Un viaje a Tapuaj, la aldea de los “Indios Judíos”, por Graciela Mochkofsky

November 14th, 201012:20 pm @

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En agosto de 2003, navegando los océanos de Internet, recalé en el imaginario estrecho en que un rabino de Nueva York había anclado su historia. Con algunos estereotipos sobre los latinoamericanos propios de norteamericanos sin mundo, contaba que un “Inca” católico del Perú, Segundo Villanueva, había leído la Biblia y, sobrecogido por la Palabra, había iniciado una búsqueda que lo había llevado a la selva del Amazonas, al judaísmo ortodoxo y, al fin, a Israel, arrastrando a centenares tras de sí; otros cientos esperaban en el Perú, decía, seguir sus pasos. Al pie, el rabino había anotado un número de teléfono y una dirección en Monsey, una ciudad del norte del Estado de Nueva York, en la que aceptaba donaciones para sus Inca Jews.

Segundo Villanueva y su comunidad antes de la conversion

Cuando disqué el número, atendió del otro lado Margalit, una amable mujer que en el Perú había sido Margarita e integrante de la comunidad de Segundo, ahora conversa al judaísmo, viuda del rabino y madre de su hijo. Me confirmó, en lo esencial, la historia que su difunto marido había escrito años antes y me dio otros números. Entre ellos, los de la familia de Segundo en Tapuaj, el pequeño pueblo de Israel, me explicó, en que vivían como judíos.

Lo poco que averigüé después me convenció: debía completar la historia como fuera. Después de llamados, preparativos rápidos y ansiedad, el 27 de septiembre, en la tarde del Año Nuevo judío, entré en Israel con un contrabando de cinco kilos de mandioca en la valija, que Noemí, una de las hijas de Segundo, me había pedido tímidamente cuando le pregunté si precisaba algo de Argentina (“Aquí no se consigue”).

La amiga que me alojó en Jerusalén, una periodista que conoce muy bien su país, no había ido nunca a Tapuaj ni sabía cómo ir, pero recordaba que el lugar había salido en los diarios: era la colonia judía de extremistas en la que en 1995 se había festejado con algarabía el asesinato del primer ministro Isaac Rabin, a quien consideraban un traidor a la causa de Israel que pretendía entregar la Tierra Prometida por Yahvé en la Torá a los enemigos palestinos.

Otros israelíes reaccionaron con desagrado cuando les conté que estaba decidida a escribir la historia de unos colonos de lo que el propio gobierno de Israel reconoce como Territorios Palestinos Ocupados y que religiosos y nacionalistas llaman, como en la Biblia, Judea y Samaria. “Esa gente hace mucho daño”, me reprendió otra amiga.

Las colonias surgieron luego de la Guerra de los Seis Días de 1967, cuando Israel, repeliendo un ataque conjunto de sus vecinos árabes, avanzó sobre tierras habitadas por palestinos que pertenecían, en el sur, a Egipto, y en el este a Jordania. La ocupación de esas tierras iba a ser temporaria, pero un grupo de nacionalistas religiosos resolvió hacerla permanente y se instaló a vivir cerca de la ciudad palestina de Nablus, en un paraje que llamaron, como en la Biblia, Elón Moré. A partir de entonces, otros judíos ocuparon otras parcelas y, prohijados por sucesivos gobiernos y custodiados por el ejército israelí, hoy los colonos son casi un cuarto de millón. Están allí para asegurar que la tierra quede en manos de Israel, y son uno de los obstáculos para lograr la paz con los palestinos.

Otros amigos me advirtieron que me cuidara de los palestinos. Para llegar a Tapuaj desde Jerusalén, era necesario recorrer una ruta en la que francotiradores palestinos descargaban su odio contra cualquiera que pareciera judío. Ninguno, por supuesto, estaba dispuesto a llevarme: viajar en un automóvil con placa israelí era llamar a la muerte.

Pedí ayuda a Itzik, primo de mis primos, que entonces era teniente coronel del ejército israelí y, por su cargo, mantenía contactos habituales con palestinos. ¿Tal vez podía llegar a Tapuaj con algún convoy del ejército que fuera hacia allá?, pregunté, entre bocados de una exquisita shashuka, en un bar del centro de Jerusalén. Abrazado a una caja de alfajores Havanna que le había llevado de regalo, Itzik me explicó, con dulzura, que no iba a arriesgar la vida de sus hombres, ni la de los palestinos, para que yo pudiera hacer mis entrevistas. “Esos colonos son unos locos, los palestinos les tienen miedo”, me dijo.

Cuando comprendió que de todos modos viajaría, hizo averiguaciones por teléfono –todas coronadas por la bella expresión árabe de despedida que usan tantos israelíes: ¡iál-a!—y, al cabo, me explicó que la manera más segura de llegar era tomar un colectivo blindado en la estación central de Jerusalén, el 473, que salía de la plataforma número 4 a las 9.45 de la mañana.

