Travis, alrededor de la jaula

August 7th, 20102:43 pm @

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Travis nació en una jaula de Missouri. A los tres días, fue adoptado por Sandra y Jerome Herold, de Stamford, Connecticut. Como miembro de la familia Herold, Travis se cepillaba los dientes, se vestía, regaba las  plantas, alimentaba los caballos, viajaba al centro en uno de los remolcadores de la compañía Herold, buscaba fotos en la computadora, veía baseball por televisión.

Gozó de sus quince minutos de fama: actuó en comerciales de Old Navy y Coca Cola, y en un par de programas de televisión. Un proyectado show en el que aparecía con Michael Moore y Sheryl Crowe no pasó del piloto.

Jerome sucumbió ante el cáncer en 2004. Su hijo, murió en un accidente. La madre de Travis había  sido muerta a tiros en 2001 en una fuga. Sandra y Travis quedaron solos. Se bañaban y dormían juntos.

La liberal ciudad de Stamford  jamás discriminó a Travis. Cuando, en octubre de 2003, un joven arrojó un objeto contra el automóvil de los Herold y Travis lo persiguió por el centro, y la policía intentó detener a Travis y acabó huyendo de él, la legislatura de Connecticut aprobó una ley anti-Travis que prohibía poseer primates de más de 50 libras de peso como mascotas (Travis pesaba 200), pero el Departamento de Protección Ambiental se negó a intervenir en la casa de los Herold. Travis, argumentó, no era una amenaza para la salud pública.

Casi seis años pasaron. Sandra ya había cumplido 70; Travis, a los 14, sufría la enfermedad de Lyme, pero aún era vigoroso. Para calmar sus ansias, Sandra le suministraba calmantes.  El 16 de febrero de 2009, Travis escapó de la casa con las llaves del auto.  Sandra no podía perseguirlo sola. Su amiga Charla Nash, de 55, lo persiguió con ella.

Travis conocía a Charla. ¿O tal vez no, porque Charla había ido a la peluquería? Saltó sobre ella y le arrancó las manos, los ojos, la nariz, los labios y algunos huesos de la cara. Sandra intentó detenerlo, pegándole con una pala. Era como pegar a una pared.  Buscó un cuchillo de carnicero y lo hundió hasta el mango en Travis.

“Hacer algo así, clavarle un cuchillo, era como clavármelo a mí misma” -diría Sandra más tarde-. Travis giró hacia ella y la miró, como diciendo: “Mamá, ¿qué hiciste?”. Luego, se enfureció más.

Sandra llamó al 911. Los paramédicos se negaron a entrar en la casa hasta que llegara la policía. Travis intentó subirse a la patrulla. La puerta de pasajeros estaba cerrada y no logró romper la ventanilla. Cuando dio la vuelta para abrir la puerta del conductor, el oficial Frank Chiafari le disparó hasta vaciar su cargador.

Travis volvió a la casa y buscó su jaula. Allí murió.

Hubo debates, parodias, proclamas. Connecticut prohibió la posesión de chipancés, gorilas y lémures como mascotas. Aunque el legislador Rob Bishop argumentó que la ley costaría cuatro millones de dólares al año sin prevenir realmente ataques que, por otro lado, eran excepcionales, la ley fue aprobada por 323 votos contra 95, con el apoyo del New York Times,Newsday, la Humane Society y la Wildlife Conservation Society. Se excluyó a los monos entrenados para ayudar a cuadriplégicos.

Debido a otro retraso en la legislación, el policía que mató a Travis, el oficial Frank Ciafari, no pudo recibir ayuda terapéutica para su depresión y ansiedad. Un año más tarde, se propuso una ley para compensar a quienes hubieran sufrido daño mental o emocional después de ultimar a un animal que representara una amenaza mortal.

Después de siete horas de trabajo, los cirujanos pegaron de nuevo la mandíbula de Charla Nash. Los médicos se han negado, hasta ahora, a someterla a un transplante de cara y manos. Quedó ciega para siempre. Su familia demandó a Sandra por 50 millones de dólares.

Sandra murió de un aneurisma el 25 de mayo de 2010. Su abogado, Robert Golger, leyó el siguiente comunicado: “Ms. Herold había sufrido una serie de devastadoras pérdidas en los últimos años, empezando con la muerte de su único hijo, luego la de su marido, después de la su querido chimpancé Travis, así como la trágica mutilación de su amiga y empleada Charla Nash. Al final, su corazón, que había sido roto tantas veces antes, no pudo más”.

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