Firmenich, de Felipe Celesia y Pablo Waisberg

August 16th, 201010:07 pm @

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Introducción

El líder de Montoneros Mario Eduardo Firmenich carga la impronta de un hombre maldito. Su cara evoca el demonio bifronte. Su aliento despide azufre. Sus manos son garras ensangrentadas. Por donde camina, ya nada crece. Traidor, miserable, cobarde, entregador, cuadrado, elitista, militarista, déspota, cruel. Ningún adjetivo le es ajeno. Firmenich es la bestia negra de la política argentina del siglo XX.

¿Qué hizo para merecer tal condena? Fracasó. Su revolución inconclusa dejó a la organización político-militar que más apoyo tuvo en la Argentina, diezmada y sin amparo. Los errores estratégicos dilapidaron su capital político y desaprovecharon un crecimiento de frentes de masa inusual en el país. Cuando debió hacer política, abrazó las armas y cuando quiso hacer política, ya no había margen.

Firmenich tenía menos de veinticinco años en el cenit del poder montonero y muy poco espacio para equivocarse en un escenario de caníbales. El éxito lo ensoberbeció. Fue producto de una Argentina totalitaria, extrema, y sus aportes también fueron totalitarios y extremos. Cuando tuvo que hablar, calló. Cuando debió callar, habló. Sobrevivió a la represión más cruenta y siempre deberá rendir cuentas por no haber caído, en la lógica de una revolución que sacrificaba todo. De una veintena de jefes montoneros, sólo tres sobrevivieron y él fue el número uno. Símbolo y figura.

Pasada la dictadura que aniquiló a su organización, el alfonsinismo lo erigió en el ícono de la violencia “irracional” de la izquierda y así liberó de culpa y responsabilidad a todo el arco de dirigentes que de un modo u otro, por acción u omisión, fueron actores en la tragedia.

Casi siete años preso no diluyeron las culpas que le asignaron y la condena se reconcentró cuando un gobierno que llegaba para profundizar la política económica de la dictadura le otorgó un indulto que muy pocos creyeron que merecía. Los propios sospecharon una negociación. Los ajenos le cerraron todo espacio de participación. Entonces se blindó en su fe, mística y política; y recreó, para explicarse, las categorías y los protagonistas de una Argentina que ya no existía. Nadie lo entendió ni quiso entenderlo. Su relato era inválido. Convalidar sus razones hubiera supuesto retroceder a una etapa que nadie quería rememorar y mucho menos abrir a juicio.

Intentó volver una y otra vez pero ya era un subproducto residual de la Argentina que se había soñado socialista y se despertó dictatorial, socialdemócrata y neoliberal.

Los méritos y talentos que lo convirtieron en un referente ya no tenían prestigio ni utilidad en la nueva etapa democrática. Quedó entonces anclado en la violencia revolucionaria que, demás está decirlo, había perdido todo efecto y respaldo. El mundo era otro y el fin de la historia se mostraba como la continuación de los vencedores de la guerra fría. Y partió al ostracismo, ya sin espacio público ni para transitar, con su carga de hechos consumados y muertos en la mochila. Sin arrepentimiento ni culpa, sin dinero ni honores.

Muy poco de su leyenda es cierta. No fue miembro de Tacuara. Empuñó las armas y arriesgó su vida como la gran mayoría de los montoneros. No vive como príncipe con el dinero de los secuestros. Nada prueba que se haya encontrado con quien mataba por miles a sus compañeros y subordinados. No hay ninguna certeza de su condición de doble agente.

Con Firmenich se invirtió la carga de la prueba y toda acusación fue declarada cierta por el silencio y la condición antipática y cruel del acusado. Personajes de muy baja catadura lo señalaron con el dedo y les creyeron. Las operaciones de propaganda, el escarnio fácil de los medios y la condena en abstracto de la violencia, hicieron el resto y prefiguraron el personaje más odiado.

