Un dios propicio, por Graciela Mochkofsky

November 13th, 201012:08 pm @

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Del otro lado de la ventanilla blindada se extendía un paisaje patagónico: un desierto ondulante, de polvo, pedruscos y arbustos achaparrados. El chofer giró a la izquierda y tomó el angosto camino que trepaba por una suave colina, en cuya cima anidaba un pequeño pueblo enrejado. Sin apagar el motor, se detuvo frente al portón, que se abrió lentamente. Retomó la marcha y avanzó unos metros hasta una parada en la que no esperaba nadie pero en la que bajaron, sacudiendo mi ensoñación patagónica, un judío jasídico vestido de negro de pies a cabeza, con sombrero de fieltro, frondosa barba y las largas patillas onduladas que en hebreo se llaman peiot. Detrás de él descendió un alegre soldadito, delgado como el fusil que cargaba al hombro.

Seguimos viaje.

Nos internamos en Cisjordania, o los Territorios Palestinos Ocupados, o Judea y Samaria -según la posición política y religiosa de quien la nombre-, la alargada franja que se interpone entre Israel y Jordania, desierto bíblico, tierra sagrada de algunos de los pueblos más antiguos de la Historia, patria futura de los Palestinos, hogar de los “colonos” judíos que reclaman su propiedad por derecho divino, destino del hombre extraordinario al que yo había venido a buscar.

Quince minutos más tarde, el chofer anunció:

-¡Kfar Tapuaj!

Bajé.

Quedé al pie de otra colina, en un cruce de caminos, al lado de un retén militar que atravesaban o intentaban atravesar decenas de palestinos a pie. Para no incomodar a mi anfitrión, me había vestido al modo de las “colonas” ultraortodoxas, con falda larga, camisa amplia cerrada hasta el cuello, cabello recogido y zapatillas. Algunos palestinos, que acababan de sufrir el mal trago de atravesar el retén, no dejaban de reconocer el atuendo con miradas de odio.

Un hombre bajo, lampiño, de rasgos mestizos y dulces ojos negros, que parecía quince años menor a los casi 60 que tenía, bajó a buscarme en automóvil por el camino blanco que tajeaba la colina. Se llamaba Víctor Chico y, aunque era “colono” y ultraortodoxo, vestía como un trabajador de cualquier parte del mundo: un mameluco blanco de pintor, una boina gris y una cinta métrica colgando de la cintura. En Tapuaj, adonde me llevó subiendo el blanco caminito, vivía de hacer “arreglos”; limpiaba las calles, reparaba las cañerías, enmendaba pisos.

Estacionó el auto, propiedad de la comuna, y saludó sonriente a dos hombres altos y de barba rojiza que entraban en la oficina municipal. Los hombres le devolvieron el saludo con naturalidad. Ya estaban acostumbrados al aspecto de Víctor Chico; años atrás, cuando llegó del Perú, algunos lo habían llamado “indiani”, sorprendidos de ver a un “indio” sudamericano viviendo como religioso judío.

-Aquí, a todo ciudadano de Latinoamérica se le dice “indiani”: se trate de un paraguayo, un mexicano, un peruano, todos somos “indianim” -me explicó, con tono comprensivo-. Al principio nos chocó, porque pensamos que lo hacían para insultarnos. ¿Quiénes son “indianim”? Yo trabajaba con un amigo en una fábrica y le pregunté: “Dime, ¿de dónde eres tú?”. “Yo soy indiani”, me dijo. Pensé que me lo estaba diciendo a mí. “¿Por qué dice eso?”, le dije. “Soy indiani -respondió-, soy de Odu”. ¡Era de la India!

El sol calentaba la mañana de invierno. Caminamos hasta el frágil alambrado de gallinero que marcaba el límite de Tapuaj. Víctor Chico apuntó con el dedo hacia una loma vecina en la que se levantaban nuevas construcciones; hacia allí, indicó, seguiría creciendo la aldea. Recorrimos una calle por la que no pasaban autos ni personas, bordeada por amplias casas idénticas de jardines semidesérticos. Ciento veinte familias vivían allí, me contó. Cincuenta habían llegado en el último año y medio. Alcanzamos un galpón alargado, en otro punto del perímetro, que albergaba un mercadito de productos kosher.

Entré a comprar una botella de agua; la cajera me preguntó si era una nueva habitante. No, aclaré. Había venido a que Víctor Chico me contara su historia. Afuera, él contemplaba el paisaje: esa vista, dijo, lo sobrecogía cada día como el primero. Volví a mirar pero no vi más que un par de sierras y un salpicado de aldeas árabes. No veía lo que él sí: aquellos eran los montes Garizim y Eibal según constan en el “Deuteronomio”, el libro que contiene el relato de Moisés sobre el peregrinaje del pueblo judío por el desierto y el código legal que Dios le entregó. Según dice, las tribus de Israel recibieron la orden de dividirse en dos grupos y subir a los montes: los que subían a Garizim debían pronunciar bendiciones; los que a Eibal, maldiciones. De ese modo, reafirmaban el pacto de Moisés con Dios en el Sinaí; era un momento seminal de la historia judía.

