Tieso y adolorido por la última golpiza policial, Bahaa Saber contuvo las lágrimas de un hombre atrapado en dos vidas: el homosexual que busca la aceptación del Islam, y el activista político que protesta contra un estado que responde a sus reclamos de democracia con cachiporras y gas lacrimógeno.
La voz de Saber es áspera por años de gritar, sus ojos cansados, por mirar todo lo que no ha cambiado. Su vida se ha convertido en una sucesión de moretones y protestas, de arrojar sus puños al aire y escudriñar multitudes que reclaman mejores salarios y libertad mientras policías de uniforme negro y casco se les van encima.
“Empezás a preguntarte si realmente importa,” dijo Saber. “No podés cambiar un estado policial o forzar una revolución con un grupo de activistas que tienen diferentes agendas políticas. No podés seguir gritando consignas al viento. Ha sido así durante treinta años. La gente tiene que trabajar durísimo sólo para sobrevivir. No tiene tiempo de hacer que la vida sea algo mejor. El gobierno nos ha encajonado”.
Saber se sentó en un café el otro día y susurró estrategias de protesta por su teléfono móbil, mientras esperaba el resonar de los zapatos en el asfalto. A dos cuadras, la policía antimotines vigilaba a los empleados públicos que entonaban cánticos frente al Congreso en su diario ritual de sudor y descontento. El enojo contra el régimen del Presidente Hosni Mubarak se ha intensificado a medida que la nación se prepara para las elecciones legislativas del otoño [en octubre próximo]. Hay huelgas de trabajadores, grupos de derechos humanos buscan limitar el poder de la policía, y dirigentes de la oposición presionan por un cambio constitucional. Sin embargo, hasta ahora el gobierno egipcio, un aliado cercano de Occidente que recibe alrededor de 1.200 millones de dólares en ayuda anual de los Estados Unidos, no ha cedido. Aquellos que lo desafían son normalmente arrestados y a veces torturados; sus nombres quedan registrados en las fichas de los organismos de seguridad y sus futuros, comprometidos.
Pero hay pocos como Saber. Su homosexualidad lo ha hecho un paria para su religión y para la Nación que quiere mejorar; un juez le dijo en una ocasión que a los gay habría que matarlos de un tiro a primera vista. Vive como colgando de un hilo, dividido entre quien es y lo que quiere lograr. Camina las calles con furia y disfrazado. “Mi familia me sugirió que me casara para evitar las sospechas de que soy gay”, contó. “Me casé con la hermana de mi cuñado. Tengo un bebé. Fue el modo de probarle a mis vecinos que no era VIH positivo, que era un buen hombre”.
“Algunos activistas políticos no se juntan conmigo porque soy gay. Ante sus ojos, eso me hace distinto. Ya sea como disidente o como homosexual, te acostumbrás a ser un indeseado”.
El fervor político de Saber nació de su identidad sexual. En 1977, fue condenado por libertinaje, un eufemismo para homosexualidad, y pasó seis meses en prisión. Desde entonces, ha sido arrestado pero nunca más condenado por cargos similares, sino por drogas y crímenes relacionados con la protesta política, como desorden e insultar al Presidente. “Después de un tiempo, dejás de prestar atención a los cargos que amontonan en tu contra”.
En cada período en la cárcel, dijo, conoció activistas, trabajadores, profesores, taxistas, islamistas, periodistas y otros arrestados por las fuerzas de seguridad.
Saber, que alguna vez escribió para un periódico izquierdista pero hoy está desempleado, no es el disidente árabe ideal; su homosexualidad lo ha convertido en una curiosidad para los grupos opositores y un blanco fácilmente vilipendiado de conservadores religiosos y policías.
“El principal problema de Bahaa es que su orientación sexual se ha convertio en su talón de Aquiles”, dijo su abogado, Ashraf Milad Ruxi. “Las autoridades se han asegurado de difamarlo y de arruinar su reputación revelando su homosexualidad y deteniéndolo cada vez que pueden”.
Durante una marcha del 13 de abril, fuerzas de seguridad reprimieron a una multitud de manifestantes y Saber fue detenido. Videos y fotos del incidente muestran a los manifestantes chocando con la policía mientras Saber, gritando consignas contra Mubarak, es arrastrado por la calle y despojado de su camisa. Lo llevaron a una comisaría donde, contó, “un oficial ordenó a los policías que me sacaran toda la ropa, también la ropa interior”. Dijo que luego lo golpearon y lo asaltaron sexualmente. ”El oficial dijo que no pararía hasta que you dijera en voz alta: ‘soy puto’. Lo grité para dejarlo conforme y entonces se detuvo”.
Saber fue acusado de alterar el orden y atacar a la policía. Hizo una denuncia judicial contra el ministerio del interior, acusando a los policías de tortura y por el robo de su computadora. Son frecuentes las denuncias por abusos sexuales contra las fuerzas de seguridad egipcias; un video de 2007 que se difundió por Internet mostró a policías violando a un colectivero con un palo.
Un fiscal que entrevistó a Saber en las horas que siguieron a su arresto contó: “Cada parte de su cuerpo parecía golpeada y herida”. El funcionario dijo que el exámen médico ordenado por la policía concluyó que “los moretones y lastimaduras podrían haber ocurrido mientras la policía lo extraía de la protesta más que durante sesiones de ‘tortura’”.
Saber se preguntaba el otro día si ve el mundo del mismo modo en que lo ven un maquinista o el operador de un molino. Protestan juntos, pero luego se deslizan hacia vidas separadas y él se queda a la deriva, inquieto, padre de un hijo que concibió no por amor sino por la necesidad de mantener las apariencias.
“El problema es que muchos activistas, no importa cuán progresistas y abiertos a nuevas ideas aseguren ser, ven a un homosexual como alguien que no tiene la validez requerida para representarlos”, dijo Saber, que ha sido arrestado cinco veces y ha pasado 11 meses preso.
Seguía esperando en el café. Más policías se juntaban afuera. Saber dijo que estudiaba la posibilidad de pedir asilo político en otro país, pero que no quería traicionar todos los años que pasó en la línea de protesta, todos los meses que pasó en la cárcel. Su cuerpo se sacudió. Se secó los ojos; dijo que no importa qué pase, nunca encajará aquí.
Salió a la calle, dobló la esquina hacia los policías antimotines que se juntaban entre las vallas metálicas. Unos doscientos manifestantes entonaban cánticos en reclamo de mejores salarios. Corrió hacia ellos, con su puño al aire. La policía lo vio, pero esta vez Saber logró escapar ileso.





August 26th, 2010 → 3:55 pm @ elpuercoespín
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