La estación central es uno de los lugares más protegidos de Jerusalén. Es necesario pasar controles militares y revisión de armas. La amiga que me alojaba me acompañó hasta allí al día siguiente. Todavía preocupada, pidió en hebreo al chofer del colectivo que no se olvidara de decirme dónde bajar. El chofer, que, como tantos israelíes de Jerusalén, no sólo hablaba hebreo e inglés sino también francés y quién sabe cuántos otros idiomas, le respondió que yo podía arreglarme sola, flirteó un rato con ella y, al fin, me aseguró en inglés que me avisaría.

El coche no parecía tan seguro. Sólo los vidrios eran blindados y alguien me había dicho que una bala había matado una vez a una joven colona que viajaba con la cabeza apoyada en una de esas ventanillas. Además, una vez que salimos de la controlada estación, el colectivo se detenía en cada parada a recoger pasajeros, como cualquier otro: cada una, una buena ocasión para que un atacante suicida se trepara y se volara por los aires.

Vista aérea de Tapuaj

Con estos pensamientos, el coche lleno hasta la mitad de pasajeros silenciosos, dejamos atrás las hermosas colinas de la ciudad más intensa y sobrecogedora que conozco. Viajaban un par de soldados jovencísimos, un hombre vestido al modo de los jasídicos (o judíos ultraortodoxos piadosos, como los de Jabad Lubavitch, que caminan siempre de negro por las calles del Abasto y el Once en Buenos Aires) y varias mujeres vestidas al modo de los colonos.

Yo iba como ellas, con la falda hasta los tobillos, una camisa amplia, de mangas largas, abotonada hasta el cuello, zapatillas y cabello recogido (algunas mujeres lo cubren con sombreros o pelucas, según la comunidad a que pertenecen).

Nos adentramos en un desierto de suaves colinas. El colectivo se detuvo en varias colonias que, por lo que podía ver a través de las gruesas y polvorientas ventanillas blindadas, parecían pacíficos pueblitos de casas idénticas parecidos al obrador de la Patagonia en que crecí.

Después de una hora y cuarto de viaje, el chofer me indicó que había llegado. Miré afuera y no ví más que un cruce de rutas y un puesto de control del ejército israelí, custodiado por soldados. Inquieta, le pregunté si estaba seguro. “Kfar Tapuaj”, dijo, firme. Bajé.

Quedé a un costado de la ruta, con una mochilla llena de mandioca y mi conjunto de colona ultraortodoxa. Frente a mí, se desarrollaba el diario drama del puesto de control israelí. Hombres, mujeres y niños palestinos, intentaban pasar de un lado al otro, a pie, en camino a la escuela, al trabajo, a sus casas, quién sabe, y los soldados israelíes, adolescentes cumpliendo su servicio militar, se los hacían difícil.

Desde el cruce de rutas no se veía, pero yo había visto en el mapa que también muy cerca estaba Nablus, una de las principales ciudades palestinas, y un salpicado de aldeas árabes todo alrededor.

Los soldaditos revisaban los documentos de los palestinos, les hacían preguntas, discutían, gritaban. Dejaban que algunos palestinos cruzaran el check point. Otros no, y esperaban, con aparente resignación, bajo el sol. Al pasar caminando frente a mí, varios me dedicaron miradas llenas de odio.

Levanté la vista y encontré a Tapuaj frente a mí, en la cima de una colina que recorría un caminito blanco, que podía verse de kilómetros a la redonda. No me pareció sensato subir a pie –sería un blanco móvil para un eventual francotirador. Llamé a Noemí y ella mandó a su hija, Hadassa, nieta de Segundo, a buscarme en su auto.

Llegó enseguida y subimos juntas el caminito. En el asiento del acompañante, mientras ella preguntaba tranquilamente cómo había estado el viaje, esperé el impacto de las balas, pero nada pasó. Atravesamos un portón custodiado y entramos a un silencioso pueblito de calles amplias y vacías.

Encontré en su cómoda casa con jardín, y en las de los demás peruanos habitantes de Tapuaj, la misma genuina hospitalidad que encontraría meses más tarde en las demás casas del Perú que visité para completar La Revelación, el libro en que cuento su historia, y que volví a encontrar en Israel al regresar, un año más tarde. Almorcé con las hijas y con la nieta de Segundo –que estaba, temporalmente, en Perú—y, por la tarde, Hadassa me llevó a dar una vuelta por Tapuaj.

La colonia estaba envuelta por un alambrado como de gallinero que no ofrecía ninguna sensación de seguridad. Caminamos por el perímetro, y pregunté a Hadassa si no podían, acaso, dispararnos desde las aldeas árabes cercanas. “Si Dios quiere que así sea”, respondió, sin darle importancia.

Desde el alambrado, vimos los montes bíblicos de Gerizim y Ebal. En el Deuteronomio, se dice que las tribus de Israel recibieron la orden de dividirse en dos grupos y subir a los montes; los que subían a Gerizim debían pronunciar bendiciones, los que subían a Ebal, maldiciones.