Para Víctor Chico, la visión de esos montes era también el recordatorio de que el sueño imposible de su vida se había hecho realidad. Al emigrar a Israel, había entra do al mundo literal de la Biblia y era, ahora, uno más de sus personajes.

***

Su Cajamarca natal es una antigua ciudad de provincias sentada sobre un ancho valle a 2.720 metros de altura, en el centro de un collar de picos rocosos andinos. En su imponente plaza central, todavía poblada por cholas que cargan sus atados de hojas y de niños, el Inca Atahualpa murió asesinado por los conquistadores españoles; allí nació el Perú. Desde la cima del cerro Santa Apolonia, una gigantesca cruz cristiana se alza, admonitoria, sobre la ciudad.

Víctor Chico creció en esa sociedad pastoril, aislada, católica. Su padre murió de manera trágica, aplastado por una piedra mientras trabajaba en la construcción de un camino. A los 10 años encontró un padre sustituto en Segundo Villanueva, su maestro de religión.

Villanueva era un carpintero flaco de negros ojos encendidos que, en su adolescencia, tras leer y releer una Biblia que le legara su padre asesinado, había llegado a la conclusión de que la Iglesia Católica era falsa. Había buscado la iglesia verdadera en grupos protestantes, adventistas y evangelistas que por entonces comenzaban a arrastrar multitudes en un Perú empobrecido. Sin embargo, como ninguno era capaz de responder sus preguntas sobre las inconsistencias entre el Viejo y el Nuevo Testamento, fundó una iglesia propia, a la que llamó “Israel de Dios”.

En ella se guardaba el sábado y se comía según las indicaciones de pureza detalladas en el Viejo Testamento, había estrictas reglas de conducta y se leían y discutían los libros bíblicos en el convencimiento de que en esa palabra escrita se encontraba el mandato de Dios para los hombres y que éste debía cumplirse del modo más literal posible.

Víctor Chico creció en esa búsqueda. Siguió a Villanueva a fines de los años 60, cuando éste creyó entender que el Monte Sinaí en verdad se encontraba en el Amazonas, y enseñó a leer y a escribir en la pequeña colonia que fundaron en la selva con el nombre de Hebrón. Y se mantuvo a su lado cuando Villanueva anunció a sus airados seguidores que había que renunciar a Cristo porque la religión verdadera era el judaísmo. Y cuando dejaron la selva y Villanueva reinstaló lo que quedaba de su dividida grey en Trujillo, cientos de kilómetros al sur sobre la costa del Pacífico, a su más fiel discípulo le fue encomendada la dirección de la comunidad de Cajamarca. Allí, donde no había judíos de nacimiento, Víctor Chico abrió una pequeña sinagoga, apenas una habitación, y enseñó a unos pocos interesados lo que Villanueva le había enseñado.

En 1981, cuando se convocó en Lima un concurso ecuménico sobre conocimiento bíblico, sus días eran los de un esclavo, según él mismo decía. Salía de su casa a las 6.30, acomodaba la ropa que vendía en un puesto del mercado callejero de Cajamarca y allí se quedaba hasta las 9 de la noche. En los pocos espacios libres, leía la Biblia e intentaba memorizarla.

El concurso resultó una competencia de eliminatorias que comenzó con 300 rivales y terminó en un duelo verbal entre Víctor Chico y Manuel Palomino, excéntrico líder de una iglesia diminuta, que podía recitar de memoria el Levítico entero. Aunque en los exámenes escritos le había ido muy bien, Víctor Chico se equivocó algunas veces frente a Palomino. Respondía desde lo alto de una tarima, frente a una multitud, con la presencia solemne del presidente Fernando Belaúnde Terry, y estaba nervioso. Al fin, cuando ya se daba por perdido, ganó por dos puntos y recibió del mismísimo presidente el premio de sus sueños: un viaje de quince días a la Tierra Prometida.

En Israel, por todos lados encontró Víctor Chico los escenarios del libro que ahora llamaba Torá: la Cúpula de la Roca y la gigantesca piedra en la que había sacrificado Abraham; el valle de Ayalón, donde Josué había hecho poner el Sol; los lugares en que Sansón había destrozado un león y encontrado miel; la tumba de Raquel; el Muro de los Lamentos, la única pared sobreviviente del Templo destruido.

Allí, con la ayuda de un rabino y pese a que aún no era propiamente judío, porque no había sido convertido por un tribunal, ató alrededor de su brazo izquierdo y de su cabeza largas cintas de cuero negro que unían dos cajitas en las que había pequeños pergaminos con pasajes de laTorá, los tefilin de uso ritual. Cubierto por un talit, el manto de oración del que colgaban los finos cordeles anudados llamados tzitzit, agradeció a Dios por la hermosa visión que le había ofrecido.

