Desalmadas, por María Martoccia

January 26th, 20111:18 pm @

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Suben la cuesta en primera, el motor rechina como si fuera un animal lastimado y cada vez que el coche asciende queda allí abajo el pueblo, prolijo a la distancia con sus jardines de malvas resistentes y duraznos sin madurar. Entre las piedras filosas que el conductor esquiva —no vaya a ser que por un viaje de veinte pesos rompa el tren delantero—, corren unas lagartijas verdes que parecen de agua estancada. El tomillo, más aguantador que la menta, florece debajo de las rocas y crea refugios para los cuises y los sapos. Se detienen en un camino de tierra, perdido detrás de unos árboles carbonizados. El sol enceguece, transforma las plantas y las piedras en rayos de luz; no se distinguen los pétalos ni las motas sobre el caparazón de los insectos y hasta las espinas de los cactus se han vuelto transparentes. Pasan unos minutos. El conductor saca un brazo por la ventanilla y se oye que los loros gritan arriba de los eucaliptos. A un costado del camino, sobre una piedra lisa, hay un montón de bosta seca por donde se arrastran unos gusanos ciegos. A lo lejos se ven columnas de humo negro, erguidas como viejas encorsetadas.

El hombre menea la cabeza y se da vuelta para ver a los ocupantes del asiento trasero. Allí están. La vieja se retoca los labios delante de un espejo minúsculo que solo puede reflejarle un tercio de la cara; la hija tiene el pelo hecho un lío, los brazos ciñen con fuerza sus rodillas esqueléticas, parece una de esas canastas deshilachadas por el uso. Él no les dice nada, total, cobra por su tiempo y lo que hagan los pasajeros le importa un carajo. “Ese humo denso, es de quebracho, no puede ser otra cosa…”, piensa. “No, si la falta de pejerrey en el dique es por esta puta cantera. Seguro. El desmonte, la lluvia que escasea, no hay peces… Así decía en el folleto y tiene sentido. Con lo que a mí me gusta ir a pescar…”

De pronto, decididas al unísono, las dos mujeres salen del coche. El vehículo se inclina hacia un costado y el hombre, que todavía recuerda los peces que sacaba hace años del dique —plateados, brillantes, retorciéndose entre sus dedos igual que rayos de luz— busca un cigarrillo en uno de los bolsillos y se lo pone en la boca, aunque no lo enciende. Sopla un aire caliente, mezcla de hierbas y salitre. La mayor de las mujeres tiene el pelo ralo, cobrizo, entrelazado sobre las sienes con cuidado para ocultar la calvicie, pero es ágil, capaz de saltar los charcos con movimientos precisos; la otra, en cambio, es una muchacha de ojeras hundidas color uva y gestos mínimos, que lleva una camisa grande a cuadros. Las dos llegan hasta un portón mal cerrado. Entre los hierros de puntas filosas como espadas, crece una planta de hojas enormes y pimpollos blancos que se esconden avergonzados; también cuelga un candado mohoso por donde se mete un yuyo áspero y gris. El coche, destartalado, sin chapa, con un plástico que cubre la mitad del parabrisas, queda unos metros atrás, en medio del camino que se pierde entre los árboles carbonizados. El hombre se asoma por la ventanilla y sigue con la vista a las pasajeras mientras le da vueltas en la cabeza la idea —fugaz— de que, tal vez, tendría que haberles dicho que cobraba unos pesos más por la espera.

La mujer mayor se mira los pies delante del portón:

—Mirá, apenas caminé unos metros y ya me ensucié toda… Debería haberme puesto otros zapatos más viejos. No estas sandalias. —Da una mirada rápida a su alrededor—. Por lo menos alguien podría salir a recibirnos… ¿No te parece?

La muchacha arranca la rama de una enredadera y hunde la cara en las hojas.

—¡Ah!

