El barro, la basura y las casillas de madera y chapa, son el paisaje por el cual Pichín, así le dicen sus amigos, transita su infancia. Tiene nueve años, pero por su contextura física parece más chico. El pelo negro, grasiento, le tapa los ojos. Viste la ropa que seguramente usó toda la semana, sus pies descalzos se acomodan entre las piedras de la calle. Su mirada es extraña, destila inocencia, timidez, desconfianza, pero también, a pesar de su corta edad, una especie de sabiduría. Toma un cigarrillo, lo prende y con gestos de avezado fumador, pone las condiciones de la conversación: “Si yo hablo con vos qué me das”.
Vive en Villa Garrote desde que nació. El barrio amurallado por el olvido se encuentra en el límite entre Tigre y San Fernando, en la provincia de Buenos Aires, donde, otrora, funcionaba el puerto que capitalizaba la economía de la zona y donde pululaban prostíbulos que en tiempos de esplendor gozaban de cierta fama.
Su casa es de madera, carcomida por la furia del tiempo; es pequeña y alberga a toda su familia: su madre y sus cinco hermanos. “Yo laburo desde los seis años”, cuenta, con aire ufano; pero él sabe que su trabajo es recompensado si con un par de monedas logra que la paliza no sea tan brava. Pichín se levanta temprano y con un carrito desfila por las calles en busca de cartón, botellas y latas de gaseosa. Recorre treinta o cuarenta cuadras por día para conseguir los ansiados diez pesos, logrado por la venta de “todo lo que entre en el carrito”. “Con esta guita mi vieja compra grasa y harina”, dice Pichín. El sustento se basa en la preparación de tortillas que luego venden en la zona. “A veces no tenemos para comer, ni torillas. A mí me jode porque mis hermanitas lloran”, se lamenta el niño, las palabras le duelen en la boca.
El chico hurga en sus bolsillos en busca de otro cigarrillo. Se sienta en el suelo, escupe en la tierra y explica: “Desde que mi hermano está guardado yo traigo la guita a mi casa”. Su hermano, Darío, de veintidós años, hace ocho años que está preso en la cárcel de Olmos por intento de robo al correo de Tigre. “La noche que se lo llevaron estábamos todos todos durmiendo. La yuta tiró la puerta y se lo llevó de los pelos. Yo cagué a patadas a un policía”, dice, con odio; el resentimiento le florece en los ojos. Su destino parece marcado y no oculta la admiración por su hermano mayor: “Cuando sea grande quiero ser como el Darío, tiene unos huevos así de grandes”. El hermano pertenecía a una banda que se hacía llamar “Los Flacos”. El grupo es conocido en la zona; muchos arguyen que están apañados por la policía, ya sea por temor, o por negocios en común. “A mí los pibes me quieren, me dan cerveza, me hacen fumar”, se pavonea Pichín. El grupo pasa por las casas cada semana para cobrar una cuota de 50 pesos a cambio de “seguridad y protección”. Aquellos que se niegan a pagar sufren las consecuencias: “Mi vecina, la Elma, no quiso pagar. Entraron una noche y le hicieron de todo”.
Por las noches su vida transcurre en los trenes. Recorre el trayecto de Tigre a Retiro, una y otra vez, pidiendo monedas o cualquier cosa para comer. Desde las ocho de la noche hasta que el último tren termina su recorrido, Pichín gasta sus pies en andenes y vagones, tal vez con la idea de que la suerte aparecerá en el próximo paso. Amigo de guardas, vendedores ambulantes y personajes de la noche, o se siente dueño del lugar.



November 2nd, 2010 → 3:10 pm @ tdomf_63739
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