado.
Durante la noche, todavía podia oír disparos, y algún ocasional helicóptero arriba. Estaba asustada, pero todavía furiosa. Hablaba con muchos amigos por teléfono y todos estaban de acuerdo en que los Estados Unidos tenía que hacer algo –“Está en manos de Hillary y Barack”, dijo uno.
En la mañana del domingo, las calles estaban espantosamente tranquilas. El ejército estaba en el centro, no había señales de la policía o de ningún matón de civil. Salí en busca de un fax o una conexión de Internet. Alguna de la poca gente que vi decía que el gobierno debía estar planeando alguna respuesta. Alrededor de las 3 de la tarde, llegaron reportes de arrestos. Los periodistas, en particular, eran uno de los blancos elegidos. Como llevaba una notebook, fui detenida e interrogada, pero me arreglé para disipar las sospechas y seguí mi camino. No mucho después, pude oír los cazas volando bajo sobre la ciudad.
Los manifestantes se dirigían de nuevo a la Plaza Tahrir. Había informes de que el nuevo vicepresidente se había reunido con el ministro del Interior para discutir la cuestión de la seguridad. Hasta entonces, al menos cien personas habían muerto y miles habían sido heridas. La televisión local estaba llena de imágenes de violencia en la calle y criminales sueltos. Aunque el domingo es un día laborable, muchos supermercados y tiendas estaban cerrados y todos los cajeros automáticos parecían vacíos. Los bancos estarían cerrados otra vez el lunes, se nos dijo, y la bolsa había caído un 23 por ciento. Se esperaba que el gobierno anunciara un nuevo gabinete, pero los manifestantes –que para las 5 de la tarde, mucho después del toque de queda, sumaban otra vez decenas de miles—esperaban que Mubarak renunciara. Dicen que no se irán hasta que él se vaya. “No hay vuelta atrás ahora”.
Aquí, version original de este artículo, en inglés
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Yasmine El Rashidi es una escritora y periodista que vive en El Cairo. Ex reportera y corresponsal para Medio Oriente y el Golfo de The Wall Street Journal, sus artículos han aparecido en publicaciones como The Washington Post, Newsday, Ms, Bidoun, The Chronicle of Higher Education y Monocle. Ha comentarios asuntos árabes para National Public Radio y la BBC, y es editora asistente para el diario de internet egipcio AhramOnline.



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