—Acá no hay nadie. Nadie nos espera… —La mujer se vuelve a la hija con fastidio—.Y las persianas están cerradas. La casa parece vacía… ¿Confirmaste que llegábamos hoy? Capaz que te confundiste de día…

La muchacha asiente y canturrea; un zumbido de abeja se le escapa por los labios azules y finos como el trazo de un lápiz.

La madre deja el bolso en el piso, se vuelve al hombre del coche:

—¿Usted está seguro de que esta es la casa del doctor Etcheverry?

—El doctor que trae pacientes de Buenos Aires es este. Otro no hay. Ya le dije que el apellido no lo sé. Pero el mes pasado, no, el mes pasado no… —El hombre frunce el entrecejo, levanta los ojos—: Habrá sido en las vacaciones de invierno, o antes, no sé… Pucha, cómo pasa el tiempo. Bueno, en junio, julio, traje a dos chicas. Unos quince años les calculo, más no tenían. Viera qué delgadas, las pupilas descoloridas. Con decirle que las rodillas de la más jovencita parecían las de un cabrito guacho…

La madre resopla, se vuelve al coche con pasos decididos. Tiene la boca apretada y por unos instantes da la impresión de que ha resuelto marcharse y regresar al pueblo. Los tacos de sus sandalias están manchados de un barro verdoso que huele a amoníaco y algunas hebras del cabello ya no están prolijamente peinadas.

—Así como su hija estaban las chicas. Daban pena…—El hombre la mira de arriba abajo. Se da cuenta de lo poco acertado de sus palabras y se apresura—: Pero no se vaya a creer; no, doña. El tratamiento dio resultado. Yo después vine a buscarlas y a la semana ya eran otras. Estaban gorditas, más animadas. El sol de las sierras les debe haber abierto el apetito. Qué cosa, ¿no? Parece mentira que haya gente que, teniendo, le cuesta comer…

La madre lo mira con aire altanero y reflexiona:

—Y bueno, yo entro. Total, ¿qué me puede pasar? Nadie va a creer que entro para robar… Perro no se ve —grita.

El hombre sale del coche, patea una piedra que rueda hasta el borde de la cuesta, y enciende el cigarrillo:

—Así como les cuento que traje a esas chicas, le digo que yo acá solo conozco a la mujer que limpia… Otras personas no se ven. Todo muy secreto, parece. Claro, si el tal Etcheverry encontró la fórmula para curar a los desganados, no va a andar ventilándola por todas partes, ¿no? Yo haría lo mismo. Porque este doctor debe cobrar un platal y la competencia siempre anda husmeando… Para cagarlo a uno, ¿para qué otra cosa va a ser? Pasa lo mismo en todo. Con los remises también. —Se acerca a la verja de espadas afiladas y murmura—: Qué lo tiró, hay trabajos raros… —Gira hacia la derecha, mira la empinada seca y el pueblo quieto en donde los duraznos esperan madurar. Nadie diría que en la cuesta saltan los grillos y se entretienen los benteveos haciendo nidos, ni que en ese preciso instante por las calles del pueblo recién asfaltadas corren las motos a toda velocidad.

Escondida entre las ramas, la muchacha sigue zumbando despacio como si intentara tararear una canción de cuna para dormirse.

El hombre aspira el humo del cigarrillo y apunta con el índice:

—Ya vas a ver, vos. Enseguida te vas a poner bien. El aire aquí no está viciado como en la ciudad… Te van a dar ganas de comer y de correr. Yo una vez fui a la capital y estaba igual que vos… Un fantasma, parecía… La gente en la ciudad no se da cuenta, pero terminan siendo fantasmas… ¡Uhhhh! —Levanta las manos y corre en círculos.

La muchacha, sin dejar de murmurar, abre los ojos bien grandes, sale de su escondite y extiende un brazo:

—¡Uy! —grita.

