Salim dejó el periódico entre su asiento y el del acompañante, puso el cambio en drive y enfiló, como todos los días, a las 9.00 am hacia el supermercado Giant. Salim lleva diez años conduciendo una van en Bethesda en un edificio de jubilados y diplomáticos. Dos veces en esos diez años, Salim —Sri Lanka, metrosetenta, algún mes de 1968, gorra y mitones negros incrustados por toda la eternidad en la mollera y las manos— quiso ser ciudadano de Estados Unidos.
No pasó el examen.
—Dos veces fuimos bien escrito y oral. Pero no preguntas.
Las preguntas son el truco. Se puede fallar una pero con tres hay que volver a pasar el trámite. La mujer de Salim, que vive de la seguridad social por una discapacidad, aprobó el examen completo al primer intento.
—Yo no sabré. Quizás cambian preguntas todo el tiempo. Digo sabré las barras de la bandera y después preguntan quién es jefe en oposición.
—¿Y quién es el jefe de la oposición? —digo yo, el bolso listo para bajar en Giant por bananas, yogurt griego y pan ácimo.
—Oh, that’s easy, sir. Tea Party. Thank you very much.
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La Partusa del Té.
Conozcan al cuco. El Tea Party ha roto por derecha al Partido Republicano. Sus candidatos beben de cierto libertarianismo anarquista: quieren menos Estado, menos impuestos, menos leyes contra los ricos, menos inmigrantes. No les gustan los ilegales, los amarillos, los negros y los marrones. El matrimonio es papi + mami; un gay es contra natura. No tragan a Baracko, ese socialista keniata.
Hoy los periódicos contaban cómo la Partusa del Té se tragó las elecciones. Suyos son una treintena de los 239 legisladores de la mayoría republicana en la Cámara de Representantes y cuatro de los 46 de la minoría en el Senado.
No es que nadie se lo esperase. La derrota era una profecía autocumplida con fecha cierta hasta para burlarse de ella. Ahí estuvieron la noche misma del martes Jon Stewart y Stephen Colbert, los mejores humoristas políticos de Estados Unidos, evaluando los resultados.
Desde la semana anterior a las elecciones, el especial de “The Daily Show”, el programa de Stewart en Comedy Central, se promocionaba con un nombre irrefutable, una ironía de profundidad política para las viudas de las Obanomics: “Indecision 2010 – Maybe We Can’t”.
Colbert todavía tenía uno mejor: “The revenge of the fallen”.
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La noche del 2 de noviembre los republicanos dijeron haber comenzado a recuperar América. Hablaban de la ola. De un tsunami sobre el Washington de Obama. La analogía es precisa por su valor devastador.
Pero, en la mañana del miércoles 3, Washington DC no parecía tierra arrasada.
Trabajo a cuadra y media de la Casa Blanca. Por los ventanales de la oficina veo los jardines del 1600 Pennsylvania Avenue. En las veredas no había protestantes clamando por la cabeza del jefe. Tampoco demasiada gente mostrando apoyo. Había japoneses tomando fotos de la galería trasera de la Casa Blanca.
Una elección en Estados Unidos es una reunión finlandesa. Un procedimiento social agradablemente aburrido. Excepto algún desaforado con los cables rotos en el centro del país, nada sucede en las calles que los medios no puedan narrar. Los adversarios votan, se saludan, conversan del próximo partido de los Nationals en el estadio de béisbol del sudeste de la ciudad.
Las elecciones en Estados Unidos son un show de TV. Antes y después de la votación.
Esta vez el rating dio ganador a los republicanos y sus chicos díscolos de la Partusa del Té.
O no tanto: quizás debiera decir, una porción del rating. Los chicos de Té tienen el control; el GOP ya no sabe ni qué canal sintoniza.
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Sí, Obama perdió —y mal. Antonio Caño, el corresponsal de El País de Madrid en Washington DC, lo recordó esta mañana. Las confesiones de Obama a la prensa, en anticipación de la debacle, eran “las palabras de un honesto gestor, pero también de un mal político”.