Debía vivir en Israel: era el único modo en que podría ser judío y habitar el mundo de su imaginación, que era el de la Torá. Sobre un pequeño trozo de papel, escribió: “Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, si Tú lo permites, ¡oh, Señor!, haz que regrese con toda mi familia y los miembros de mi comunidad”. Revisó las grietas y junturas de las carcomidas piedras del Muro, repletas de mensajes, hasta que encontró un diminuto orificio. Enrolló su deseo y lo empujó bien adentro.

***

Antes de irse, envió al Gran Rabino de Israel una carta en la que contaba que él y los suyos vivían como judíos ortodoxos en un Perú cristiano que los rechazaba y que, por pobres, tampoco eran aceptados por los judíos de clase alta de Lima; rogaba ayuda israelí para la conversión.

Un empresario peruano-israelí que escuchó su historia viajó, intrigado, a Cajamarca. Maravillado al conocer a estos judíos por fe propia, puso en marcha una cadena de contactos que llevaron a un tribunal de conversión integrado por rabinos ultraortodoxos a Perú. En febrero de 1990, ya oficialmente judíos, un centenar de peruanos emigró a Israel con el apoyo de esos mismos rabinos, que les encontraron lugar en las “colonias”.

Allí estábamos quince años más tarde, tomando café negro colado en el Salón de Usos Múltiples de Tapuaj. Salpicando con palabras hebreas nuestra conversación en castellano, Víctor Chico me contó que sus vecinos lo conocían como Abraham, porque al convertirse, como es costumbre, abandonó su nombre cristiano. Sus cuatro hijos habían servido en el ejército, se habían casado, hablaban perfecto hebreo, criaban a sus hijos como israelíes. Los niños, sonrió, “saben las oraciones de memoria, lo saben todo. Hablan el hebreo, pronuncian la erre con sonido gutural”.

Podía imaginarse viviendo fuera de los Territorios, me dijo, siempre que fuera dentro de Israel. Pero su destino fue Elón Moré, la primera “colonia” judía erigida luego de la Guerra de los Seis Días, en 1967, cuando Israel ocupó la orilla occidental del río Jordán al repeler un ataque conjunto de sus vecinos árabes. Grupos religiosos y nacionalistas habían iniciado entonces la toma de tierras con la idea de construir el Gran Israel bíblico y expulsar de allí a millones de árabes palestinos.

Esa política, alentada en secreto por gobiernos israelíes de diferentes signos, se convirtió en uno de los principales obstáculos para la paz. La mayoría de los judíos israelíes opinaba que las “colonias” debían ser desmanteladas y veía a los “colonos”, que eran ya doscientos mil, como peligrosos fanáticos. No todos elegían vivir allí, sin embargo, por razones religiosas o políticas; algunos lo hacían sencillamente porque los costos eran bajos.

En el 2000, cuando estalló la Segunda Intifada palestina y comenzaron los ataques suicidas y los disparos de francotiradores en las rutas de los Territorios, dos peruanos resultaron heridos: uno quedó paralítico; el otro, con una bala alojada en el hígado como una bomba de tiempo. La mayoría de los “colonos” siguió viajando por las rutas, combatiendo el miedo con el credo que Víctor Chico compartía: “Sabemos que nuestra vida está en manos de Dios”. Los palestinos no eran del todo extraños, ni únicamente el enemigo. Víctor Chico trató con ellos en la fábrica de cerámica en la que trabajó en un comienzo.

Los palestinos habían sido, hasta la Segunda Intifada, la mano de obra más común en Israel y en las “colonias”, y los inmigrantes peruanos, que tampoco tenían dinero, constituían con ellos la clase trabajadora. Pero la violencia del conflicto los separó. Víctor Chico entendía lo que ellos sentían por esa tierra, pero creía, porque así lo preveía la Torá, que un día deberían dejarla a los judíos, sus dueños por derecho divino.

Tapuaj, adonde había encontrado una casa mejor que la que tenía en Elón Moré, era considerada una de las “colonias” más radicales, porque vivían allí los seguidores de un líder fundamentalista ya muerto, Mehir Kahane. Pero dentro del sinfín de identidades que componen el judaísmo ultraortodoxo, muchas de las cuales convivían en Tapuaj, Víctor Chico se identificaba con los kipá shrugá, que fuera de los Territorios eran ortodoxos modernos pero adentro adquirían una forma particular de nacionalismo sionista. Su visión no coincidía con la de Kahane ni con la de otros habitantes de Tapuaj, como los del Jabad mesiánico, sobre cuyas casas flameaban banderas con la imagen de una corona, la del Rebbe Lubavitch, muerto unos años antes en Estados Unidos y que, para ellos, había sido el Enviado de Dios.

Víctor Chico, en cambio, aún esperaba su llegada:

-Oramos a Dios para que venga el Mesías, nuestro salvador, nuestro redentor -me dijo.

Recién entonces se escribiría el final del Libro en cuyas páginas vivía.

Publicación original de este texto, aquí.

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