El hombre se da vuelta sobresaltado y ve a una mujer de pie junto al coche, apoyada ligeramente en el baúl. Es delgada y da la impresión de que en cualquier momento puede meter la cabeza adentro del cuerpo. Lleva una pollera larga atada en la cintura con una faja de colores estridentes y una camisa corta que deja ver un trozo de piel oscura y tersa. El ruedo de la pollera que arrastró por la cuesta tiene prendidos cascarudos, hojas secas y el papel plateado de un chocolate; de lejos, los cascarudos y el papel plateado recuerdan un bordado. El hombre siente los ojos de la mujer en el pecho, una mirada que le quema la boca del estómago, la misma sensación que cuando se indigesta comiendo cabrito mal cocido. “Las personas que no hacen ruido son de desconfiar”, piensa.

—¿Divirtiéndose? —pregunta la mujer, y arquea las cejas casi hasta el nacimiento del pelo.

—Haciendo lo que se puede —contesta el hombre. Un súbito gusto amargo le llena la garganta y se le pega a la lengua, que de repente le pesa como si fuera un trapo mojado.

Con unos pasos tímidos, la muchacha se acerca a la recién llegada y queda con los ojos perdidos en los cascarudos y en el papel plateado. Unas ráfagas de olor nauseabundo comienzan a subir por la cuesta y llegan a la nariz del hombre, que estornuda.

—¡Carajo! ¡Cómo pica! —exclama.

Los labios de la mujer tiemblan ligeramente, como si fueran un par de alas minúsculas que en cualquier momento levantan vuelo; las cejas siguen arqueadas y el cuerpo se tensa con la rigidez de un cuero. Brilla la mica en las piedras. La mirada se transforma ahora en un imán que atrae al hombre a su antojo. Ahí está él, de pie delante de la recién llegada, sintiéndose forzado a hacerle preguntas aunque querría que se fuera por donde vino y, en lo posible, sin dejar rastros.

—¿Usted vive por acá? —dice por fin el hombre, volviendo la cabeza al jardín de la casa con ansiedad.

—Ahí nomás —la mujer señala la sierra y casi golpea a la muchacha, inclinada a un costado.

—¿En dónde? ¿En esa gruta? —el hombre se acerca con pasos de sonámbulo al baúl del coche. “Andá a saber lo que tiene la bruja debajo de esa pollera.”

La mujer cabecea sin marcar una dirección concreta. Los ojos abiertos y chatos, con una sola veta vertical amarilla, son duros y acuosos al mismo tiempo: si uno de esos pejerreyes que él sacaba hace años del dique se le presentara ahora lo miraría igual que ella.

—En la gruta misma no —dice la mujer, y aspira con deleite una bocanada del aire asqueroso—. A unos metros nomás. En la gruta está San Expedito. ¿Nunca escuchó hablar del santo?

El hombre siente las piernas flojas, necesita sentarse. Mira a su alrededor y se desploma sobre un montículo de tierra: “¿De dónde salió esta tierra? Si hasta parece tener la forma de una silla”. Desconcertado, asegura:

—A mí, toda esa cuestión de los santos me da por las pelotas…

La mujer frunce el entrecejo, se esfuerza para no lanzar una carcajada:

—Bueno, eso es asunto suyo. Nadie se mete en sus creencias privadas… —Aprovecha que el hombre está sentado para acercarse—. Pero una cosa es escuchar hablar y otra muy distinta estar de acuerdo, ¿no? Si usted es de por aquí como dice, tiene que haber escuchado alguna historia de San Expedito. No me diga que nadie le contó…

En su nueva butaca de tierra, el hombre se acomoda y baja la cabeza casi hasta el piso, allí donde marchan los gusanos ciegos que salen del montón de bosta, en fila, uno detrás del otro, obedientes y sin ojos. “¿Quién carajo te dijo que soy de acá?”, quiere preguntar, pero en su lugar, con esa sensación de acidez que le da la carne mal cocida y el olor a cloaca que se desparrama sin razón, responde:

—Escuchar escuché lo que todos dicen, que San Expedito concede gracias y que por esta zona había un viejo con el hijo que realizaban curaciones en su nombre… Algo así. Pero, como ya le dije, soy incrédulo para todas esas cosas, no les presto atención…

“Incrédulo”, repite la muchacha frente a los cascarudos prendidos a la pollera, y el papel plateado sale volando hasta quedar enredado en una planta con espinas del tamaño de las agujas de los zapateros.