(Obama dijo la semana pasada a Stewart que su gobierno había “conseguido cosas que la gente ni siquiera conoce” —y Stewart, que no ha mezquinado apoyo al presidente, rió con tristeza o angustia o sorpresa— y antes a The New York Times que “probablemente hay un orgullo perverso” en su Administración, y él asumía la responsabilidad, “de que íbamos a hacer lo que había que hacer aunque fuese impopular a corto plazo”.)
Como sea, a horas del viandazo, debió tomar el micrófono y —tirando de manual— reconocer sus errores, mostrar predisposición al diálogo, acortar distancias con la oposición.
Luego invitó a los líderes republicanos a cenar.
Bien. Uno espera eso de un presidente. O de uno serio, formal. Institucionalizado. Eso no borra la derrota –”paliza”, aceptó el gestor honesto– pero limpia la inteligencia.
Estamos invitados a tomar el té
la tetera es de porcelana
pero no se ve
yo no sé por qué
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Lo que definitivamente acabó con todos los techos volados, más que Obama, fue el bipartidismo.
La Partusa del Té volvió a romper la lógica GOP/Demócratas como en 2008 lo hizo Obama en las presidenciales. El GOP nunca pudo controlar a los díscolos. Los medios jamás atinaron a poner en caja sus falacias, la ignorancia y miopía de varios de sus candidatos, su mala fe.
Los demócratas —Obama— jamás les hallaron la vuelta.
El rating fue de Sarah Palin y sus chicas —las mamma bears. De Marco Rubio, un hijo de exiliados cubanos al que todos le apuntan maneras de Obama del Té-Canasta. Del oftalmólogo de Kentucky Rand Paul, que tiene la mitad de sus pacientes en Medicare, el sistema de seguridad pública que él mismo llama —sin que se le mueva el gel del cabello— “medicina socializada”.
—El sistema político ya no será el mismo —dijo la aprendiz de bruja, apóloga del abstencionismo sexual e ignorante documentada Christine O’ Donnell, una de las pocas candidatas famosas de Palin derrotada por un político tradicional.
Cuando O’Donnell dijo lo que dijo, anoche, mientras invitaba a sus seguidores a acabar con las Coca-Colas y el catering comprados para celebrar la victoria que la esquivó, todos miraron al GOP.
El GOP todavía no reacciona. ¿Cómo pondrá en caja a los inorgánicos punks neocons? ¿Cómo disciplinará una masa que los excede y acusa a los líderes tradicionales de genuflexos y vacilantes?
—Lo veremos en los próximos dos meses —respondió anoche mismito el nuevo líder de la mayoría John Boehner, el arquitecto de los bloqueos legislativos a Obama, un tipo atlético de sesenta años y eterno color anaranjado de cama solar.
Allí estará otra especialidad de la politica americana: la guerra soterrada puertas adentro.
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Ayer, después de dejar a Salim, y durante todo el día —en el trabajo, en el Metro, comiendo mi sándwich de Potbelly— me sentí atrapado por la irrealidad.
Quiero decir: habiendo crecido en Argentina, donde las elecciones —y los partidos de fútbol y las muertes presidenciales y etcétera— son el fin de la historia, busqué desesperado un hecho anómalo entre la gente.
Un error 404 post-electoral.
No hubo.
Los analistas recordaban la anemia de la administración Obama para comunicar algunos de sus méritos, la habilidad republicana para hundir el resto, la furia de la Partusa del Té para torcer las discusiones con falacias o convocando al miedo.
Hubo quienes sobre-analizaban hablando de que, sí, Obama fue derrotado, pero no el Partido Demócrata, cuyos candidatos retuvieron el control del Senado, recuperaron una buena parte del país progre bien-pensante: New York —y Californication de manos de Arnold Governator— y retuvieron Washington DC, Massachusetts, Maryland y Oregon.
