Ben Okri: novelas para soñar con Africa

January 8th, 20117:22 pm @

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“Una historia no es lo que le pasó a una persona (…)  Una historia es casi como un intervalo en el encanto de vivir (…) Creo que, quizás, el propósito de lo que hacemos en el arte es, finalmente, encantar el corazón y la mente humanos para dirigirlos hacia el sentido de su auténtico reino, de su magnificencia”.

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Ben Okri (Minna, 15 de marzo de 1959) es un poeta y novelista nigeriano en lengua inglesa.

De padre urhobo y madre igbo, emigró con su familia a Inglaterra, donde pasó su infancia. En 1965 su familia regresó a Nigeria y se instaló en Lagos. Poco después tendría lugar la Guerra Civil de Nigeria (1967-1970).

Comenzó a escribir en 1976. Poco después se trasladó de nuevo a Inglaterra y estudió Literatura Comparada en la Universidad de Essex. En 1980 publicó en Inglaterra su primera novela, Flowers and Shadows, que narra la decepción que un joven siente ante la corrupción imperante en Nigeria, en la que su propio padre está implicado.

Desde la publicación de su primera novela, Okri se ha convertido en uno de los escritores más respetados de África. Su obra más conocida, El camino hambriento, recibió en 1991 el Premio Booker. Otros premios conseguidos por Okri son el Commonwealth Writers Prize para África, el Aga Khan Prize de ficción, y el Crystal Award del Foro Económico Mundial. Es miembro de la Real Sociedad de Literatura.

Ha recibido doctorados honorarios de las universidades de Westminster (1997) y Essex (2002). En 2001 fue galardonado con la Orden del Imperio Británico.

Aunque se ha relacionado su obra con el realismo mágico, Okri rechaza esta etiqueta. Muchas de sus obras han sido inspiradas por su directa experiencia de la guerra civil en Nigeria.

Obtuvo los siguientes premios:

1987 Commonwealth Writers Prize (Africa Region, Best Book) - Incidents at the Shrine.

1987 Paris Review/Aga Khan Prize for FictionIncidents at the Shrine.

1988 The Guardian Fiction Prize – por Stars of the New Curfew.

1991 Booker Prize for Fiction – por El camino hambriento.

1993 Chianti Ruffino-Antico Fattore International Literary Prize - El camino hambriento.

1994 Premio Grinzane Cavour (Italia) – por El camino hambriento.

1995 Crystal Award (Foro Económico Mundial)

2000 Premio Palmi (Italia) – por Amor peligroso

Novelas

Flowers and Shadows (1980).

The Landscapes Within (1981).

Incidents at the Shrine (1986).

El camino hambriento (The Famished Road, 1991). Traducción de Ana Gómez de Cárdenas. Barcelona: La otra orilla, 2008. [Anteriormente traducido como: La carretera hambrienta. Traducción de José Luis López Muñoz. Madrid: Espasa Calpe, 1994.].

Canciones del encantamiento (Songs of Enchantment, 1993). Traducción de Hernán D. Caro A. Barcelona: La otra orilla, 2008.

Astonishing the Gods (1995).

Birds of Heaven (1995).

Amor peligroso (Dangerous Love, 1996). Traducción de Nuria Lago Jaraiz. Barcelona: Ediciones del Bronce, 1998.

Riquezas infinitas (Infinite Riches, 1998). Traducción de Juanjo Estrella. Barcelona: El Cobre, 2005.

In Arcadia (2002).

El mago de las estrellas (Starbook, 2007). Traducción de Ramon González Férriz. Barcelona: La otra orilla, 2007.

Relato breve

Stars of the New Curfew (1988).

Poesía

An African Elegy (1992).

Mental Fight (1999).

Ensayo

A Way of Being Free (1997).

Texto original, aquí.

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“El libro de las estrellas” (traducción literal de Starbook, título original de la novela) cuenta los amores de dos jóvenes innominados y legendarios: un príncipe inocente y generoso, preocupado por la justicia y libertad en su reino; y una doncella que vive muy lejos, en un pueblo de artistas nómadas. Los jóvenes se conocen y comunican a través de los sueños y su encuentro “real” se produce recién en las páginas finales del libro. Pero antes de eso, las abundantes ramificaciones del relato principal van dando cuenta de la historia de los pueblos los de los protagonistas, abarcando varias generaciones de personajes y acontecimientos fabulosos.

foto: Tommy Ga-Ken Wan via Flikr

Okri pone énfasis en lo onírico –no como fuente de símbolos sino como una dimensión extra de lo real– y en lo relacionado a los objetos artísticos, su creación e interpretación. Pero por ese camino la narración se va haciendo cada vez más fantasiosa y abstracta, alejándose tanto de los mitos como de la propia historia, elementos esenciales del realismo mágico latinoamericano. Aquí el único referente temporal es la aparición de un misterioso “viento blanco” que arrastra a los jóvenes africanos a un lugar lejano, a sufrir y morir. Una alusión al inicio de las actividades de los traficantes de esclavos.