La mujer se acomoda el pelo hacia atrás y abre las piernas, se afirma en la tierra seca incapaz de producir otra cosa que no sean cactus y malezas.

—Usted se confunde con el viejo Tadeo y el hijo. Nada que ver. Ellos están al otro lado del pueblo. Y que yo sepa, más que invocar santos invocan al propio bolsillo. Treinta mil pesos hizo el viejo el año pasado. Porque él no atiende si usted antes no le pone los billetes delante de las narices. ¿Qué tal? ¿Le parece que es manera de curar?

—Bueno, lo que sea… Mis felicitaciones para el viejo Tadeo. Si el curro le sirve para vivir, bendito sea. Pero las curaciones y cosas de aparecidos no son para mí. ¿Qué quiere que le diga? Con todo respeto. Yo, cuando me siento mal, quiero tecnología. De solo ver a un doctor limpio y las máquinas, me curo.

Pasa una bandada de loros con plumas rojas en la cola y picos capaces de abrir las nueces de un solo golpe. La muchacha levanta la cabeza y los sigue con los brazos abiertos. Cuando el sol acaricia sus ojeras color uva se parecen a las frutas magulladas después de una tormenta. Al verla así, con los brazos largos extendidos y las piernas juntas, se diría que es un sauce a la vera del río. Cada palabra que pronuncia el hombre es como si lo sangraran. ¿Cuándo se irá esta mujer de una buena vez? ¿Por qué no puede dejar de hablarle? Pero ella parece muy cómoda, ahora que el remisero está sentado y no da señales de seguir su camino.

—Mi madre leía la naturaleza, no curaba —continúa diciendo la mujer—, pero vio cómo es la gente, y al que es un poco distinto se le atribuye el poder de la sanación…—Se coloca las manos sobre la cadera, camina hasta el borde de la cuesta y se queda mirando el pueblo.

El hombre gira la cabeza y sigue esos pasos aferrados a la tierra que, sin embargo, no dejan huellas. Es cierto que la mujer se alejó pero sus palabras llegan nítidas y claras, hasta puede oír su respiración: un jadeo sordo, ronco, de animal desafiante. “¿Será la acústica del lugar?”, se pregunta.

El cielo se nubla con unos nubarrones cargados y luminosos como monedas. Una bandada de jotes se lanza detrás de los matorrales y sale volando con trozos de carne ensangrentada.

—Habrán matado comadrejas. Esa sí que es una manera digna de ganarse el sustento —dice la mujer.

¿Dice? ¿O es él que está pensando estas cosas? El hombre aspira hondo y mira el pueblo. ¡Pucha, qué bonito se lo ve! Allá, entre unos lapachos en flor, distingue varias casas nuevas, de dos pisos y con garajes grandes como plazas… Algunas tienen piletas con azulejos relucientes y le contaron que hace poco el abogado de la municipalidad se mandó construir un patio andaluz con fuente y todo. Hay techos con tejas que cuestan más de lo que él gana en un año entero. En las cajas fuertes del banco debe haber anillos y cigarreras de oro y en los roperos de muchos, trajes de telas importadas y más zapatos de los que él nunca tuvo o tendrá… El temor se diluye y siente en el pecho una corriente de agua helada. ¿Por qué carajo él trabaja doce horas como un burro y apenas le alcanza? Tiene que haber otro modo. Si las cosas están ahí, hasta parece que con solo extender la mano uno podría levantar a su antojo los coches y las casas y esos jardines de césped parejo como una alfombra… La corriente de agua helada forma remolinos que bajan hasta el estómago. Por primera vez siente los riñones, los pulmones, el hígado… El cuerpo es un mecanismo que se pierde en ese torbellino y él está en otra parte, subido a una montaña o en la cúpula de un rascacielos, alejado de la carne y sus funciones. Mientras tanto, la mujer permanece quieta, transformada en un perfil, solo las fosas nasales se abren y cierran con la precisión de una ostra en el fondo del mar.