El relato sobre Firmenich sufrió la misma maldición que cayó sobre el personaje. Al menos cuatro proyectos de periodistas con experiencia editorial quedaron truncos. Algunos se desanimaron por la dificultad de asir a un personaje tan oscuro y rechazado. Otros buscaron su colaboración como condición de posibilidad y no la obtuvieron. Él mismo firmó un contrato para una autobiografía que nunca se decidió a publicar.

El comandante montonero supone que no es posible escribir un libro sobre su vida que se ajuste a la verdad. Por lo tanto, no participa e impide hasta donde puede. Firmenich vive atado a las teorías conspirativas y supone que detrás de cualquier narración que lo tome como protagonista se esconde alguna intención política. También apela al principio de autoridad cuando afirma que el único que podría haber escrito la “verdadera historia” de la organización –por extensión, la suya– es Rodolfo Walsh, pero Walsh está desaparecido.

Su padre cree que lo dejaron vivo para no convertirlo en “otro Che Guevara” y él abona la misma teoría cuando evalúa que contar su vida es como matarlo pero sin pagar el costo de hacerlo. El jefe montonero vive todavía en su complicada fantasía personal. Pero quizás esa desconfianza desmesurada haya sido la que lo mantuvo vivo. Tan vivo como aislado.

Firmenich prefería las actividades físicas en su adolescencia aunque también disfrutaba de las batallas mentales del ajedrez. En su juventud estudió lo que le permitió la disputa política –armada o no– y más tarde se graduó en Economía. Los que lo critican dicen que no tiene estatura intelectual, pero su pensamiento político, su mirada sobre la Argentina y su historia son tan respetables como los de cualquier dirigente que haya intervenido en la cosa pública. Y a menudo –reconocen unos pocos– es mejor. Pero no está bien acordar o debatir con una “bestia”, en la más amplia acepción del término.

Descalificarlo fue una manera de ignorarlo, pero con el alto costo de retacear elementos de análisis a un proceso histórico que aún destella y en el que Firmenich fue un emergente importante, más allá de los héroes cuyo bronce se lustra de boca en boca, entre militantes, dirigentes y simpatizantes de la época.

Montoneros tuvo períodos de mayor y de menor debate interno. Su calidad de organización democrática siempre fue puesta en duda. Si no fue democrática tal vez sea porque tampoco lo fueron el peronismo ni las prácticas del resto de las instituciones en la Argentina de mitad del siglo pasado en adelante. ¿Cuál es la calidad democrática de una sociedad en la cual todos tienen los mismos derechos pero sólo algunos pueden ejercerlos?

En Montoneros, el peso del jefe era fuerte: mandaba y casi nadie cuestionaba su autoridad. Conducir se entendía, en una parte de la izquierda revolucionaria, como un rol, entre tantos, de un proyecto colectivo superador que rectificaría las desviaciones una vez consolidado. Allí está la razón de por qué Montoneros no se volcó a ocupar espacios en las primeras líneas del Poder Ejecutivo y en el Legislativo cuando Cámpora llegó al poder avalado por Perón y empujado por ellos. La política pasaba por otro lado, por las masas y la lucha armada. Matar por la causa era legítimo para amplios sectores de la población, hoy ya no.

En medio, sí hubo ambiciones personales y proyectos contrapuestos en disputa como en cualquier espacio político. Los errores de la conducción se purgaron internamente con las rupturas y juicios públicos aunque, como siempre, las fugas se dieron cuando el barco se hundía.

Este libro no toma la agenda de los enemigos de Firmenich ni tampoco la de sus admiradores. Esta decisión no supone situarnos en una objetividad que no nos interesa –tampoco es posible, la decisión de dónde pararse para mirar es subjetiva– sino porque ambos relatos, la exaltación o la condena, dejarían fuera la dimensión, a la vez complementaria y contradictoria, que tiene toda vida.

Los autores

Buenos Aires, abril de 2010

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1948-1960

—¿Don Firmenich…? Ah, pero muchísimo gusto, soy el león Fernández y le doy la bienvenida a nuestra humilde sede. ¿Este es el escritor laureado?

