Saña, por Margo Glantz

January 23rd, 20112:50 pm @

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Cómo el rey debe ser mañoso en caza

Y para este una de las cosas que fallaron los antiguos que más tiene es la caza, de que manera quiere que sea; ella ayuda mucho a menguar los pensamientos de la saña, lo que es más menester a rey que a otro home. Porque la caza es arte e sabidoria de guerrear e de vencer, de lo que los reyes deben ser mucho sabidores.

Alfonso x, Las partidas (1256-1348)

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Insania

Dice Sebastián de Covarrubias, en el Tesoro de la Lengua Castellana de 1611, nuestro primer diccionario: Saña vale por furor y enojo, del nombre latino insania, perdida la in como la perdió la palabra sandio; o del nombre sanna, sannae, que vale ronquido o bufido, porque el que se ensaña da muestra con estos accidentes señalados en las narices, las cuales se le hinchan y echan de sí el aire con violencia de saña. Dícese, sañudo y ensañarse.

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Inventario de la abominación

El Levítico es un libro dedicado a las abominaciones que un hombre puede cometer. En uno de sus mandamientos se dice expresamente:

Todo hombre que tenga una tara, si es ciego, cojo, desfigurado o desproporcionado o si tiene una fractura en la mano o en el pie, si es jorobado o atrofiado, si sus ojos tienen algún defecto, si tiene un testículo dañado, en fin, todo hombre que tenga una marca y pertenezca a la raza del sacerdote Aarón, jamás podrá ofrecer sacrificios a su Dios.

El Levítico hace numerosas alusiones a la perfección. Todo aquello que se ofrece en el templo debe estar libre de impureza, los animales sin defectos, las mujeres purificadas después del parto y la menstruación, los leprosos separados de los demás hombres y, aunque hayan sanado, lavados según los ritos antes de entrar en el templo.

En última instancia, todas las secreciones corporales son consideradas como inmundicias…

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Soledad

Una vez hubo una virgen menopáusica que decidió liberarse tanto del adjetivo como del sustantivo y darse a la aventura como los personajes de Julio Verne. Solo encontró al pájaro Roc, el cual, según la leyenda, pone un huevo inmenso y blanco en el desierto, a cuyo pie la sombra es tan amarga como la soledad.

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El caminador

La imagen de Rimbaud: la imagen de un caminante; lo asocio con otros caminadores: Álvar Núñez Cabeza de Vaca, Casanova, Rousseau, Isabelle Eberhardt, Bernardino de Sahagún…

Rimbaud es, en cierta forma, un San Juan de la Cruz y, como la de los carmelitas descalzos, su rebelión se inicia en los pies.

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Crematorios

Las piras arden, el humo se levanta, el olor se esparce. Entre las callejuelas espléndidas pero devastadas de uno de los barrios aledaños, pequeños altares en casi todas las esquinas, con toscas estatuas de colores estruendosos, adornadas con guirnaldas de flores rojas y amarillas. Impúdicamente, una mujer vestida con un sari color bermellón reza, llora e increpa a Shiva; varios fieles impiden el acceso a un conjunto de templos; las perras sarnosas dejan caer sus tetas purulentas; desde una tienda donde venden sedas se contempla la cúpula dorada de una mezquita. Ha habido, dice alguien, reyertas entre hindúes y musulmanes.

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Asombro

Me pregunto, dijo alguna vez el gran pintor británico Stanley Spencer, ¿qué acontecimiento en la vida de Dios propició la creación de los Alpes?

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El paraíso

La belleza física y la bondad del hombre americano maravillan a Colón. Su asombro llena las páginas de sus diarios y las de sus comentaristas. Las nuevas tierras son dignas de la imaginación esplendorosa del otro mundo medieval: los árboles producen diamantes, esmeraldas y zafiros y en los ríos el agua es amarilla porque está llena de pepitas de oro. Como nuestros primeros padres Adán y Eva, el indio vive en la inocencia primordial: son los indios cándidos, hermosos y van desnudos.

Pero ningún hombre soporta el Paraíso. Colón trueca cascabeles por pedazos de oro, recibe calabazas y papagayos y se apodera de algunos indios para confirmar sus descubrimientos y exhibirlos en la Corte española. Fáciles de cautivar, los indios mansos serán los nuevos súbditos de los Reyes Católicos, porque esta gente es muy simple en armas, dice, y bastan cincuenta españoles para cautivarlos.

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Margo Glantz nació en Ciudad de México. Entre sus obras de ficción destacan Las mil y una calorías (1978), Las genealogías (1981), Síndrome de naufragios (1984), De la amorosa inclinación a enredarse en cabellos (1984), Apariciones (1996), El rastro (2002), Historia de una mujer que caminó por la vida con zapatos de diseñador (2005). Prolífica ensayista y crítica literaria, ha publicado La lengua en la mano (1984), Borrones y borradores (1992), Esguince de cintura (1994), La polca de los osos (2008) y, sobre Sor Juana Inés de la Cruz, ¿Hagiografía o autobiografía? (1995) y La comparación y la hipérbole (2000). Entre sus distinciones se hallan el premio Xavier Villaurrutia, las becas Guggenheim y Rockefeller y el Premio Nacional de Ciencias y Artes de México.

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