Chile ante el Bicentenario: ya no basta con ganar, por Patricio Fernández

11 septiembre, 2010

Chile ha cambiado montones. Santiago no es la misma ciudad de mi infancia. Se parece a esa más que a ninguna otra, pero no es la misma. Ha crecido para todos lados una enormidad. Los rincones aislados de la provincia conservan algo del Chile de entonces, pero como ya son muy pocos los lugares aislados, en mayor o menor medida el cambio ha llegado a casi todas partes. Donde antes había una radio con elásticos a la que debía meneársele la antena para encontrar señal, ahora hay un computador, en muchas partes con internet, facebook y twitter.

La pobreza ha disminuido, pero también ha cambiado. Ya no consiste en llevar la ropa rota, sino en sentirse invisible y desamparado, viendo desde la berma como otros progresan hasta donde ellos ni sueñan. De los relatos de los viejos, se desprende que antes el tiempo transcurría alucinantemente lento. El ritmo de la vida se parecía al de una caminata. Hoy todo sucede rapidísimo: tramos que hace ni cuarenta años, en los campos de Colchagua, tomaban un día de viaje, ahora se completan en media hora. Las noticias llegan a Temuco y a Nueva York prácticamente al mismo tiempo, o con diferencias insignificantes. Las transformaciones de la última veintena, equivalen a las producidas durante muchas más décadas en el pasado. En lo material es evidente, pero, y quizás por lo mismo, en lo cultural no lo es menos. Según Marx, entre estos ámbitos existe una relación de interdependencia. Y por estos días, hay un círculo que se está cerrando.

Sin ningún ánimo esotérico, habría que convenir que este año 2010, el del famoso Bicentenario, han sucedido y siguen sucediendo unos cuantos eventos extraordinarios, y de carácter, por decirlo aparatosamente, simbólicamente fundacionales. Primero fue el terremoto que botó a medio Chile, y el tsunami que desapareció pueblos enteros. Es decir, vidas que partieron de nuevo, localidades que aún no logran comenzar a levantarse. Por esos mismos días, la ciudadanía derrocó a la Concertación. El conglomerado político que condujo estos cambios acelerados, entre los que se cuenta la recuperación del funcionamiento democrático de las instituciones, había agotado su energía transformadora. Si somos francos, ya no tenía mucho que ofrecer. Se estaba mordiendo la cola, y todavía hay algunos de ellos que siguen persiguiéndola, porque de lo contrario ¿qué hacer? Es natural, sólo se detendrán cuando caigan en la cuenta de que no tienen ni un espectador aplaudiendo su show y que otro escenario convoca las miradas.

Piñera no ha significado la llegada del monstruo de la derecha. Con excepción de las boberías valóricas, que de persistir dejarán de ser boberías, no ha insistido en ninguna medida que cambie mayormente el curso de las cosas. En la tragedia de la mina, que, aunque suene terrible decirlo, le ha caído como anillo al dedo, el gobierno lo ha hecho perfecto. Nadie desconfía de que para sacarlos se están moviendo todas las fuerzas existentes en el mundo. Pero más allá de las rentabilidades políticas y el horror vivido por los mineros, el hecho de que una tumba, porque eso fue durante días lo que todos vimos en el famoso refugio de los 800 m, con la llegada de una sonda –llamada cordón umbilical- se convierta en útero, nos vuelve a hablar de nacimiento.

Los hombres que entraron no serán los mismos que los que saldrán. José Ojeda, uno de los atrapados en ese recinto que con los días se ha ido amoblando y convirtiendo en un mundo paralelo, desde el que salen imágenes y cartas, y con el que convivimos casi naturalmente, escribió: “Estamos usando unos buzos blancos de papel y aquí, como hace un poquito de calor, les doblamos las piernas para que parezcan shorts, ¿me entiendes? Y amarrados a la cintura nos vemos chistosos, pareciera que todos anduviéramos en pañales”. Desde ese lugar, los obreros cantan el himno patrio y le hablan a Piñera, que gracias a este evento terminó de convertirse en presidente de Chile. Al menos en parte, consiguió la tan buscada conexión emocional. El reto del mundo de centro izquierda es cada vez más exigente. Ahora está obligado a inventar nuevamente un relato cautivador. Un cuento que marque la diferencia con la ausencia de proyecto imperante en la actual administración; algo, por cierto, mucho más profundo que una candidatura competitiva, o un caballo ganador.