Hubo, sí, chicanas —“El presidente debe acercarse a compartir la agenda republicana”, dijo la zanahoria Boehner.
Y obviedades:
—El país castigó al presidente.
—El presidente debe reinventarse para ganar la reelección.
—Perdió, pero puede ganar en 2012 porque así pasó con Clinton y blablablá.
Y hubo -hube- divertidos juegos de comparaciones para el enorme poder de seducción a pie de calle de la Partusa del Té. Asistimos a los sesenta al revés: jóvenes sin compromisos, inorgánicos, basistas, troskos echando pestes sobre el Estado, clamando por derechos personalísimos bajo banderas y pancartas con la imagen del Gran Revolucionario, del Hombre Nuevo, el salvador, Ronald Reagan.
Fuera de eso, nada.
La Partusa del Té no rompe vidrieras. Los demócratas no quieren despeinarse.
Rubio, el Obama floridiano, subió a un escenario con su millón de hijos y su esposa. Y habló con una moderación impensada en un party crasher.
La elección ya pasó: el show ha muerto, viva el show. Ya todos descuentas los días para 2012. De gobernar se ocupará el tipo flaco y moreno de la Casa Blanca; la oposición la harán los rifleros republicanos. El Partido Demócrata cubrirá el clásico rol de toda corte que toma el pulso al rey. Si Obama respira con fuerza, lo secundarán en las fotos.
Pero si empieza a oler mal, ay, llame a retirada, General Custer.
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Al regresar a casa, ya había consumido cuanto debía. Express, el periódico del Metro, tenía una edición especial que abundaba en las cifras. The Washington Post también. Politico abrió las rejillas republicanas, donde comenzaron las peleas cruzadas para acusarse por no barrer con todo, llevándose también el Senado. The New York Times le regaló litros de tinta y bits a la Reserva Federal, que se gastará casi dos Colombias —US$ 600.000 millones— en inyecciones de dinero fresco para reactivar la economía.
Finalmente, en el tope de la pila, BloomberBusinessweek apelaba a la historia: lo que mantuvo firme a Estados Unidos en la recesión de 1981 fue el rol del centro político de republicanos y demócratas. Ese centro –donde todo confluye, donde viven los padrinos políticos, los sabios y los oportunistas de peso ligero– es la clave de la gobernabilidad.
El centro.
De repente, recordé a Obama en otro centro, el de todas las discusiones, el mito innovador, el presidente más progresista del último medio siglo en Estados Unidos. Un tipo que sólo podría conducir este país y ninguno europeo en —arriesguemos— otros cuarenta años más.
Y lo recordé ganando a manos llenas la presidencial. Y antes, recorriendo el país con una sonrisa más firme que la de dentadura nívea de Lebron James.
Dos años después, ese Obama no existe. La carne de los medios son los punks de la Partusa del Té.
Me pregunto cuánto tomará recuperar la iniciativa, si es posible y cómo. De qué modo los republicanos controlarán a los bebedores de té —y cómo me alegraré de que lo hagan, si lo hacen. Cuándo los demócratas aprenderán a ganar una elección con sangre en las venas. Quisiera ver, también, si Obama es capaz de remontar en dos años y echarse al saco el mote de one term president que le cargan los conservadores. Y con qué agenda, si es que sus viejas grandes ideas —viejas grandes ideas de hace dos años— han sido destrozadas a votos por una nación ansiosa, enojada, dueña de la memoria de 348k donde descansan las decisiones políticas de las sociedades modernas.
Unos pasos dentro del edificio me salió al cruce Salim, el conductor de los viejitos de la torre adjunta. Supuse que querría salvar la vergüenza de la mañana. Pero en la cara traía picardía.
Equivoqué, sir, dijo.
—Líder de oposición, no Tea Party —se corrigió, viéndome la pila de periódicos en los brazos—: Obama, sir.



November 4th, 2010 → 6:34 pm @ elpuercoespín
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