El león Fernández no espera la respuesta y tiende ceremoniosamente la mano al niño que no entiende bien eso del apretón y sostiene la mano del león amigo unos segundos, como para no contrariar. El león Fernández vuelve sobre el padre de la criatura: “Nos alegramos sinceramente, ingeniero, y además porque usted es un hombre del barrio, ligado a la comunidad, un padre de familia…”

Mario lleva puesto un trajecito que fue de su hermano Claudio, que le tira un poco en la espalda, y los mismos zapatos con los que tomó la primera comunión. Es su noche pero los hombres que circulan no parecen saberlo. La mayoría lo ignora, aunque uno gordo y pelado (león Nieto, se presenta) lo felicita por el trabajo y le apunta que debe mejorar la letra. “Es horrible, no se entiende”, lo reprende.

La cena dura poco y nadie le dirige la palabra. El paté de la entrada no le gustó y el osobuco menos. Para colmo no hay ni Bidú ni Coca, sólo agua de la canilla y vino. Pero lo peor es cuando se levanta el león Fernández y lo señala delante de todos y dice que es “un ejemplo” para los niños de su edad y que le gustó mucho su composición tema “La paz es posible”.

“El leonismo argentino, en su capítulo del oeste bonaerense, alienta los valores de una niñez sana y con esperanza y por eso entrega hoy al joven Mario Eduardo Firmenich un diploma que acredita que ha ganado el concurso de ensayos sobre la paz mundial que tanta falta hace”, dice el león y sigue dirigiéndose a Firmenich padre, que agradece con la cabeza, satisfecho. Los aplausos languidecen y Mario piensa que ya falta menos para irse.[1]

***

Los comienzos en Floresta

El caserón de Floresta albergaba a varias familias pero dos de ellas, los Firmenich y los Sagreras, se emparentarían en uniones casi escandalosas: dos varones y una mujer de los Sagreras se casaron con dos mujeres y un varón de los Firmenich.

Una de esas parejas, integrada por Víctor Enrique Firmenich y Zarina Elvira Sagreras, formalizaría en enero del ’45 y poco después se marcharía al Chaco, para que el joven, dedicado a la topografía, y su reciente mujer encontraran un lugar en aquella Argentina que ya se consolidaba peronista. Víctor tenía 26 años y Zarina 22.

Los comienzos fueron duros pero auspiciosos. Víctor hacía trabajos de agrimensura y Zarina enseñaba en un colegio primario. Con el amor, llegó el primer embarazo, y la pareja decidió el retorno a Buenos Aires para que Zarina diera a luz con tranquilidad y todas las garantías.

El primogénito llegó pero, con él, el primer trance duro que debió enfrentar el matrimonio Firmenich-Sagreras: el chiquitín tenía síndrome de Down, o como se decía en aquella época, “era mogólico”. Zarina recordaría desde entonces aquella primera experiencia materna como “fea” y “dolorosa”.

“Murió a los dos meses y medio, para suerte de la familia y de él”, contó Zarina Elvira, que se repondría del impacto de aquel trauma inaugural y tendría otros cinco hijos. La señora Firmenich daría a luz a partir de entonces con la premura inevitable, aún en la camilla de parto, de saber si eran “sanos”.[2]

Así fue. Claudio Alejo llegó al mundo el 21 de octubre de 1946. Menos de dos años después, el 24 de enero de 1948, nació Mario Eduardo Firmenich, en el caserón de Floresta donde se habían conocido sus padres.

Los recuerdos de Mario de Floresta no deben ser muchos. Cuando él tenía cuatro años, los esfuerzos en la agrimensura y la docencia de sus padres rindieron sus frutos y pudieron comprarse una casa en la localidad de Villa Sarmiento, en el municipio de La Matanza, en el oeste del Gran Buenos Aires.

