El hombre sentado, por Ariel Magnus

December 20th, 20109:13 pm @

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El hombre embotellado

Un coro de bocinas entraba por la puerta del bar Estocolmo. Luces amplias llenaban los ventanales blancos y rojos, serpenteando entre los edificios hasta el fondo de la noche urbana. Varios conductores se habían apeado de sus vehículos y miraban estupefactos el mayor embotellamiento del que tenían memoria, ellos sin duda y probablemente también la ciudad.

Si en marcha ya causaban bastante gracia, con esas estatuas sedentes que avanzaban como suspendidas en el aire, roncando así como ahora en su sitio, tanto más quietas cuanto que estaban concebidas para moverse, las cajas con ruedas se mostraban en toda su estilizada torpeza, en toda su hilarante aparatosidad. De ahí que las bocinas no parecieran de queja, sino de risa. Aunque los conductores creían tocarlas, eran los coches mismos quienes las soltaban como carcajadas, cada uno según su poder de autocrítica y autoironía.

Vistas de esta forma, inútiles, contraproducentes, el gran mérito de sus inventores no eran las máquinas en sí, sino haber hecho de ellas un objeto de necesidad presunta, de afanoso deseo. El otro gran mérito, clave del progreso constante, era no haber medido las consecuencias de su genial idea, ya que eso los hubiera obligado a descartarla de entrada. A no ser que esa consecuencia, tan necesaria que costaba separarla de su causa, fuera el verdadero objetivo. Porque así de estáticos, anulándose mutuamente como hombres que se insultan durante una asamblea, como países que luego entran en guerra permanente, los coches parecían haber sido inventados menos para fluir que para enfrascarse. No un fin en sí, sino un medio para lograr el embotellamiento perfecto. Solo la energía atómica le podía robar el galardón al invento más admirablemente idiota de la humanidad.

–Tienes que creerme, Krister.

La señora Lennart había entrado en el bar y pedido el teléfono para comunicarse con su marido. No había dicho que era una llamada internacional, pero tampoco nadie se lo había preguntado. El mozo vigilaba su auto desde la puerta, como si pudiese venir un helicóptero y alzarlo en vilo, o alguien desarmarlo y llevárselo por partes.

–¡Tienes que creerme! –alzó la voz, sobresaltando a la joven rubia que atendía la barra–. Estoy en un embotellamiento terrible, no se puede avanzar… Tardé cuatro horas en hacer media cuadra.

Ni siquiera estando en el exterior su marido dejaba de controlarla. ¿Y ella qué sabía de lo que hacía él todos los meses en Barcelona? La empresa estaba en bancarrota, pero él no dejaba de hacer sus excursiones a España para visitar clientes, como decía. Más cliente debía ser él, pero a la que había que tener controlada era a ella. Hasta le había querido comprar uno de esos teléfonos portátiles que ahora se estaban poniendo de moda, a lo que ella naturalmente se había negado. ¿Qué era eso de estar siempre ubicable? Lo único que faltaba era que pasáramos de estar en tal o cual teléfono, a que el teléfono tal o cual estuviera en uno. Si ese invento prosperaba, todos terminaríamos siendo esclavos de la tecnología.

Mientras la esposa de Lennart pensaba en que a veces no hay nada menos creíble que la verdad y que más le hubiese valido decir que había estado de compras, o incluso con un amante, por una de las ventanas la moza rubia vio acercarse a Kalle y se preguntó con qué empezaría hoy, si con cerveza o directamente con coñac. Kalle saludó al mozo de la puerta y antes siquiera de pisar el interior del Estocolmo reconoció en el que estaba sentado de espaldas a él, la cabeza vacía frente a una copa inclinada, a su hijo Stefan.

–¿Entonces qué quieres que haga, mi vida? –preguntó la esposa de Lennart sin muchas esperanzas de obtener una respuesta esclarecedora, como si el interrogado no fuera su marido o el aparato de teléfono sino la vida misma.

Vio moverse a la rubia hacia su lado y se corrió hacia la otra punta del mostrador, temerosa de que de cerca se notara que no era una llamada local. La rubia tomó el vaso y lo demoró un instante debajo de la expendedora, dándole a Kalle la oportunidad de corregirla.

–¿Cómo va eso? –empezó a llenarlo.

–Qué puedo decir –Kalle intentaba infructuosamente sacarse una basurita del ojo con un pañuelo demasiado sucio hasta para limpiar el interior de un motor–. Es difícil ser humano.

–Ni que lo digas –apoyó el vaso espumante sobre la barra.

