El retorno de los Tigres de la Malasia, por Paco Ignacio Taibo II

October 22nd, 201012:00 am @

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I

El horror

Los dos hombres salieron de la niebla lentamente, como si renacieran; uno de ellos iba casi desnudo, a no ser que se pudiera llamar vestimenta a los restos de la camisa de seda que colgaban escasamente sobre un brazo, a un calzoncillo cubierto de lodo y a su calzado, una única bota que lo hacía cojear; el otro sangraba aparatosamente de una herida en la frente, a pesar de lo cual estaba fumando un puro.

A causa de su apariencia fantasmal ambos personajes parecían jóvenes aun sin serlo; quizá el brillo de sus ojos, el aura de energía que esparcían en la atmósfera, la sensación de violencia triunfante, las risas sueltas y las amplias sonrisas, el flujo de adrenalina que flotaba en torno a ellos, imitara la juventud, y la imitaba airosa y convincentemente.

Una segunda mirada no podía ocultar las abundantes canas en la cabeza de aquel que tenía la camisa destrozada y el torso lleno de arañazos, un malayo, y las arrugas profundas en torno a los ojos del hombre del puro, sin duda de origen meridional europeo, quien lucía en medio del tizne las manchas en la piel de quien había bebido el sol durante muchos años. Iban armados con hachas de mango corto y revólveres muy singulares, unos Turret de seis tiros de tambor horizontal, muy poco comunes en el mundo y particularmente extraños en aquella zona del planeta, porque habían sido construidos especialmente para ellos por el ingeniero y armero J. W. Cochran en Allen, Pennsylvania. Los hombres conversaban animadamente en una mezcla de inglés y malayo, en la que frecuentemente aparecían palabras chinas, en portugués de Macao e incluso alguna palabra obscena en el idioma favorito de la procacidad, el español.

La brisa marina era insuficiente para disipar la niebla y sólo lograba mezclarse con ella llevando hasta los dos hombres, que caminaban por un sendero rocoso que ascendía hacia la nada, el olor de la sal. El sonido de una sirena pareció indicar que el mundo exterior seguía existiendo: dos toques cortos y uno largo.

—Siguen ahí —dijo Yáñez de Gomara, y arrojó el puro hacia el sonido del silbato que surgía de la niebla.

—Son como la suerte, hermanito, nunca nos abandonan —respondió Sandokán.

Los dos hombres apresuraron la ascensión siguiendo difícilmente el caminito marcado entre las rocas, que unos instantes después los llevó hasta una cabaña de palma.

—¡Dakao! —clamó el príncipe malayo al ver que nadie los estaba esperando en el exterior.

—Algo raro está pasando. Nuestros problemas no terminaron allá atrás —dijo Yáñez.

Sandokán repitió la contraseña en voz alta y ante la ausencia de respuesta amartilló la pistola. El portugués dio una patada a la puerta de la cabaña, que se desplomó botando sus goznes, y entró con su revólver en la mano. El instante que le tomó habituar los ojos a la escasa luz fue precedido por el descubrimiento del horror. Yáñez no era un hombre que se asustara fácilmente; a lo largo de su azarosa vida había visto prácticamente todas las formas del mal, la brutalidad y la barbarie; pero había algo en el interior de aquella pequeña cabaña, alumbrada tan sólo por la tenue luz del amanecer, que se filtraba por las hojas de palma entrelazadas que cubrían la única ventana, que lo hizo temblar.

(…)

Paco Ignacio Taibo II (Gijón, Asturias, 1949) es escritor. Ha sido también político, activista sindical, profesor universitario en la Facultad de Historia y Antropologíade la UNAM, periodista, director de revistas y director de la Semana Negra de Gijón.

Tiene más de 50 libros publicados, entre novelas, libros de cuentos, cómics, reportajes periodísticos y ensayos de historias, publicados en más de 20 países, por los que ha recibido numerosos premios literarios.

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