Contribuyen a darle a la novela su abierto carácter de fábula tanto los personajes (simples, sin densidad psicológica), el predominio de las aventuras y peripecias, las recurrentes menciones de elementos cósmicos (sol, luna, estrellas) y hasta el lenguaje, directo y sencillo, que apela muchas veces a las repeticiones y fórmulas propias del relato oral. Okri logra así hacer de El mago de las estrellas una lectura sumamente interesante, pero también la aproxima demasiado a ese amplio sector de novelas actuales cuya prioridad es, según Miguel Gutiérrez, “satisfacer las necesidades primarias de entretenimiento y asombro de un público masivo” (…)

Aquí, la versión original de este artículo.

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Capítulo doce de El viento blanco, libro tercero de ‘El mago de las estrellas’

“Al día siguiente, el príncipe se despertó con un nuevo entusiasmo por vivir y una ilimitada y modesta vitalidad. Saltó de la cama y encaró el sol naciente y, con los brazos estirados como si quisiera abrazar todo el mundo con su amor, respiró profundamente el nuevo aire y los mágicos rayos de sol. Respiró profundamente siete veces sin contar y se quedó mirando los cielos mientras miraba por encima de la tierra y una profundísima y sencilla oración de agradecimiento brotó de su corazón. Esa expresión de gratitud por estar vivo le llenó de tal alegría, que lloró sin saber por qué. Dio las gracias al gran oleaje de la vida que le rodeaba por la buena fortuna de estar vivo. Dio las gracias al aire por estar allí. Dio las gracias al sol por su calor, y la misteriosa calidad de la luz. Dio las gracias al mundo por todos sus colores y su variedad. Y dio las gracias a la magia de la vida por los ojos para ver, por los oídos para oír, por los sentimientos que sentía, por su corazón, por su alma, por su boca con la que halagar. Dio las gracias a aquella gran vida por la belleza del mundo, los animales y las plantas, por vivir y por morir, por la dulzura del bebé recién nacido y las arrugas del anciano. Dio las gracias a la vida por los ríos y las tormentas, por la comida y el hambre, por los árboles, por las flores, por los animales salvajes, por las canciones, por los padres y las madres y por todas las cosas contradictorias que conforman la vida.

El príncipe estallaba, lleno de una loca exultante gratitud, y respiró hondo y cobró conciencia de todas las partes de su cuerpo, desde los dedos de los pies hasta la cabeza, y sintió la expresión de la vida en todo él, de dentro hacia fuera, y se sintió agradecido por cada pulgada de sí mismo, y fue y bebió agua pura de las dulces fuentes, sosteniendo la calabaza en lo alto, hacia el sol, y bebiendo con una sonrisa, y saludó al mundo y a la gloria oculta tras él, y fue y se bañó, con una canción en el corazón, que él permitió que aflorara en sus labios.

Y cuando se hubo bañado, limpiándose todo él con una sencilla gratitud por el extraño milagro del cuerpo vivo, se vistió con colores limpios, sencillos y elegantes y paseó por la corte y por sus alrededores para agradecer a todo el mundo personalmente sus oraciones y la parte que había interpretado en su recuperación de la muerte. Dio las gracias a cada persona que tenía que dárselas. Dio las gracias a los cocineros, dio las gracias a los sirvientes, a los herbolarios, a los mensajeros, a los esclavos, a los jardineros, a los limpiadores, a los ancianos, a los caudillos, a las esposas, a las mujeres, a las hijas y a los bebés.

El príncipe mandó emisarios a todo el reino para transmitir su agradecimiento personal a todo el pueblo por su amabilidad y sus plegarias que, dijo, fueron tan poderosas que incluso el rey de la muerte se conmovió y le permitió regresar con ellos sano y renovado. Mandó un simple mensaje de gratitud más allá del reino, a otros reinos, a los más lejanos y remotos a los que llegaban mensajes. Y mandó mensajes por las rutas habituales, y por los sueños y estados de ánimo, como hacía su padre.