La señora Lennart colgó el teléfono y regresó a su auto. El mozo dejó de hacer guardia en la puerta y se unió a los que miraban el espectáculo desde adentro.

–Lo viste a tu hijo, ¿no? –la rubia lo señaló con el mentón, y al escuchar que el otro contestaba afirmativamente agregó con cierto reproche–: Está esperando ahí hace horas.

Kalle se dio vuelta hasta quedar frente a la barra y se abrió el sobretodo como un exhibicionista.

–¿Te crees que traigo esta facha porque sí?

La rubia no necesitó estudiarlo mucho para responder por la negativa. Salvo el traje, nada distinguía a Kalle de un deshollinador.

–¿Puedo preguntarte qué hiciste? –se apoyó con los brazos sobre la barra.

–¿Qué hice? –algo en la formulación de la pregunta lo desconcertó–. Estoy arruinado. Se quemó mi negocio.

–¿Eh? –ponderó ella la posibilidad de que ya hubiera llegado borracho.

–¡Digo que se quemó el negocio entero!

Kalle gritó esto último de cara a la mesa en donde dormitaba su hijo, que del sobresalto tiró su copa al piso. Tenía el pelo demasiado largo y las mangas del saco demasiado cortas. Llevaba la espalda encorvada como si ya no estuviera en condiciones de enderezarla nunca más.

–Hola –saludó Stefan a su padre mientras el mozo le limpiaba la mesa, y tras mirarlo con un poco más de detenimiento agregó–: ¿Qué hiciste?

Lo desconcertante era que le preguntaran qué había hecho y no qué había pasado. ¿Es que sospechaban?

–Estoy arruinado, ¿no lo ves? La mueblería se hizo humo.

De la bolsa de plástico que traía consigo sacó unos papeles carbonizados.

–Los libros de contaduría –se los mostró a su hijo–. Es todo lo que me queda –volvió a guardar los papeles y apoyó la bolsa sobre la barra–. Esta es toda mi fortuna –le pegó un manotazo a la bolsa, llenando de polvo a la rubia.

–Quizá sea mejor así –opinó Stefan, en tácita referencia a los números no muy favorables que estaban asentados en esos libros.

Kalle lo miró dolido.

–¿Eso es todo lo que se te ocurre decirle a tu padre cuando está en dificultades?

El hijo bajó la cabeza. La verdad es que se le ocurrían otras cosas, pero se las callaba por considerarlas demasiado crueles.

–Te estuve esperando –creyó justo, en cambio, hacer referencia a las tres horas de atraso que traía su progenitor.

–Quería hablarte –prefirió Kalle no dilatar aún más la espera con disculpas.

–¿De qué?

–Bueno, del futuro. De lo que va a pasar de aquí en adelante. De cómo vamos a salir de esta. De cómo vamos a hacer para ganarnos el pan, y tener nuestros buenos momentos también.

La voz llorosa había ido ganando en altura hasta alcanzar un punto de no retorno, y calló. Mientras Kalle tomaba su vaso de cerveza, la esposa de Lennart volvió a hacer su atribulada aparición por la puerta del Estocolmo.

–¿Puede alguien decirme cómo salir de aquí? –preguntó desesperada la señora Lennart, como si ella no fuera cómplice de eso mismo de lo que ahora quería escapar, y como si no supiera que la respuesta era simplemente dejar todo y empezar una vida nueva lejos de ese atasco de coches y teléfonos y televisores y tostadoras, lejos de toda esa embotellada tristeza en que se había convertido la ciudad.

–No –contestó el mozo, y nadie lo contradijo.

Stefan se la quedó mirando con una sonrisa irónica. Kalle tomó un largo sorbo de cerveza y se ensució un poco más la cara con su pañuelo. La señora Lennart se retiró ofendida a encerrarse nuevamente en su trampa con ruedas.

***

Ariel Magnus nació en Buenos Aires en 1975. Publicó Sandra (2005), La abuela (2006), Un chino en bicicleta (2007, Premio de novela “La otra orilla”, traducido al alemán, italiano, rumano, croata y hebreo), Muñecas (2008, Premio de novela corta “Juan de Castellanos”), Cartas a mi vecina de arriba (2009), Ganar es de perdedores (2010) y Doble Crimen (2010). Trabaja como periodista cultural y traductor literario.

El hombre sentado, su nueva novela, de la que está tomado este capítulo, está inspirada en la película de Roy Andersson “Canciones del segundo piso”, y es una de las novedades de diciembre de Eterna Cadencia.

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