La culpa del traidor, por Adrián Leftwich

August 7th, 20102:40 pm @

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En julio de 1964, cuando tenía veinticuatro años de edad, mi vida en Sudáfrica tocó a su fin.

Los acontecimientos que condujeron a ello fueron por completo hechura mía. A nadie más pudo culparse. Fui yo quien se precipitó al abismo que se abrió entre mis posibilidades y mis límites, entre mis saberes y lo que de mí mismo ignoraba, entre mis fantasías y mis capacidades. Lo ocurrido no transcurrió en privado sino públicamente, a la vista de todos quienes me conocían. Aquellos sucesos hicieron añicos un patrón de vida que, hasta aquel momento, había sido activo, prometedor y comprometido.

Por razones que todavía no alcanzo a comprender por completo, intenté hacer cosas que estaban lejos de mi alcance y fracasé. Intenté cambiar el mundo que me rodeaba, pero en el proceso destruí el mío propio y traicioné a mis amigos y compañeros. Dañé la causa en que creía y por la que había trabajado. La mayoría de la gente que hasta entonces me había respetado y se había fiado de mí, me consideraba ahora con desprecio.

Otras personas, en el gobierno y los servicios de seguridad, que habían llegado a ver en mí a un extremista de cuidado, estaban ahora al tanto de mi fractura; sabían a ciencia cierta que estaba acabado. Cuando, seis meses más tarde, abandoné el país, nada quedaba de la vida que había llevado hasta comienzos de aquel año.

Me ha tomado un largo tiempo poder contemplar lo que ocurrió e intentar tener algún trato con ello. Pero ahora que esa obscenidad que fue el apartheid oficial ha sido formalmente enterrada quizás haya llegado la hora de hacerlo. Lo que sigue es no sólo un ensayo acerca de la política del miedo en lo personal; es también un ensayo en torno a la política del fracaso y la traición.

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