Todos los habitantes de Tapuaj creían firmemente que así había ocurrido, pero había diferencias entre ellos. Hadassa me mostró las banderas amarillas con los dibujos de coronas reales que flameaban sobre algunas casas, señalando a los miembros de Jabad Lubavitch que creían que su Rebbe, recientemente fallecido, era el Mesías. Esa idea era, en cambio, tanto para la familia de Segundo como para otros colonos de Tapuaj, pura idolatría. También vivían allí algunos seguidores del asesinado rabino Meir Kahane, que había predicado la violencia contra los negros, los rusos y los palestinos, que habían erigido en la vecindad un museo que custodiar su memoria y de otros muertos de su causa.

Diferencias aparte, había llegado con buena fortuna, porque ése era un día de alborozo: la sinagoga de los Lubavitch recibía una nueva Sefer Torá, o Rollos de la Torá, el libro sagrado de los judíos, que para los cristianos es el Pentateuco, escrito a mano sobre un larguísimo pergamino enrollado, sin el que una sinagoga no puede ser tal.

Una camioneta con parlantes difundía música religiosa que se escuchaba en toda la colonia –me pregunté si tal vez más allá, en las otras aldeas no tan lejanas. Las mujeres, con sus muchos niños, conversaban y jugaban alrededor de una sala en la que los nuevos dueños de los Rollos terminaban, como es costumbre, de inscribir las últimas palabras, mientras los hombres rezaban a un costado, de pie, meciéndose hacia atrás y hacia adelante.

Hadassa señaló a varias mujeres que habían perdido a sus maridos en atentados de palestinos, casi todos en las rutas, cuando iban o venían en sus autos. Ella misma no tenía ningún miedo, como ya me había explicado, y frecuentemente recorría la distancia hasta Jerusalén, a veces a dedo, como tantos colonos. Pero su tía Eva tenía miedo, y no se atrevía a salir de la colonia desde el estallido de la Segunda Intifada, en la segunda mitad de 2000.

Le pregunté si le gustaba vivir allí y me dijo que sí, porque allí podían vivir como verdaderos judíos. Era lo que sus padres habían deseado desde siempre y por lo que su abuelo había vivido décadas de sufrimiento y privaciones en el Perú. Ser reconocidos como judíos les había llevado buena parte de sus vidas. Ahora, al fin, lo eran.

Nos encontramos con Eva, una mujer enérgica y muy habladora, y volvimos a la casa de Noemí, donde siguieron contándome su historia. Pregunté cómo veían a los palestinos –ya me habían contado que dos de sus amigos peruanos habían sido blanco de disparos. Con vehemencia, Eva sostuvo que debían irse de esa tierra, que era de los judíos por decisión divina. Se refirió a ellos como “perros árabes” y me contó un par de leyendas inverosímiles sobre la falta de humanidad de todos los musulmanes.

Luego, mientras Noemí tejía un vestido en crochet para su nieta recién nacida, me invitaron a ver la novela de la tarde. Vino también la esposa de Segundo, Abigail, una mujer mayor, con la cabeza cubierta por un sombrerito kolla. La novela, que la televisión israelí trasmitía en el portugués original con subtítulos en hebreo, era “El Clon”: la historia de una joven brasileña de familia musulmana que, en el episodio del día, lloraba a mares porque había llegado a la edad de usar velo. Las mujeres sollozaron por ella con gran simpatía.

Al caer la noche, completada la inscripción de la nueva Torá, volvimos con Hadassa a la calle y nos sumamos a la procesión que encabezaban los hombres que cargaban los Rollos e iluminaban otros con antorchas encendidas, la música jasídica a todo volumen en los parlantes. Los hombres bailaban y cantaban, y se turnaban para cargar el libro y besarlo con devoción. Las mujeres marchaban detrás, charlando y sonriendo; los niños bailoteaban alrededor. Dos soldados de uniforme que cargaban armas largas custodiaron la marcha hasta que fueron invitados a cargar la Torá y se sumaron al baile.

La procesión terminó en la sinagoga de Jabad, donde esperaba un modesto banquete que los hombres comieron en su sala y las mujeres en la propia. Hadassa me llevó a su casa, donde cené con las mujeres, y luego a otra casa, en la que paraban un grupo de soldados mujeres en edad de servicio militar obligatorio que, como eran religiosas, hacían en cambio trabajo voluntario en la zona.

Mijal, la adolescente soldado encargada de la casa, había aceptado alojarme a pedido de Hadassa. En precario inglés, con mucha simpatía, me indicó cuál mitad de la cocina era para la carne y cuál para la leche y me comunicó que dormiría sola, porque ella y la otra soldado debían trabajar esa noche, pero que en medio de la noche llegaría otra joven que dormiría en el otro cuarto.

Cuando Mijal se había ido, golpeó a la puerta un soldado con fusil que no se alegró de ver una cara desconocida –y en pijamas. Pidió explicaciones pero, al fin, se marchó.

Me acosté. Aún cantaban los hombres en la sinagoga. Me dormí con ese arrullo, que me acompañó durante los siguientes tres años, el tiempo que me llevó reconstruir y escribir la historia de Segundo y su comunidad. Todavía hoy me acompaña

 

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