Saramago en sus palabras

October 24th, 201012:26 pm @

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A cuatro meses de la muerte del escritor portugués y Premio Nobel de Literatura, Saramago en sus palabras (Alfaguara)  reúne declaraciones del escritor aparecidas en la prensa de una veintena de países, desde mediados de los años 70 hasta marzo de 2009.

Exiliado de Portugal por voluntad propia, Saramago vivió los últimos años de su vida junto a su mujer y traductora de buena parte de su obra al español, Pilar del Río, en la isla de Lanzarote. “Le ponía muy nervioso el pensamiento dogmático, ya se tratara de religión, política o economía, solía decir que a los derechos humanos le faltaban dos derechos: el derecho a la disidencia y el derecho a la herejía”, explicó su viuda en el acto de presentación del libro, en Madrid.

El día que nos neguemos a seguir encubriendo determina­das situaciones con las palabras que pretendidamente las de­finen, pero que sólo sirven para ocultarlas, empezaremos a ver claro. Primero hay que desmitificar y desmitificar. Des­pués, construir. Pero hay que realizar esas tres operaciones en conjunto, sin ilusiones populistas ni caducos feudalis­mos.

Extra, Lisboa, 1978

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El intelectual no puede estar con el poder.

Lusitano, Lisboa, 15 de marzo de 1990

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El drama no es que la gente tenga opiniones, sino que las ten­ga sin saber de qué habla.

Diário de Notícias, Lisboa, 12 de julio de 1992

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Al poder, no le pido nada porque nunca da nada. Al poder hay que arrancarle el poder, reducirlo, porque no necesita ser abso­luto para corromper absolutamente.

Cambio 16, Lisboa, 9 de agosto de 1993

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A las desgracias de África no hacía falta añadir la gula asesina del hombre blanco.

Cambio 16, Lisboa, 9 de agosto de 1993

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La cultura no es un fin en sí misma y no puede ser usada como refugio para egoísmos o cobardías personales.

La Gaceta de Canarias, Las Palmas de Gran Canaria, 13 de octubre de 1993

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Ya no hay indignación espontánea, que es la buena, la verda­dera indignación. Existe una enfermedad del espíritu: el mal de la indiferencia ciudadana. Todos estamos moralmente en­fermos.

La Verdad, Murcia, 15 de marzo de 1994

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Uno no debe contentarse con lo que le dicen. Debe averiguar si es verdad. Saber si es la única verdad y cotejarla con la verdad de los demás. Hay que buscar siempre el otro lado de todo.

La Voz de Asturias, Oviedo, 14 de junio de 1995

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Con la corrupción no se puede pactar. No se puede pactar con un cáncer, haciendo como que no lo tenemos.

La Voz de Asturias, Oviedo, 14 de junio de 1995

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[El mundo del fin de milenio es] un mundo con dos tenden­cias opuestas: la globalización y la fragmentación. Un hombre está en su casa, alejado de todo contacto humano, y puede lle­gar a través del ordenador, del módem, del fax, a todas partes. Cada vez estamos más cerca y más lejos de todo. La tecnología nos permite tenerlo todo sin salir de casa. Y, si no estoy satisfe­cho con la realidad, puedo vivir en otra realidad: la virtual.

Expresso, Lisboa, 28 de octubre de 1995

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Hay una cultura de la banalización. Todo es banal, todo está sujeto al consumo.

Zero Hora, Porto Alegre, 12 de abril de 1997

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No quiero ser apocalíptico, pero el espectáculo ha tomado el lugar de la cultura. El mundo se ha convertido en un gran es­cenario, en un enorme show. La mitad de la población mun­dial vive de dar un espectáculo a la otra mitad. Y probable­mente llegará un día en que ya no habrá público y todos serán actores, y todos serán músicos.

Zero Hora, Porto Alegre, 12 de abril de 1997

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Entramos en la era de la burocracia absoluta, caminamos irre­mediablemente a la ignorancia. El hombre, cercado de infor­mación, perplejo, pierde su capacidad de indignación, de res­puesta: la racionalidad mínima. ¿Estamos todos neuróticos?

La Revista de El Mundo, Madrid, 25 de enero de 1998

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El nombre no es más que una especie de muro no voluntario que impide saber quién es el otro. Después, los nombres que tenemos son cada vez menos importantes. Lo que hoy cuenta verdaderamente en el sistema que nos gobierna, y que no sabe­mos identificar bien, es el número de la tarjeta de crédito.

La Revista de El Mundo, Madrid, 25 de enero de 1998

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