Buscando un sentido a la guerra, por Jon Lee Anderson

2 septiembre, 2010

Anoche escuché el mensaje del presidente Obama desde la Oficina Oval con emociones muy encontradas. La guerra de Irak no fue obra de Obama –todos lo sabemos–, pero, cuando trató de definir el momento, faltó en su oratoria un claro sentido del momento histórico. La situación allí es todavía demasiado incierta para felicitarse. Y, sin embargo, eligió un lenguaje que, temo, persistirá y supurará en los salones de nuestra memoria por un buen tiempo. Cuando lo escuché decir “América cumplió con su responsabilidad, ahora es tiempo de dar vuelta la página”, me estremecí. No fue irritante al grado del destemplado “Misión Cumplida” de Bush en mayo de 2003, pero las palabras de Obama tuvieron un marcado sonido a hueco y sé que más de un iraquí habrá maldecido amargamente al oírlas.

América, claramente, no ha cumplido con sus responsabilidades respecto de los iraquíes, la mayoría de los cuales no tiene voz en la guerra que les llevamos hace siete años. Les dejamos un Irak libre de Saddam, sí, pero con una sociedad golpeada y lastimada y un gobierno disfuncional que puede o no sobrevivir la retirada paulatina de nuestras tropas a fines de 2011.

Pero el discurso de Obama no era sobre los iraquíes, ni tampoco, en verdad, para ellos; estaba dirigido a su audiencia norteamericana. Obama habló sobre el gran sacrificio que hicieron los norteamericanos, en vidas perdidas y en dinero gastado, y es cierto, el precio ha sido grande. Pero sólo un callado recordatorio de los siguientes hechos, que pueden volver a atormentarnos: por cada vida norteamericana perdida en Irak desde 2003, los iraquíes han dado 25; y pocas naciones en tiempos modernos han visto su patrimonio nacional tan minuciosamente destruido y saqueado como Irak –bajo nuestra vigilancia.

Conservo muchos recuerdos, tiernos y doloros, de mi reporteo en Irak desde el 2000. Es un lugar que me inspira un dolor de duelo. No he estado en sitio alguno en el que haya visto más injusticia y muerte que en Irak. A menudo, vuelvo a ese día fatal –el 9 de abril de 2003—en que Bagdad cayó en manos de los norteamericanos, como el punto de inflexión de la guerra, el día en que la “victoria” de los invasores norteamericanos fue arrojada a la basura y fueron sembradas las semillas del caos y de la subsiguiente insurgencia.

Esa tarde, parado en la calle cerca de los recién llegados soldados norteamericanos, miré como permitían a bandas de saqueadores hacer una razzia en el Ministro de Comercio, mientras otros prendían fuego al Ministerio de Transporte en la puerta de al lado. Las llamas se elevaron de los edificios y sonaron los disparos cuando bandas rivales de saqueadores se pusieron duras. Un hombre pasó corriendo por la calle a la caza de un potro negro de pura raza, uno de la manada privada de Uday Hussein, que había sido puesto en libertad en el adyacente campo de deportes olímpicos. Poco después, desfiló una tronante procesión de marines en tanques. Anoté los nombres que habían pintado con spray en los cañones de sus armas: “Asesino”, “Carnicería”, “Acero Frío”, “Tren Loco”, “Rebelde” y “¿Tenés petróleo?”.

Me volví hacia Khifa, un iraquí que estaba conmigo, y le pregunté qué sentía. Replicó: “Estoy muy, muy feliz. Pero, no sé por qué, también siento que quiero llorar. Ok, Saddam Hussein ya no está, pero temo que los norteamericanos necesitarán poner en el poder a otro Saddam Hussein para mantener el control aquí. Mirá alrededor: no hay nadie, ni autoridad, ni policía, y este es el resultado”.

Pocas horas después, el saqueo se había difundido y con él la destrucción –unos cuanto edificios habían sido incendiados. En medio del tumulto, un hombre angustiado de mediana edad, vestido de traje, vino hacia mí. En un inglés entrecortado me informó que era farmacéutico y que se dirigía a mí como representante del poder invasor norteamericano. Agitó las manos hacia el caos que lo rodeaba y dijo, suplicante: “Por favor. Queremos vivir bajo cualquier sistema. Cualquier sistema es mejor que esto”.

Aunque despedí al hombre y su admonición implícita explicándole que era un periodista, no un soldado, estaba profundamente conmocionado por lo que había visto. En los días siguientes, mientras el pillaje y la destrucción continuaba y veía que los soldados norteamericanos no hacían nada para detenerlo, mi conmoción se transformó en vergüenza. El ejército más poderoso del mundo había librado una rápida y decisiva campaña militar y se había abierto paso hacia Bagdad en tres semanas, sólo para detenerse mientras los ministerios, hospitales, museos y bibliotecas eran saqueados y quemados y, eventualmente, también sus arsenales. Los explosivos y armas sustraídos en esos días pronto serían usados contra soldados de los Estados Unidos por los nuevos “insurgentes” iraquíes. Más de una vez los soldados y oficiales norteamericanos me dijeron que no estaban allí para “disparar a saqueadores” –como si hubiera una diferencia cualitativa con el bombardeo aéreo de “Shock and Awe” que había precedido su arribo, en el que muchos cientos de civiles iraquíes habían muerto, tanto en Bagdad como en otras ciudades.

Fue un momento de estupor y todavía no tiene sentido para mí. Pronto, por supuesto, la verdadera guerra comenzó para los norteamericanos y también para los iraquíes. Las cosas están mejor hoy: muere menos gente que en 2006 y 2007, en el pico de la violencia sectaria, pero todavía muere. Al Qaeda ha resurgido, letal, y el sistema político aún es frágil y controversial. Bajo nuestra vigilancia, la enemistad entre sunitas, chiitas y kurdos no ha sido reemplazada por un nuevo colectivo nacional. Si se los deja sin reconciliación, las cosas pueden todavía descomponerse y llevar a una guerra civil total. De hecho, me sorprenderé si esto no ocurre. Espero sorprenderme.

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