El barrio era incipiente pero prometedor, formado por casitas modestas pero dignas para trabajadores, cuentapropistas y comerciantes de clase media con perspectiva de progreso. La identidad política local era mayormente peronista pero había algunos radicales. Allí, en una cotidianidad que no tenía el ritmo porteño de Floresta, Mario vivió su infancia y su adolescencia. “Fueron años muy dichosos”, rememoró Zarina años después.[3]

“Se crió en los potreros de Ramos Mejía –recuerda su amigo Tato– y eso hacía que tuviera cuarenta y cinco veces más calle que nosotros”. La vida en el oeste del conurbano no era marginal pero sí física y sin demasiadas consideraciones. Cada cual hacía y sufría lo que debía, y Mario se ajustó a esta regla muy naturalmente, por convicción y por temperamento.

Su madre aclara que por aquel entonces “nosotros éramos padres abocados a trabajar y a que no les falte nada a los hijos, a llegar a fin de mes, que a veces llegábamos más que raspando”. Padres abocados a trabajar y a hacer familia: el 14 de febrero de 1951 nació Guillermo y unos años después, el 31 de mayo del ’55, Beatriz Marcela; completando la prole, el 22 de julio del ’63, Augusto.

***

El compromiso

Mario era lo que genéricamente se denomina un “buen hijo”. Participaba de la vida familiar, daba una mano en lo doméstico, hacía caso… Tato menciona que “estaba muy integrado a la familia: ayudaba a los padres con los hermanos más chicos. Era un tipo modelo”. También se tomaba sus libertades y andaba suelto por el barrio, jugando al fútbol o pasando el tiempo con sus amigos.

Sin embargo, ya asomaba un indicio de compromiso con lo público, con la política en definitiva. La oportunidad llegaría a través de una sociedad de intereses mutuos bastante particular, con himno y código ético: el Club de Leones. El leonismo era ya entonces una práctica global, de origen norteamericano, que agrupaba a comerciantes, empresarios y emprendedores que buscaban influir en sus comunidades. Con ese objetivo, el Club de Leones de Ramos Mejía organizó un concurso de ensayos cuyo tema fue “la paz es posible”. La convocatoria interesó al joven Firmenich, ya un católico convencido y devoto.

Sin decirles nada a sus padres presentó su trabajo y, para sorpresa de toda la familia y los vecinos, ganó. Don Víctor lo acompañó orgulloso a la cena de honor que le brindaron los leones al prometedor ensayista, mientras Zarina se tuvo que conformar con felicitarlo en casa: por aquella época, no se aceptaban leonas en las reuniones.

Parte de aquel logro literario se lo debe a la educación pública. Mario fue alumno y egresó de la entonces Escuela Nacional Nº 65. Allí también tuvo su primer contacto con el peronismo como cultura y opción política. La imagen mítica de Perón en los libros de lectura, en esos cuadernos de texto que para el escolar representan el poder, calaba hondo en esa generación que se escolarizaba. La imagen del poder tenía la cara de Perón.

El 16 de junio de 1955, a los 7 años, Mario vio entrar a su padre con el rostro desencajado por el horror de los cuerpos destrozados por las bombas y la metralla de la Marina en Plaza de Mayo. “Yo fui testigo de la masacre. Trabajaba en la Municipalidad de Buenos Aires y estaba en Plaza de Mayo cuando cayeron las primeras bombas”, recuerda Firmenich padre.[4]

Víctor también explica que, dentro de esa marca de época que daba la cultura obrera peronista a mediados de los ’50, Mario esbozaba una teoría colectivista de la producción y el reparto de las ganancias. “Tenía un sentido especial de la justicia. Decía que todo el mundo tenía que trabajar y que después cada uno pasaba por un lugar, agarraba su comida y la llevaba para su casa. Tenía de chico ese sentido de justicia distributiva”, dice con algo de melancolía por aquella infancia perdida.

Los padres de Mario también tenían un sentido particular de la justicia. Cada tanto, dice Zarina, “se armaban unas trifulcas gordas” entre Claudio y Mario y, como todos los chicos, buscaban que los mayores arbitraran en el conflicto.

“Cuando venían yo les decía ‘bueno, se ponen de acuerdo, si no se ponen de acuerdo, cobran los dos’ y que ninguno viniera a acusar al hermano”, sentencia el padre de familia. Don Víctor era un católico tradicional y no le gustaban los aires renovadores en la Iglesia que ya se insinuaban en algunas prácticas; pero era amplio en las libertades que concedía al prójimo, pero eso sí, con límites.

