Cada despedida, de Mariana Dimópulos

July 23rd, 20101:12 am @

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Es una y otra vez lo mismo, sin pudor y sin fatiga. No importa si a la mañana o a la noche. Si en invierno o en verano. Si la casa es cómoda, si alguien viene a recibirme. Llego, y quisiera quedarme, y me voy.

En las primeras épocas, cuando apenas nos cono­cíamos y nos saludábamos de lejos, y fingiendo indife­rencia nos sentábamos en la misma mesa a tomar algún café, a Alexander le gustaba reírse de mis costumbres, y gastaba tardes enteras en burlarse, amablemente, de mí. Le parecía gracioso que me hubiera mudado tres veces de habitación en el poco tiempo que llevaba en Heidelberg, y cuatro veces de ciudad en lo que iba del año. Me veía, me decía, espléndida para tantos trajines. Alexander hablaba un castellano lento, como de terciopelo. Pero yo no era espléndida, ni lo había sido nunca.

Tampoco Julia, en nuestra casa de Berlín, si nos que­dábamos hablando por la noche mientras escuchábamos respirar a Kolya en sus sueños infantiles, quería creerme que para ese momento yo había pasado por once traba­jos sin contar el del bar donde nos habíamos conocido.

“¿Fuiste panadera, ascensorista? Habiendo tan pocos ascensores en este país”, se burlaba ella a su turno.

Malgastábamos como dos amantes esas horas de inti­midad que le robábamos a la cena, al libro o al televisor, porque ninguna quería cocinar si Kolya ya había comido y había ocasión de ir mordiendo, sin sentarnos, un pan o una fruta mientras ella me hablaba y me cuestionaba, y quizá limpiaba un poco la mesada, insistiendo, ale­gando que debía haber razones. Después de un minuto de silencio volvía a provocarme, y lograba finalmente que le soltase su frase preferida.

“Vamos a dormir”, concluía yo cada noche. “Odio la interioridad.”

Acordábamos no volver a malgastar así el tiempo, y acostarnos la próxima vez más temprano. “¿Panadera y qué más?”, me pinchaba con una risita, y yo le repetía la canción de siempre: repositora de vasos, clasificadora de re­puestos, asistente de confitería, de verdulería, del desayuno, y en un susurro completaba de mala gana el resto de mi peregrinaje. “¿Eso es todo?”, se mofaba Julia. Hablába­mos de sus pacientes, de males y enfermedades, hasta que nos dolían las rodillas y los pies. “Ya vas a cansarte de dar vueltas”, me decía. Pero eso era falso. No había que cansarse, había que llegar.

Y después de todos los viajes, los años perdidos y ganados y vueltos a perder, después de haber hundido y sacado mil veces la mano del caldo crudo, que al parecer nunca se cuece, de mi persona, cuando había encontrado al fin un hombre y lo había amado, me lla­maron para que viera cómo acababa la historia: el living ensangrentado hasta las paredes, el desorden, el hacha echada. ¿Qué iba a decir yo? Me arranqué una lágrima y se la entregué, pero no la quisieron. Querían palabras graves y explicaciones. Les admití que lo había amado y que lo había conocido un año atrás. Que no lo había matado. Todo eso era verdadero.

Ahora es fácil decirlo: si no me hubiera ido, si no hu­biera regresado. Cuando le dije a mi padre que me iba de viaje, con sólo veintitrés años, él ya había cumplido los setenta y había abdicado de muchas cosas, pero no de mí. Me respondió que no lo hiciera, que lo dejaba solo, que habría de arrepentirme. ¿No había querido yo ser bióloga, esposa, madre? Había querido, sí, era probable. Pero ya estaba viejísima a los veintitrés años. Y hacía demasiado tiempo que me creía incapaz de dormir en una cama, sentarme en una silla, y habitar una habitación.

“No hay problema”, me decía Alexander, sorbiendo su café de la taza blanca, “cuando levantes la maleta y veas que no tiene sentido, vuelves a apoyarla, la desarmas y acomodas la ropa en el armario. Después buscas un pa­pel y apuntas todos los motivos para no marcharte. Los lees dos, tres, cuatro veces. Los aprendes de memoria. Y ya está. Ya no te has ido.” Pero llegado el momento yo nunca sabía cuáles podían ser las razones para quedarme en esa casa o en aquella ciudad, si me dolía desde tanto la cabeza, o el estómago, y los ojos durante el insomnio de la noche, y los zapatos cuando el día.

¿Quería una razón para quedarme en Heidelberg?

“Yo mismo, por ejemplo,” decía Alexander.

Y al principio yo también lo creía posible, e imagi­naba que él sería motivo suficiente, imaginaba una casa compartida, la complicidad bajo las sábanas cuando en acuerdo silencioso evitásemos el amor. Entonces Alema­nia se volvía un destino, y todo lo azaroso era pronto necesario. No me costaban esas imaginaciones. Y en secreto, en ellas, a veces me solazaba como un polizón, porque sabía que nunca serían verdad.

