Perder Egipto, por Jon Lee Anderson

1 febrero, 2011

En junio de 1967, cuando tenía diez años, mi familia se preparaba para dejar Taiwan, donde habíamos vivido desde que tenía cinco, y mudarse a El Cairo. Mi padre ya estaba allí, haciendo los arreglos finales. Trabajaba para U.S.A.I.D., el ejército de acción cívica de ultramar del gobierno norteamericano, y su nuevo puesto incluiría trabajar con refugiados palestinos en la Franja de Gaza, entonces controlada por Egipto.

A pesar del apoyo de los Estados Unidos a Israel, las relaciones norteamericanas con Egipto eran cordiales. En 1952, los Estados Unidos habían respaldado el golpe militar lanzado por el líder nacionalista Abdel Nasser contra el irresponsable monarca egipcio, el Rey Farouk. En 1956, cuando Nasser nacionalizó el Canal de Suez y Gran Bretaña, Israel y Francia invadieron, el presidente Eisenhower se opuso abiertamente a la invasión, forzándolos, al final, a retirarse. Era una época en que los Estados Unidos todavía estaban estableciendo su rol como nueva superpotencia en una región en que las brasas de los viejos poderes coloniales aún ardían.

Nuestra casa en Taipei estaba llena de cajas y la partida era inminente. Incluso teníamos una casa en El Cairo a la que mudarnos, una gran casa victoriana cerca de las pirámides de Giza. En un viaje previo, mi padre le había tomado fotografías. En una, recuerdo, un hombre de bigote y turbante, que iba a ser nuestro “criado” en jefe, se hallaba parado al frente, sonriendo. Por muchos meses no había sido capaz de pensar en nada más que momias y pirámides: empezaba cada día saltando de la cama y gritando “¡Egipto!”. Había suplicado a mi padre que me dejara tener mi propio falucho en el Nilo y un camello para montar; él me retrucado con la promesa de un burro mascota y quizás un muy pequeño falucho, más adelante. Mientras tanto, me había inscripto en los Boy Scouts egipcios, que, me prometió, acampaban regularmente en el desierto.

Cuando volaba a Taiwan para buscarnos, estalló la Guerra de los Seis días, y enseguida Gaza cayó en poder de Israel junto con Cisjordania, entonces controlada por Jordania. El presidente Nasser echó a los norteamericanos por haber dado apoyo militar a Israel y acogió a los rusos como sus más cercanos aliados. Mi padre, no hace falta decirlo, no mudó a nuestra familia a la casa cerca de las pirámides.

Fue recién en 1973, después de que Nasser muriera y su sucesor, Anwar Sadat, consolidara su poder, que se restauraron las relaciones diplomáticas con los Estados Unidos. Para entonces, Sadat había expulsado a los consejeros soviéticos tan bruscamente como Nasser a los norteamericanos. Recuerdo a mi padre riendo, deleitado, cuando oyó la noticia.

Hubo más vueltas en la relación Estados Unidos-Egipto –y otra guerra con Israel, la Guerra de Yom Kippur de 1973, en la que Egipto perdió de nuevo–, pero, bajo Sadat, las relaciones con los norteamericanos se profundizaron. En 1973, el presidente Richard Nixon autorizó el primer tramo anual de ayuda norteamericana a Egipto, 250 millones de dólares (en 2009, había crecido a 1.500 millones). Los lazos más estrechos entre los dos países después de la guerra llevaron, eventualmente, a los Acuerdos de Camp David entre Sadat y Menachem Begin, negociados por el presidente Jimmy Carter, y al acuerdo de paz entre Egipto e Israel un año más tarde.

Fue, en última instancia, por esta acción –hacer la paz con Israel—que Sadat fue asesinado por islamistas en 1981. Habían pasado sólo dos años desde que la revolución iraní, lanzada por el Ayatola Khomeini, depusiera al Sha Reza Pahlevi, un aliado norteamericano. Con su partida llegó una nueva confianza a los movimientos islamistas en todo Medio Oriente, amenazando con dar vuelta el tablero de influencias en la región, que había sido cuidadosamente equilibrado entre regímenes nacionalistas árabes prosoviéticos  y otros, como el de Egipto, que se había alineado con los Estados Unidos. Con el asesinato de Sadat, Hosni Mubarak llegó al poder y, como Sadat, se convirtió rápidamente en nuestro socio político en Egipto.

Al final, nuestra monogamia serial con los dictadores de Egipto y el dinero que les dimos –según los reportes, 68.000 millones de dólares en total—nos compró su lealtad y años de tiempo prestado. Ese tiempo parece haberse agotado. En los días que vendrán, será más claro si nuestro dinero también nos ha comprado la adhesión de los egipcios de a pie, o, si, una vez más, tendremos que empacar y marcharnos.

Aquí, la versión original de este artículo, en inglés.

, , , , , , , , hallazgos1, jon lee anderson

Trackbacks For This Post

  1. La revolución egipcia en links - 3 years ago

    [...] Perder Egipto, por Jon Lee Anderson. [...]

  2. Tweets that mention Perder Egipto, por Jon Lee Anderson -- Topsy.com - 3 years ago

    [...] This post was mentioned on Twitter by Pablo Martinez, francisca skoknic, Martín Onetto, elpuercoespin, Diego Fonseca and others. Diego Fonseca said: Perder Egipto, por Jon Lee Anderson, en el puercoespin – http://bit.ly/gZyvt8 [...]

Leave a Reply