Dorothy Parvaz nació en Irán de madre norteamericana. Vivió allí hasta los diez años, en Dubai otro cuatro, luego en Canadá y los Estados Unidos, y hoy, con tres pasaportes, se acaba de mudar de Londres a Luxemburgo, donde se considera de paso. Este es su relato personal sobre la experiencia nómade:
Si te interesa poner incómodo a alguien que acabás de conocer que te pregunta de dónde sos, contestá con un “Ah, quién sabe”, y encogete de hombros con desdén. En ciertos círculos, esto causa el mismo efecto que decir que tu plato favorito son los bebés con poca sal.
Es una cuestión central: ¿Demócrata o republicana? ¿A favor o en contra de los derechos de los gays? ¿Boston o Buenos Aires?
Si: ofrecer una respuesta vaga cuando te preguntan de dónde sos pone inmediatamente en guardia a algunas personas. Pese a que vivimos en un mundo que muchos hemos cruzado de un lado al otro varias veces, mucho de nuestra identidad, de nuestra estabilidad, parece atada al lugar del que somos. Tener una referencia clara en el mapa, de algún modo, da prueba de tu carácter: si un grupo de personas en una ciudad o en un pueblo te han conocido durante toda tu vida, entonces debés ser alguien confiable, de calidad. Quienes piensan así no son del tipo que te dejarían definirte, digamos, por tu trabajo. Necesitan más. En mi experiencia, aquellos que exigen una percha geográfica de la que colgar a una persona o han estado quietos en un mismo lugar durante todas sus vidas, o pertenecen a familias de una única etnia o cultura, o tal vez simplemente le dan preferencia a la identidad cultural o étnica de un padre por sobre la del otro. Y, supongo, está bien que así esa.
No saber de dónde sos no es un problema tan grande en los Estados Unidos, un país de inmigrantes, en el que decir, simplemente, “soy americano”, es respuesta suficiente, sin importar con qué acento lo digas y cuán recientemente adquiriste esta síntesis de identidad nacional. Si no, pregúntenle a Arnold Schwarzenegger. Pero no es así en Inglaterra. En Inglaterra, no hay modo de que Arnold pase por británico.
Así es: te aseguro que pese a la presencia de una activa población inmigrante, decirle a un británico, especialmente si es de una generación de cierta edad, que no sabés de dónde sos, provoca como reacción un “¿Y eso qué significa?” Ante la ausencia de un pueblo de origen, la gente sigue buscando una caja en la que meterte: dales una religión, una tribu, algo –pero no los dejes sin nada.
Probablemente estoy entre las que piensan demasiado en estas cosas, pero al tener nacionalidades múltiples y más direcciones anteriores que el vagabundo promedio, francamente ya no sé de dónde soy, y éste es el rasgo habitual del inmigrante perpetuo. Culturalmente, soy iraní, pero hace muchos años que no vivo en Irán. Tres miembros de mi familia viven en Canadá, donde me eduqué. Hace años que tampoco vivo allí.
No he tenido una dirección permanente en un par de años; en lo que concierne al mundo de los formularios burocráticos, la única cosa que me ata a la realidad es un apartado postal en Seattle. Sin él, soy una nulidad comercial.
Tal vez no sea tan inusual, no lo sé, pero la pura aritmética de mis traslados es embarazosa.
Mi madre estaba embarazada de mi cuando ella, mi padre y mi hermano se mudaron de los Estados Unidos al país natal de mi padre, Irán, en 1971. Así que es posible que mi mentalidad de inmigrante se haya desarrollado en el vientre materno. Nos mudamos de nuevo antes de que yo comenzara a caminar, y, como suele ocurrir a los hijos de padres divorciados, antes de cumplir 10 años me había mudado otras cuatro veces. Hubo cinco mudanzas más en tres países antes de que completara el secundario, y la siguiente década, que abarcó mis años de universidad, un año que no hice nada, una maestría y varias pasantías, es una mancha borrosa de cajas y formularios de cambio de domicilio.
Aun cuando me quedo quieta, me estoy mudando. Por ejemplo, viví nueve años en Seattle. En ese período viví en ocho departamentos, lo que me sorprende a mi misma, teniendo en cuenta que tenía un trabajo fijo, no era prófuga de la justicia y no debía dinero a la mafia. En este último año solamente, he tenido tres direcciones diferentes. Hubo una buena razón detrás de cada mudanza, cada una de las cuales fue ejecutada con precisión militar –no soy ninguna mudadora improvisada.
Sin embargo, no tengo un particular fetiche por las mudanzas. No soy de las que se entusiasman por un departamento nuevo, vecinos nuevos (casi nunca llego a conocerlos), cosas nuevas, como esos tontos con los ojos abiertos como pasteles que se babean por cepillos y alfombras de baño en las tiendas de artículos para el hogar. Esa no es mi clase de gente. Mi gente –los nómades perpetuos—nos mudamos porque buscamos algo. No un departamento más grande con terraza, no un barrio con mejores restaurantes o más lugar para estacionar.
Por razones que nos eluden, seguimos cambiando de dirección y complicando nuestras identidades, porque nunca estamos en casa, aún cuando técnicamente lo estamos.
Cualquier inmigrante puede decírtelo: la mayor mudanza es la del primer lugar que pensaste como tu casa –tu familia extensiva, el lugar de tu idioma y tu comida, tu primer grupo de amigos de la escuela. Después de todo, no estás dejando atrás solamente, digamos, un aula llena de libros llenos de propaganda en un país arrasado por la guerra y con sombrías perspectivas de futuro. Estás dejando atrás calles conocidas en las que aprendiste a andar en bicicleta, la abuela que perfumaba tu almohada con pimpollos frescos de jazmín y lo que sentías cuando toda tu familia se reunía para una cena improvisada.
Comparada con esa mudanza, las demás son pan comido.
Algunos lo logran: se reubican, se asimilan, echan raíces nuevas, se jubilan, gordos, grises y satisfechos.
Los demás estamos fracturados, alegremente empujando cuesta arriba nuestro peñasco de posesiones terrenales –símbolos artificiales de constancia—sólo para verlo despeñarse cuesta abajo y comenzar otra vez desde cero. Es cansador, pero no es difícil. Tal vez rompas algunas tazas, pierdas un libro –y el sueño- por aquí y por allá.
Dejar departamentos en ciudades, en países, que nunca fueron realmente tu casa, es un problema de logística. Lo personal (decirle adiós a la gente que te cae bien) y lo impersonal (pagar tus cuentas, editar tu lista de artículos que meter en la valija) se vuelven automáticos. Como decirle a un extraño que no sabés de dónde sos.
Tal vez un día romperé ambos hábitos. Hasta entonces, seré el invitado sentado al lado tuyo, sin una respuesta preparada para cuando me preguntes de dónde soy. Dejalo pasar y alcanzame el vino.




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1 año atrás
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