Lo cierto es que dejé a mi padre al cuidado de mis hermanos mayores, que alguna vez lo visitaban pero no muy seguido, no del todo ni cuando hacía falta. Pero ellos tenían familias y grandes obligaciones tras las que ampararse mientras que yo sólo podía decir, si quería evitarlo y si me preguntaban: no puedo, no puedo, me voy. Así fue que hice las valijas y con un dinero que alcanzaba pero no abundaba me compré un pasaje y, sin mediar más que veinticuatro horas, me tomé el avión en Ezeiza.

“¿Cuándo volvés?”

“Pronto.”

La despedida no fue gran cosa; es bueno que los hombres no lloren. Más que triste, mi padre estaba enojado la última vez que lo vi. Después hice lo que los jóvenes en Madrid cuando llegan y son latinoame­ricanos y no han venido para alimentar a nadie al otro lado del océano: jugué durante un tiempo a la vida de los artistas, fumaba hachís, usaba un trapo en la cabeza y me preocupaba, al parecer, por el destino del mundo. En la primera casa que compartí había un uruguayo que tocaba la guitarra y se consumía de aburrimiento y melancolía. Porque éramos artistas, justamente, y alguien hacía grabaciones en una cámara, y el otro im­provisaba sus quejas en la guitarra por simpatía, como queda dicho, con el probable devenir del mundo, pin­tamos las paredes de varios colores, colgamos amuletos y otras risibles menudencias, para ambientar la casa y filmar una película que llevaría a nuestro improvisado director de cine al estrellato de la subcorriente latina, que era alimentada, como los pájaros, con el alpiste de la compasión de sus contemporáneos europeos. Pero eso lo entendí más tarde. Por aquel entonces sólo me di cuenta de que, a los fines cinematográficos, mi habita­ción había sido pintada de un rojo oscuro y que al poco tiempo este hecho me pareció inadmisible; la pared se me caía sobre los hombros, la ventana era demasiado rigurosa y diminuta, en su costado, cómo había ahí una ventana, me preguntaba, ¿cómo nunca nadie había podido vivir ante una ventana de ese calibre? Los días empezaban a alargarse terriblemente en casa. La cocina siempre había sido un cuartucho que ninguno limpiaba más que por encima, con trapito rancio, como a la mala conciencia. Pero de pronto, ese estante se volvía inconcebible. ¿Y el baño? ¿Y los sillones del comedor? El estante de la cocina era un grueso tajo en la pared. No haberme ligado sentimentalmente a ninguno de mis dos compañeros había sido una conclusión acer­tada. Decidí hacer lo único que sabía.

Mi libertad es siempre la esclavitud de otro. Enton­ces, pregunta mi corazón, que no es bueno, si yo me hago esclava, ¿habrá otro que será libre?

Esa tarde del interrogatorio me vi enfrentada a un hombre gordo y de pelo cortado a cepillo, que al hablar de asuntos de sangre no sabía dónde poner las manos. Se había levantado viento y los altos techos de la casa de Madame Cupin parecían llenos de fantasmas.

“¿Usted los conocía hace cuánto?”

“Desde el año pasado. Llegué en noviembre.”

“¿Y vive acá en la granja desde ese tiempo?”

Así era. Me resultaban todas preguntas innecesarias. Si les sabía algún enemigo, si había escuchado alguna amenaza, si presenciado alguna discusión. Llegó otro, que pidió permiso para servirse agua de la heladera porque todavía hacía el calor del día aunque estaba atardeciendo. De un momento a otro, me pareció inco­rrecto estar sentada en una silla del comedor de Madame Cupin; me levanté y elegí una butaca de la cocina, que arrastré ruidosamente, bajo la vista de los oficiales. Y la noche anterior, ¿qué había pasado?

“Él me recomendó que durmiera en El Bolsón.”

“¿Por qué motivo?”

“Por los insectos.”

Qué insectos eran esos pudimos comprobarlo muy poco después, esa misma noche, aunque no sé si eso sirvió para que me creyeran. De la lámpara caían unos color caramelo que se perdían muy despacio hacia el borde de la mesa, y después seguían su curso hacia la alfombra oriental que cubría el suelo. Algunos eran simples termi­tas, otros conservaban unas largas alas translúcidas.

¿Si no me parecía sospechoso que él me hubiese mandado a dormir afuera, justamente esa noche, sólo por unos bichos? No, era una horrible coincidencia lo que había sucedido. ¿Ellos debían creerme?, me pre­guntaron. ¿Estaba yo segura de no haberme ido por propia voluntad? ¿O en connivencia con algún otro? Por designio de nadie más que de Marco había bajado la noche anterior al pueblo, y los había dejado solos, a él y a su madre, en la granja Del Monje sobre la ladera de la montaña, para encontrarlos al día siguiente en mi casa, la puerta abierta, el brazo de él ensangrentado. Había corrido a buscar ayuda. ¿Qué más querían de mí? Volví a verter mis lágrimas, dulces y saladas. El hacha era de Marco. Me la trajeron y la reconocí.