Y después el príncipe recorrió la aldea; y de cabaña en cabaña, de morada en morada, llamando a cada puerta, fue dando las gracias a los aldeanos, dándoles la mano, abrazándolos cuando podía, dando las gracias a hombres asombrados y a mujeres estupefactas, los conmovidos hombres jóvenes y las muchachas tímidas con lágrimas refulgiendo en sus ojos como diamantes. Les dio las gracias a todos. Pasó muchos días dando las gracias al pueblo del reino. No se dejó a nadie. Dio las gracias a los ancianos que ahora eran ciegos. Dio las gracias a las ancianas que no recordaban quién eran. Dio las gracias a los anacoretas y a los ermitaños del bosque. Dio las gracias a las brujas y los brujos. Dio las gracias a los criminales, los locos, los parias, los enfermos, los apestados, los moribundos, y rezó también por ellos. Dio las gracias a los pescadores junto al río, y a los vinateros entre altas palmeras. Dio las gracias a los cazadores en los bosques, a los granjeros en las granjas, a las mujeres en el mercado, a los pregoneros en sus puestos ambulantes. Dio las gracias a los guerreros, a los sabios, a los sacerdotes de los santuarios. Incluso buscó a la legendaria anciana del bosque que vivía sola, lejos de la sociedad, y la encontró de un humor de perros, y también a ella le dio las gracias. Tuvo que oír un montón de coloridos insultos por atreverse a inmiscuirse en su elegida soledad. Después, ella pronunció poderosas oraciones por él. A él no le importó su humor de perros, porque era una aventura conocer a un ser legendario.

Y después mandó a sus mensajeros a todas partes con sus disculpas a cualquier aldeano al que no hubiera dado las gracias por sus oraciones.

Se pasó siete días dando las gracias a cada persona en los alrededores de la aldea.

Había sido visto dando las gracias a las cabras y los perros y también a las vacas, y a los árboles, y al río, como si todos ellos, de alguna forma, hubieran contribuido a su mejora y le hubieran ayudado a regresar de la tierra de la muerte.

Cuando hubo terminado de dar las gracias estuvo listo para otra recuperación. Así que se quedó en casa y convaleció del cansancio de ser agradecido. Y cuando el rey oyó que había sido llevado a su cama para gozar de una segunda recuperación, al rey le pareció tan divertido que se rió durante la cena por la inmensa ternura de su frágil hijo.

Aquella noche, mientras el príncipe dormía, el rey le observó y se rió hasta lo más profundo de la noche”.

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Fragmento de “La carretera hambrienta”

“Con nuestros compañeros del mundo de los espíritus -aquellos con quienes teníamos especial afinidad- éramos casi siempre felices, porque flotábamos en la corriente verdemar del amor. Jugábamos con los faunos, las hadas y los seres hermosos. Tiernas sibilas, duendes benignos y la serena presencia de nuestros antepasados nos acompañaban siempre, bañándonos en el resplandor de sus distintos arco iris. Son muchas las razones para que los bebés lloren cuando nacen, y una de ellas es la repentina separación del mundo de los sueños incorpóreos, donde todo está lleno de hechizos y no existe el sufrimiento. Cuanto más felices éramos más próximo estaba nuestro nacimiento. Al acercarse una nueva encarnación nos comprometíamos mediante pactos a regresar al mundo de los espíritus tan pronto como se presentara una oportunidad. Hacíamos esas promesas en encendidos campos de flores y bajo el dulce claro de luna de aquel universo. Los mortales nos llamaban abiku, niños espíritus. No todo el mundo nos reconocía. Éramos los que no cesábamos de ir y venir, reacios a aceptar la vida. Teníamos la facultad de provocarnos la muerte y la obligación de cumplir nuestros pactos. Quienes los rompían sufrían alucinaciones y el acoso de sus compañeros. Sólo encontraban consuelo cuando regresaban al mundo de los nonatos, el lugar de las fuentes, donde sus seres queridos los esperaban en silencio. Aquellos de nosotros que prolongábamos nuestra estancia en el mundo, seducidos por el anuncio de memorables acontecimientos, atravesábamos la vida con ojos cargados de muerte y belleza, llevando en nuestro interior la música de una hermosa y trágica mitología. De nuestras bocas brotaban oscuras profecías. Imágenes del futuro invadían nuestras mentes. Éramos los extraños, siempre a medias en el mundo de los espíritus.
(…)
Todos descendimos al gran valle. Era un día en el que se celebraban fiestas desde tiempo inmemorial. Espíritus maravillosos danzaron al compás de la música de los dioses, y con sus cánticos dorados y sus encantamientos de lapislázuli protegieron nuestras almas durante el tránsito y nos prepararon para el primer contacto con la sangre y la tierra. Todos hicimos solos la travesía. Teníamos que sobrevivirla solos: superar las llamas y el mar, el contacto con las ilusiones. Había empezado el destierro. Tales son los mitos de los orígenes. Historias y estados de ánimo muy enraizados en quienes creen en tierras ricas y creen todavía en los misterios. Nací no sólo porque hubiera concebido la idea de quedarme, sino porque, finalmente, después de tantas idas y venidas, sentía ya, asfixiándome, la presión de los grandes ciclos temporales. Recé para que se me concediera la risa, pedí una vida sin hambre y recibí paradojas por respuesta. Sigue siendo para mí un enigma por qué nací sonriendo. ”

