Kapuściński Non Fiction, la muy esperada biografía de Ryszard Kapuściński escrita por Artur Domoslawski, apareció en Polonia en marzo, y fue un gran éxito de ventas y de crítica. La traducción al español, de la mano de Galaxia Gutemberg, llega a las librerías de España la próxima semana. Se presentará el miércoles 17 de noviembre en Madrid y el jueves 18 en Barcelona.
Desde su aparición, el libro ha provocado controversia. Fuera de Polonia, por la revelación de que Kapuściński inventaba buena parte de lo que presentaba como retrato de la realidad. En Polonia, donde es una leyenda, el libro fue atacado principalmente porque puso en evidencia sus convicciones comunistas y su colaboración con el Partido en los años de la Guerra Fría.
Aquí adelantamos el primer capítulo:
Lo primero que llama la atención es la sonrisa. Está en todas partes. Siempre. Como si este rostro nunca estuviera triste, preocupado, furioso. Cuando no exhibe su sonrisa, aparece reflexivo, concentrado. Preocupado. «¿Molesto?», preguntaba cada vez que se presentaba en la redacción de improviso, e incluso cuando estaba citado, al acercarse a una mesa o al entrar en un despacho. Y esbozaba una sonrisa tímida, como si pidiese perdón. Una sonrisa defensiva que dejaba la puerta abierta a la retirada.
Cuántas veces no habré oído decir que la esbozaba al saludar efusivamente a un amigo al que conocía desde hacía medio siglo, a una conocida a la que veía en contadas ocasiones, a un redactor jefe con el que debía negociar algo y a una estudiante que venía a enseñarle una tesina sobre su obra.
–Ah, qué modesto es.
–Siempre escucha con tanta atención.
–Oh, sí, somos muy amigos.
Todos sus interlocutores se llevaban esta impresión.
Por eso, en los comienzos de este viaje por su vida me sorprende que a algunos de sus viejos conocidos les cueste tanto extraer de la memoria anécdotas y situaciones, y que acaben el relato que espero antes de que empiece.
–Dios mío, nos conocimos durante décadas y sé tan poco de él, casi nada. ¡Qué triste!
Salían de cada uno de sus encuentros con la impresión de que habían mantenido una conversación fascinante e inolvidable. Ahora se dan cuenta de que eran ellos los que hablaban. Él permanecía callado. Y escuchaba.
–La sonrisa de la que me habla usted era una máscara que con el paso de los años se convirtió en su naturaleza –dice una vieja amiga que lo conocía realmente bien–. ¿Modesto? Otra máscara. Se pueden decir de él muchas cosas menos que fuera modesto. Se tenía en alta estima; era consciente de que tenía mucho que decir de cosas que otros ignoraban por completo.
Coincidimos en que la gente tomaba por modestia su talante bondadoso y deferente. Su falta de aires de superioridad.
Le digo a la amiga que no sé por dónde empezar mi relato sobre él; tal vez por mis cavilaciones en torno a su sonrisa. Porque si alguien tiene una misma sonrisa para todo el mundo, no puede tratarse de una mera deferencia, tiene que haber algo más, «¿no cree, señora?»
–Con la sonrisa desarmaba a todo el mundo que podía herirle. A aquellos soldados en África que le dejaban pasar a las zonas prohibidas cuando podían matarlo. A los mandamases del Partido que le firmaban permisos para viajar al extranjero. A los posibles envidiosos que no faltan en la profesión periodística. Investigue usted si no aprendió a sonreír así durante la guerra; si esa sonrisa no le salvó la vida.
–De acuerdo –dice uno de sus amigos más íntimos cuando le repito esta conversación–, pero ¿todo se reduce a esto? Siempre tuve la impresión –continúa– de que vivía en un mundo de misterios, que escondía muchos secretos; ante sus amigos, ante sus más allegados, ante él mismo. Sí, señor, también nos ocultamos cosas a nosotros mismos. ¿Qué secretos tenía? Personales, políticos, profesionales… Pese a la fama internacional, que en principio debía de haberle dado alas y seguridad en sí mismo, algo le corroía. Yo lo veía en su mirada, en su manera de andar; aquella sonrisa, aquella docilidad, aquella manera de hacer ver que todo el mundo le caía bien y de prestar oídos a todos, incluso a los que decían tonterías.
Los secretos de Ryszard Kapuściński. ¿Es así como debería titular este libro sobre el hombre llamado «el reportero del siglo xx», mi mentor y amigo –un amigo muy especial, próximo, mas no del todo– al que voy conociendo mejor (a menudo tengo esta impresión) sólo ahora?