Tenía algo germano en su carácter y se explicaba en la línea de descendencia paterna. Los abuelos de don Víctor, Guillermo Firmenich y Gertrudis Hahnenberg, eran originarios de la Renania alemana. Guillermo era un comerciante de Seetheim y Gertrudis, de Colonia. Hugo, el padre de Víctor, fue el cuarto hijo de la pareja y nació el 20 de septiembre de 1886, en Buenos Aires, según marca la fe de bautismo que atesora Don Víctor. Mario siempre estuvo orgulloso de su origen alemán y desde pequeño pretendió que pronunciaran su apellido correctamente: Fírmenij, aunque ésta sería una empresa vana. La “ch” final siempre acompañó su nombre de familia.

El abuelo materno de Mario nació también en el siglo XIX, en 1879, pero en la Argentina. Desde edad muy temprana, la vocación de Julio Sagreras fue la música. A los doce años ya animaba con éxito los salones porteños acompañado por su guitarra y a los veinte enseñaba a discípulos en la Academia de Bellas Artes. A su muerte dejó más de un centenar de piezas para guitarra, conciertos memorables y cuadernos didácticos del instrumento que serían muy utilizados, en particular los de la serie “Técnica superior”. Algunos melómanos de la época sostenían que era la mayor guitarra de Latinoamérica.

En el hogar paterno todo cambió cuando Víctor se recibió de ingeniero y comenzó a trabajar en el área de caminos. Con ese progreso, los Firmenich y sus cinco hijos se mudaron a Rivadavia 14654, primero C, a cinco cuadras de la estación Ramos Mejía. Era un departamento muy cómodo que se veía desde el tren.

Pero fue en la casa de Villa Sarmiento donde Mario preparó el ingreso al Colegio Nacional de Buenos Aires durante todo 1960. A pesar de haber egresado de una escuela primaria de provincia, de no estar rodeado de estímulos académicos y de que sus padres no fueran precisamente intelectuales, Mario entró al tradicional colegio considerado formador de elites, y ese detalle marcaría el resto de su vida.


[1] Entrevista con Víctor y Zarina Firmenich. / [2] Gente, nº 970, 23 de febrero de 1984, p. 15. / [3] Ibídem./ [4] Jorge Capsiski, “Hablan los padres de Mario Firmenich”, Siete Días, 7 de julio de 1984.

Felipe Celesia (Buenos Aires,1973) estudió filosofía en la Universidad Nacional de Mar del Plata y en la Universidad de Buenos Aires. Trabajó como periodista en los diarios La Capital de Mar del Plata y La Prensa, en las agencias Noticias Argentinas y Télam, y colaboró con los diarios Perfil y Miradas al Sur. Es acreditado en la sala de periodistas de Casa de Gobierno. En 1996 ganó el Premio Municipal de Literatura de Mar del Plata con un ensayo y en 1999 obtuvo el tercer premio del Concurso Nacional de Ensayos “José Hernández”, organizado por el Senado de la Nación. Contacto: felipe@celesia.com.ar

Pablo Waisberg (Buenos Aires, 1974) es licenciado en Periodismo y docente de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora. Colaboró en las revistas Newsweek, Popoli (Milán, Italia) y Veintitrés. Fue redactor, acreditado ante el Congreso de la Nación y editor de la sección Política de la agencia Noticias Argentinas, y trabajó en la sección Economía de la agencia Télam. Fue corresponsal de Latinamerica Press/Noticias Aliadas (Lima, Perú). Es subeditor de la sección Economía del diario Buenos Aires Económico y colabora en Miradas al Sur, Tiempo Argentino y Sudestada. Contacto: pwaisberg@gmail.com

Firmenich es el segundo libro que escriben en colaboración. El anterior fue La Ley y las Armas. Biografía de Rodolfo Ortega Peña (Aguilar, 2007).

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