En Málaga me hacía llamar Luisa, y en Barcelona Lola.

Vivía en Heidelberg desde el otoño. Ya había cum­plido con los requisitos que se imponían a los recién llegados a la ciudad. Era estudiante, tenía habitación, seguro médico, tarjeta de residencia. Estaba sellada y aprobada. En la agencia de trabajo de la universidad leí el anuncio de la panadería al pie del castillo. Hablar por teléfono me hubiera resultado imposible, así que con el nombre de referencia en un bolsillo de la campera y al­guna que otra mentira preparada me presenté esa misma tarde. La dueña, casada con el panadero, usaba el pelo corto y los labios pintados oscuros. Me recibió con el hijo en brazos y me hizo pasar al salón de la confitería, donde nos sentamos y donde acepté algo de tomar, pero no más que agua. Haciendo grandes esfuerzos entablamos una suerte de conversación. Acostumbraba a trabajar con extranjeros siempre que fueran estudiantes y entendiesen la puntualidad, se apresuró a explicarme; el trabajo era sencillo, ¿qué dificultad podría haber en envolver el pan y extenderlo al otro lado, aceptar, devol­ver billetes? Pero todo debía hacerse expeditivamente, sin dudar un instante. ¿Estaba yo de acuerdo? Lo estaba. Al día siguiente a las seis de la mañana en la panadería, cuando todavía era de noche, me fui apuntando en mi jeringozo, dibujado tortuosamente en una hoja suelta, los nombres de los panes y las facturas alemanas que ella me dictaba y señalaba en cada compartimiento detrás del mostrador. Buenos días, buenos días. Entraba un hombre. Dos panes. ¿Dos qué? Dos panes, pedían. Qué otra cosa.

Y desde atrás, aparecía de vez en cuando el ayudante del panadero con las bandejas recién salidas del horno, y era difícil no quemarse al repartirlas en los canastos o evitar, con la gente esperando al otro lado, bajo la mirada a medias compasiva, a medias inquisidora de la dueña, que se nos cayese de las manos alguna pieza preciosa, rodando lejos de nuestros pies. Ella había estudiado en la universidad, había querido ser odontó­loga, le gustaban los dientes y hasta un poco la sangre, me había dicho la dueña, mientras yo braceaba como podía en el barro de la conversación y ella acomodaba las tortas en la heladera. Las recibía de manos del pas­telero, que no era gordo, extrañamente, pero sí afable. ¿Su esposo el panadero? Su esposo estaba “atrás”. La mañana pasaba como un torbellino de esos recurrentes, que anuncian lluvia que nunca llega.

Más tarde sería lo mismo, y al otro día, la gente en­trando a la panadería, con uno u otro paso, a espetarme su acertijo más o menos ingenioso: tres medialunas, un frasco de mermelada. ¿Un frasco? ¿Qué remotamente en la tierra podía ser un frasco? Cuando se iban –po­cas las veces, porque parecían sólo entrar– yo usaba el rato para recomponerme de la batalla de la lengua, decirme alguna palabra de aliento, repetir el vocabula­rio que había aprendido, si es que había aprendido, y recordar a mi padre, aunque sin querer recordarlo. Él siempre me había tratado como a una cierta partícula del universo. Ahora, en el sistema planetario que era Heidelberg todos cumplían su elipse, brillando en una perezosa rotación; pero yo no era más que una última estrella, apenas espejo de las luces de otros. Pensaba también en doña Carmen, que se había quejado tanto conmigo, insistiendo con eso de “niña, habla despacio, ¡qué acento tienes!”, mientras lavábamos de a cuatro manos el patio del hotel de La Mancha, y ahora me preguntaba, si doña Carmen había tenido esas quejas con mi acento, qué dirían de mis arduos vocablos estos nuevos demás.

Sólo comprobamos estados, repetía siempre mi pa­dre. ¿Y las piedras? Las piedras precámbricas lo mismo que el ala de una mosca. Tenía aquella suficiencia del médico y del naturalista, tan propia, que no compar­tía con nadie. El equilibrio de la piedra se deshace en bariones igual que la mosca del día. Sólo está detenida en su forma por más tiempo, etcétera, etcétera. Cuan­do me fui de Buenos Aires con veintitrés, hacía años que me había cansado de escucharlo, aunque lo quería bíblicamente, y también hasta otro poco.

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Estas son las primeras páginas de Cada Despedida (Adriana Hidalgo editora, 2010), la más reciente novela de Mariana Dimópulos (Buenos Aires, 1973), licenciada en Letras de la Universidad de Buenos Aires y traductora del alemán y el inglés. Dimópulos vivió en Alemania entre 1999 y 2005.

Su anterior novela es Anís (Entropía, 2008).

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