Piñera, como los estacionadores de autos, se mueve con la lógica de “golpe avisa”. Su rumbo no está claro, como no lo está el de ninguna de las organizaciones políticas tradicionales. Los partidos están llegando al Bicentenario atrás de la locomotora de la historia. Los temas provocadores que invitan a un reperfilamiento ideológico están surgiendo desde individuos y grupúsculos dispersos, sin que ninguno de ellos los recoja con verdadera complicidad. La demanda por más democracia es completamente distinta hoy que en el lejano año 1988. El conflicto, como siempre, sólo que de una forma nueva, parece radicar en la lucha por la dignidad de las mayorías, versus la confianza en la energía de los poderosos.

Sin ir más lejos, en el centro de los nuevos paradigmas está el tema energético. No es igual una comunidad que aprovecha las fuerzas del entorno para desarrollarse, que una mucho más voluptuosa, donde sin importar de dónde provenga, cuánto daño cause o territorios atraviese, se imponga por su potencia. Nadie cuestiona la importancia del crecimiento económico, pero algunos lo convierten en sinónimo de desarrollo, y otros no. Los grandes empresarios y economistas neoliberales (El Mercurio les ha dado mucha tribuna últimamente), se burlan de los que le agregan ciertos valores adicionales a esa palabra: cohesión social, civismo, respeto por la diversidad, por la naturaleza y por la defensa de que ninguna familia vale más que otra, ni un empleado menos que un patrón, al menos en tanto ciudadano.

Los mapuches, como nadie, saben de discriminación. Años atrás, a los Pehuenches del Alto Biobío les inundaron su territorio. Los huesos de sus muertos salieron a flote, mientras Chile crecía a niveles inusitados. Hoy no debiéramos permitirlo. Lo que convierte a nuestros indígenas en terroristas, para algunos, es que simplemente no creen ni quieren lo mismo que el resto, y cuando se intentan hacer oir, de modos violentos pero ni tanto, sus delitos son percibidos como acciones de energúmenos. El Estado chileno, contra el que se rebelan, no ha sido precisamente un compañero encantador. Les pide obediencia, pero los margina de las decisiones, como hacen también las mega empresas con las comunidades a las que invaden bajo el grito de ¡riqueza! ¡riqueza!, tan deslumbrante como engañoso. Los niveles de acuerdo sobre el modelo de desarrollo a que llegaron la derecha y la izquierda durante la transición, debieran desembocar, al final de este ciclo de recomposición de confianzas, en nuevos ejes diferenciadores, nuevos motivos de conflicto, ojalá, esta vez más dialogados y sensatos que los que invocaron a la barbarie. A grandes rasgos, las tribus debieran mantenerse, pero no sería raro que se movieran algunas tropas de lado a lado.

En fin, eximiendo los lugares terremoteados y a quienes están viviendo en situación de emergencia (nada de pocos), no sería justo sentenciar que llegamos al Bicentenario en estado calamitoso. Las casas que cayeron esconden los planos de las que vendrán. Este pomposo e inmaduro efemérides nos pilló en un momento de gestación, de caminos que terminan y caminos que comienzan. Nadie pretende rupturas abruptas. La panorámica ya no es en blanco y negro, ni el interlocutor tan fácilmente caricaturizable…bueno, salvo los fanáticos de siempre -los del mercado y los del Estado-, que tienen la misma respuesta para todas las preguntas. En las calles, de esos quedan pocos.

La chicharra del Bicentenario nos tiene a todos hastiados. Mucha parafernalia y poca carne, como en las excitaciones adolescentes. Si de aquí a las fiestas, llega a morir uno de los 32 mapuches en huelga de hambre, la fanfarria será reemplazada por las pompas fúnebres, y la inmensa bandera chilena que se colgará en la Plaza Constitución, flameará como una gran mortaja manchada. Un puro acontecimiento opacará muchas de las luces existentes. Develará que al cabo de dos siglos nos hemos llenado de juguetes encandilantes, sin construir un país decente. La pelea futura quizás sea precisamente por la decencia, por la elegancia en el trato, por el respeto a las reglas más que al victorioso, por estrechar las brechas que nos separan impidiendo el único sentido en que vale la pena usar la palabra patria: algo así como una casa en la que se siente el calor de hogar, donde nadie sobra, ni los parientes se aplastan entre sí.

Patricio Fernández es director del semanario chileno The Clinic. Para ir a este texto en The Clinic, aquí. Para textos anteriores de Fernández en el puercoespin, aquí.

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