—Así que vive usted con su señora madre. —El hombre se da media vuelta y levanta la vista—. ¿Y cómo es vivir ahí arriba? Cuando pega el viento debe temblar todo. —La gruta blanca le parece ahora enorme. “¿Cuántas personas entrarán allí adentro?”

—Así es —dice la mujer de ojos amarillos—. El viento allá arriba es feroz. He visto las alas de los cóndores torcidas como si fueran las velas de una barca en medio de la tormenta…

La muchacha se desploma, primero deja caer los brazos y después flexiona las piernas. Los dos la miran hacerse un ovillo sin decir nada, igual que mirarían caer un higo, o un pájaro lastimado.

—El viento enloquece a cualquiera —asegura el hombre por decir algo; él ni siquiera supone cómo hace el viento para torcer las alas de los cóndores.

—Por el viento se saben un montón de cosas —responde la mujer—. El viento nunca viene solo, trae ruidos y olores. Mi madre olía las pariciones a kilómetros. “Nació un desgraciado”, decía, o “vino al mundo otra mujer tacaña”… Ella aseguraba que por cada hombre que valía la pena nacían cinco mujeres meritorias.

—¡Bah! ¡El eterno cuento de las mujeres…! Si lo sabré yo. Casi treinta años vengo escuchando algo parecido.

—No, no, pare, que mi madre no tenía bandos. Ella también aseguraba que cuando nace un hombre especial se ven cometas y aureolas en los astros. En cambio por las mujeres, no. “El cielo no cambia jamás por una hembra.”Así es la naturaleza, las cosas están decididas y por más empeño que pongamos, siguen su curso… Y ella tenía un don para descifrarla, ¡vaya si lo tenía!

—Y sí… Algún don habrá que tener para vivir allí colgada como viven los pájaros. —El hombre se pregunta dónde mierda está la madre de la pendeja, por qué no vuelve y cómo no se dio cuenta de que la muchacha es tan idiota. No se la habrá dejado de regalo, ¿no? Hay tanta degeneración en estos días. Mujeres que tiran a sus hijos en los basureros después de parirlos. Pasar por el dolor de parto para después deshacerse de ellos es una locura. Él, si hubiera sido mujer, nunca habría hecho una cosa así. Se habría encargado de no traer hijos año tras año. Eso sí: ¡cómo afea la parición! ¿Por qué una nueva vida exige tanto? De pronto, se ve él mismo con un par de tetas flacas y ajadas, tetas como bolsas vacías. ¡Aj! ¿Qué es esto de ser mujer?—. Así que con su madre en esa cima ventosa… —repite ahuyentando la imagen—. Coraje hay que tener. No es cosa corriente que las personas elijan un lugar así…

—Ahora estoy sola. Mi madre murió el año pasado… Pero vivimos cuarenta años allá arriba. ¡Uy, si tuvimos tiempo para descifrar el viento! Los fines de semana había cola para visitar a la vieja. Me extraña que no haya escuchado hablar de nosotras…

“Y dale con refregarme quién es.” El hombre aplasta una fila de gusanos con el zapato:

—¿Cuál es su gracia?

—Nos conocen como las “hermanas Salcedo”, pero si dice “la gruta de San Expedito”, enseguida piensan en nosotras. Otras no hay.

—¿Hermanas? Pero ¿no me dijo que vivía con su madre? ¿En qué quedamos? —“Pisaste el palito, adefesio. A mí no es fácil engañarme.”

La tierra ya absorbió los gusanos ciegos y las nubes oscuras se disipan.

