El monstruo que nace en mi cabeza, por Shila Alvarado

July 24th, 201011:07 pm @

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Sheila Alvarado, quien a veces prefiere firmar como Shila Alvarado, es artista plástica y diseñadora. Basada en Lima, Perú, es editora asociada de la revista Etiqueta Negra y directora de arte de la editorial Recreo. Comenzó ilustrando libros y tapas de libros para niños, luego páginas de revistas y de diarios. Ilustra la columna semanal de sexo del diario Perú 21. Su primer libro de cuentos para niños, que dibujó y escribió, se llama Pelilargo.  Su más reciente libro, la novela gráfica Ciudad de Payasos, en colaboración con el escritor Daniel Alarcón, será presentado en la Feria del Libro de Lima esta semana (el 31 de julio de 2010).

Shila tiene una cabellera larguísima, que utiliza como materia prima.

Dice Shila:

Noventa y cuatro centímetros.

Cubo con tres imágenes hechas en grabado e intervenidas con cabello

Eso mide el monstruo que nace en mi cabeza, cae por mis hombros y cosquillea mis muslos al caminar, esa mata de pelo que suelo trenzar cuando voy a una fiesta pues, de dejarlo suelto, todo el que se me acerque demasiado correrá el riesgo de quedar enredado.

Los botones y los aretes son su perdición. Los encuentro al llegar a mi casa colgando de él como adornos en un árbol de Navidad.

Con el tiempo me he acostumbrado a sus manías: por las noches se me escurre entre las almohadas como un animal que me ronda, si está de mal humor se enreda en mi cuello, y si quiere molestar amenaza con abandonarme pero cae por el borde de la cama, toca el piso y no se va.

Con el pasar del tiempo le he encontrado diversos usos, algunos prácticos, algunos graciosos y otros realmente inverosímiles. Hoy veo mi cabello como una materia prima: tengo trabajos de bordado, grabados y hasta libros amarrados con él. Por eso mi larga cabellera es también una inversión.

Cuento hecho con serigrafía amarrado con mechones de cabello.

Una vez, en Manhattan, un chico cubano me detuvo en la calle y me ofreció un reacondicionamiento, un corte de pelo y 400 dólares a cambio de que entrara en su peluquería y se quedara con él. Da lo mismo en Lima, Nueva York o Madrid, el cabello largo tiene un precio, y si es virgen –es decir, nunca antes teñido–, mejor. Y si no tomas, no fumas y eres vegetariana, el precio sube aún más. Hasta hay páginas donde puedes venderlo y comprarlo. Sabe Dios qué harán con él.

El último ofrecimiento que tuve fue de 1000 euros. No lo vendí, pero puedo llenar un vaso de agua si lo exprimo al salir de la ducha, peinarme como Frida Khalo, llevar una docena de colores cuando lo tengo en moño y disfrazarme del tío Cosa cuando quiero.

Por eso mi cabello se ha vuelto un ser engreído, demandante y cleptómano, sabe lo que vale y sabe que lo quiero. Ahora debo trenzarlo cuando voy a una fiesta, ahora debo mantenerlo lejos de los botones y de los aretes, ahora debo sujetarlo si es que voy a una oficina por temor a ser tomada como una ladrona de clips, post-it y tapas de lapiceros, ahora debo llevarlo al frente y muy sujeto cada vez que tomamos una escalera eléctrica, pasamos frente a un ventilador, subimos a un ascensor o entramos en un carro.

Pentagrama hecho con agujas y cabello

Y, sin embargo, no podría vivir si él: se ha metido en mi trabajo, en la forma en la que dibujo los árboles, el mar, el cielo, las nubes.

He bordado frases con él: no llores, no sueñes, no duermas, sobre sábanas y almohadas.

Y aprendí en el camino que con un solo cabello me basta para escribir 5 palabras: No llores en voz alta.

He amarrado alguno de mis cuentos, bordado un monstruo sobre papel y construido un pentagrama con agujas y pompones de cabellos como notas musicales para participar en un concurso.

Se ha convertido en una forma de medir el tiempo: “La última vez que te vi, tenías el cabello hasta aquí”, suelen decir mis amigos, porque el tiempo en centímetros, creo, duele menos que en años. Es mi chalina de repuesto. Es mi látigo personal. Y es el rastro inconfundible que dejo tras abandonar un lugar.

Por eso, si encuentras un cabello tan largo que tienes que abrir tus dos brazos para extenderlo, seguramente es mío.

Más sobre Shila, aquí y aquí.

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