***
Sí, mantuvimos muchas conversaciones a lo largo de los últimos nueve años de su vida, siempre en el reino de su buhardilla de la calle Prokuratorska, en el barrio varsoviano de Ochota. Lo visité allí al menos cien veces, pero entonces –cosa de la que sólo ahora me doy cuenta– llegué a conocerlo de pan Ryszard, luego Ryszard y finalmente Rysiek una parte mucho más pequeña de lo que me creía. Hablábamos de nuestros respectivos viajes, pasados y futuros; de libros sabios y gobiernos tontos; de política y de las novedades en la redacción de nuestra Gazeta; de que jamás de los jamases se debe abandonar una pasión, por más que nos la intenten quitar de la cabeza. También sobre las personas: el maestro Kapuściński adoraba las chismorrerías.
Sin embargo, nunca le pregunté cómo se hacía carrera en la Polonia Popular; qué resortes había que tocar, a quién sonreír, qué precio había que pagar. Noté que no le gustaban las preguntas acerca de su pasado, y cuando la conversación irremisiblemente derivaba hacia este terreno, él cambiaba con habilidad de tema. Alguna que otra vez lanzó ideas como ésta: con o sin democracia, los conformismos y la manera de pensar gregaria son los mismos, por más que cambien los tiempos. No inquirí en qué lado había estado en los momentos clave de nuestra historia en el último medio siglo; qué había hecho, qué había pensado. Qué buscaba metiéndose en el Congo después del asesinato de Lumumba, viajando al epicentro de la revolución en nombre de Alá o recorriendo la Polonia rebelada en la época del «carnaval» de 1980-1981; todo esto me parecía comprensible, aunque creo que ahora lo comprendo mejor. No le pregunté si en algún momento se había dejado llevar por la imaginación al describir algo, cosa que le habían reprochado algunos críticos extranjeros. Ni si se sentía realizado (me parecía que sí).
Ahora, cuando paso horas en su archivo privado, en bibliotecas y hemerotecas, cuando, siguiendo sus huellas, recorro África y América Latina, y, sobre todo, cuando hablo con sus amigos y conocidos que fueron testigos de muchos episodios de su vida, descubro a un Kapuściński que conocía poco y, a menudo, nada. Alguien que en algún momento lo hubiese visto y oído ¿daría crédito a que aquel hombre apacible y siempre sonriente hubiera sido capaz de agarrar por las solapas a un funcionario, arrinconarlo contra la pared y gritarle mientras lo zarandeaba: «¡Cómo te atreves, hijo de puta!»? (Volveré a esta historia más adelante.)
A menudo lo descubrimos juntos al intercambiar observaciones y al intentar definir cosas apenas presentidas. Todos mis interlocutores son en cierto grado coautores de este libro, aunque no estén de acuerdo, total o parcialmente, con su resultado final.
***
Algunos de ellos, que mantuvieron con él una relación tan próxima que conocían más de uno de sus secretos, me preguntan: «¿Será una biografía o una santa estampa?».
Una buena amiga suya, enamorada de él en su día, me dice:
–Espero que no esté usted escribiendo una hagiografía. Rysiek era un hombre maravilloso, de muchas facetas, a cual más interesante: reportero, viajero, escritor, marido, padre. Amante. Un ser humano complejo al que tocó vivir tiempos convulsos, en varias épocas y en mundos diferentes.
–Pierda cuidado. Le debo mucho, pero no participo en el «proceso de beatificación».
Nos sonreímos. ¿Acaso la admiración y la amistad deben matar el espíritu inquisitivo? Seguro que no ayudan. Sinceramente: tengo con ello un problema, y voy a tener que lidiar con él mientras escriba este libro.
Sigo buscando el tono de este relato y construyendo su armazón. ¿Acudirán en mi ayuda los recursos narrativos del maestro?
El mayor desorden reina en la enorme mesa redonda: fotografías de distintos tamaños, casetes [...] Además, pósters, álbumes, discos y libros, comprados y regalados por la gente, toda una documentación de un tiempo [...] Ahora, ante la perspectiva de tener que ponerlo todo en orden, me invade una gran desgana y un cansancio terrible. [El Sha]
En pos del ansiado orden, pues, he colocado sobre el antepecho de la ventana una veintena de archivadores con sus correspondientes etiquetas: «Pińsk y la guerra», «Instituto, universidad, las primeras poesías», «Unión de Juventudes de Polonia, Partido Obrero Unificado de Polonia, estalinismo y revisionismo»; un poco más allá, «Controversias africanas», «Ficción – No ficción» y otras. Antes de hacer la selección definitiva de notas, recortes y libros, echo una ojeada a las fotografías; suelo hacerlo casi siempre antes de ponerme a escribir un texto de cierta envergadura. La fotografía es capaz de tocar esa cuerda que la palabra no hace vibrar. (Caigo en una trampa: me doy cuenta de que Kapuściński seduce con su sonrisa también desde las fotos, y estar bajo el hechizo de la seducción tampoco favorece al espíritu inquisitivo.)
Me encuentro solo en una habitación vacía; echo un vistazo a las fotografías y notas que cubren la mesa, escucho las conversaciones grabadas en el magnetofón.
Intentaré empezar así…




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1 año atrás
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