—Nos llamaban hermanas. Mi madre me parió a los trece y yo enseguida empecé a parecer más vieja que ella. Dicen que cuando cumplí los cinco mis abuelos decidieron decir que éramos hermanas. Por las habladurías, ¿vio?

El hombre se vuelve a la muchacha tirada en medio del camino, perdida sin los loros de cola roja en el cielo:

—Che, nena, ¿por qué no te fijás si viene tu madre? Hace rato que entró a la casa y no sabemos nada. Yo no tengo todo el día para perder… —Baja la voz, se dirige a la mujer—: Así es la gente, y peor cuando viene de la ciudad, se cree que porque paga tiene derecho a disponer de uno a su antojo.

La marea de olor nauseabundo trepa por la sierra y los jotes chillan satisfechos con las plumas ensangrentadas. La mujer de ojos amarillos vuelve su rostro y le coloca una mano sobre el hombro. Son cinco dedos finos y duros que de inmediato le proporcionan bienestar:

—¿No se da cuenta de que la chica está en su mundo? Déjela.

—Es cierto, se nota que no se le puede decir mucho. ¿Será la falta de comida lo que la puso así? Pero me deben el viaje… —asegura el hombre con firmeza—. Y yo no estoy para regalarle nada a nadie…

—No se preocupe… Hay otras cosas en que pensar ahora.

“Es verdad. ¿Qué son veinte pesos cuando hay casas y trajes y lanchas para ir a los ríos en donde los peces gordos saltan y pican apenas uno tira el anzuelo?” El hombre se arrima, su pierna casi toca la pollera con los cascarudos y las hojas secas, pero él ya no le hace asco a nada:

—Y usted, solita allí arriba en esa gruta, ¿nunca pensó en sacar provecho del lugar? Porque algo habrá heredado de su señora madre, o por lo menos habrá aprendido qué necesitan los peregrinos…

La mujer sonríe, sus orejas con venas azules tiemblan y los dos levantan la vista a la gruta que pronto podría convertirse en un santuario en donde los ingenuos dejen dinero, coches y hasta los vestidos de novia que compraron a plazos:

—Venga a visitarme uno de estos días, cuando ande por la sierra. Podemos tomar unos mates y conversar.

—Separa los brazos, las palmas hacia arriba, como si fuera a recibir algo caído del cielo—. No es por mandarme la parte, ¿sabe? Pero a una que ha visto tanto ir y venir de gente no se le escapa quién sirve y quién no.

***

María Martoccia es escritora, ensayista y traductora argentina, residente en la provincia de Córdoba. Al finalizar la carrera de Letras en la Universidad de Buenos Aires y junto con su marido Raymond, profesor de lingüística, viajó por el mundo (viviendo en Inglaterra, Yemen, Tailandia, Malasia y Marruecos). Desde hace diez años que residen con su pequeño hijo en San Marcos Sierras, en el valle de Punilla (Córdoba). En 1996 publicó Caravana, un conjunto de cuentos irónicos y oblicuos que atraviesan los temas del extranjero, la lengua materna, el viaje y las relaciones familiares. Años después publicó su primera novela, Los oficios, ambientada en un pueblo de clase media en Córdoba, donde hace gala del recurso de la figuración del bilingüismo de los personajes, que conversan en inglés en clubes serranos. Con Javiera Gutiérrez publicó una serie de artículos sobre mujeres célebres, como Billie Holiday o Frida Kahlo, afectadas por enfermedades, luego compilados en un libro (Cuerpos frágiles, mujeres prodigiosas). Este libro fue traducido y editado en portugués también. Cuentos editados e inéditos integran antologías de la literatura argentina contemporánea. En diciembre del 2006 publicó su segunda novela: Sierra Padre, editada por Emecé. Además de su trabajo como escritora, Martoccia también se dedica a la traducción de libros, siendo muy reconocidas las realizadas de las obras del Premio Nobel de 1968, Yasunari Kawabata.

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