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“Somos gente esencialmente indirecta”, declara Ben Okri al iniciar su discurso para explicar el formato inusual de su presentación. “Cuando hablo con mi padre, nunca recibo una respuesta clara. El africano está lleno de proverbios, dichos, citas y rimas.”  (…) Subraya algunas palabras, las repite para crear un eco sutil y, luego, reanuda con otra lectura que ahonda la anterior. “África es una realidad no vista. África es un sueño no entendido. África, África…”, expresa ante una audiencia silenciosa y hechizada. El ambiente se asemeja al de un íntimo círculo de poetas que aprecian el valor de una palabra, el peso de una rima y la fuerza de una imagen. “Innumerables ciclos de civilización perdidos en su memoria pero no en sus mitos. (…) África es un enigma viviente. Un hombre viejo tomado por loco o por niño. Un hombre sabio tomado por loco o por niño. Un indigente que también es un rey. ¡Un rey!”.

Todo cambió con el encuentro entre Europa y África, relata Ben Okri. “Al principio, hubo un viento blanco y, de pronto, ese viento blanco borró la memoria de la gente. Las cosas desaparecieron. Las canciones se desvanecieron. Los dioses fueron borrados uno por uno.” Y ese cambio se operó en silencio, sin que nadie lo notara o denunciara. “Es imposible decir cuál de esos dioses desapareció primero”, subraya. Lo seguro es que la gente tuvo que pagar un gran precio al perder sus dioses. Muchas tribus desaparecieron. Muchos idiomas fueron silenciados. Mucha gente se fue y, ante este panorama desolador de la esclavitud y de la colonización, Ben Okri cree que muchas cosas buenas de la gente murieron. Eso es lo que pasa cuando dios muere. La muerte se asocia con el cambio. Ese cambio brutal e indeseado que ha de ser aceptado. Con la colonización, se alteraron las fronteras. “Cambió el nombre de los lugares, cambió el sonido de los nombres y, también, cambió el destino de aquellos nombres. Se reescribió el nombre de los barcos y de los peces. Las cosas reescritas perdieron su significado y su forma. De repente, parecieron nuevas para todos nosotros.”

Tras una conmovedora y sucinta lectura de su obra Sorprendiendo a los Dioses, el autor nigeriano libera un profundo suspiro y levanta la mirada hacia el público. Un torbellino de dolor y angustia atraviesa el auditorio (…)

“El primer encuentro entre Europa y África no fue un encuentro”, explica con calma Ben Okri. Su mirada es inquisidora y sus pausas reflexivas. “Fue una apropiación. Fue una mala impresión. Los que vinieron a descubrirnos no vieron la verdadera África”. Por estos motivos es preciso redescubrirla, sentirla de nuevo, volver a mirarla. Nada más que eso, pero con unos ojos curiosos, sin prejuicios, sin ideas del pasado, sin estereotipos, sin comparaciones. “La gente debería empezar a ver la luz de África”, declara el escritor nigeriano y añade: “Es generosidad, es genio, es calor…” (…) “África ha esperado siglos para ser descubierta con los ojos de un enamorado” (…) “El que no puede gastar su dinero en un viaje a África debería gastar su dinero en unos libros y experimentar África como un sueño”.

Aquí, la versión original de  este artículo.

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