Tel Aviv es una burbuja, es lo que siempre dicen.
En Tel Aviv, tenemos playa, cafés con mesas en las veredas, tiendas de ropa de diseño, y entonces la gente cree que no tenemos idea de lo que ocurre en otros lados. En términos generales, es verdad: en Tel Aviv es fácil ignorar la pobreza creciente, las peleas amargas entre judíos religiosos y seculares y, sobre todo, la ocupación de Palestina.
Ocurre la Operación Brisa Marina, como el gobierno israelí llama a las acciones que llevan a la toma sangrienta del barco Mavi Marmara de la Flotilla de la Paz. Los nombres de los siete muertos no son difundidos en Israel. El público es arrastrado por una ola de patriotismo estridente.
Nos rodea por todas partes: manifestantes gritan “Muerte a los Turcos” en los costados de los caminos; la niñera de nuestro hijo, turca de nacimiento, cancela las vacaciones que había planeado en su país natal; cadenas de mails apoyan a “nuestros valientes guerreros”. Es fácil olvidar cuál era el sentido de la Flotilla: acabar con el bloqueo de Gaza.
Pero no en nuestra casa. Como documentalistas, tenemos el privilegio y la obligación de aventurarnos cada tanto afuera de la burbuja. Y por eso, en los últimos dos años, hemos cubierto las relaciones entre Israel y Gaza (gracias a la política israelí y a la pelea política interna en Palestina, Gaza es hoy una entidad casi completamente separada de Cisjordania).
El primer proyecto fue Gaza/Sderot, que consistía en colgar todos los días una película de dos minutos en Internet. Yo era la editora de contenido de esos films, realizados a ambos lados de la frontera. Por azar, el proyecto comenzó en las seis semanas previas al ataque israelí contra Gaza de diciembre de 2008 y terminó unos pocos días antes.
Era una época tranquila en Sderot, pero los cohetes Kassam todavía caían. Yo estaba embarazada de pocos meses y no podía correr mucho, por lo que no siempre llegaba a tiempo a los refugios antibomba. De un minuto a otro, escuchaba los sonidos, tan familiares para los habitantes de Sderot: la alarma, el chillido del misil pasado por encima de nuestras cabezas, y luego un ¡Bum! fuerte o remoto, según tu suerte.
El director de las películas era Robi, estudiante de cuarto año de cine, cuyos padres habían abandonado la ciudad luego de que un misil arrojado desde Gaza hiciera blanco en su casa. Robi se mudó a un kibutz cercano luego de que un nuevo misil aterrizara en su almohada. Yo volvía a Tel Aviv cada noche, dejando detrás un pueblo exhausto y tenso.
Gaza quedaba más lejos: no podía entrar ni encontrarme con el equipo que filmaba de ese lado. La coordinación entre ambos equipos estaba a cargo de una compañía productora francesa. Pero yo veía las historias en sus películas y escuchaba sus voces. Esperanza, miedo, humor negro: todo eso estaba en ellas, creciendo, y al fin explotando en una catástrofe masiva (que esta vez los publicistas del ejército llamaron Operación Plomo Fundido).
Después del ataque, nuestro proyecto logró un montón de atención y ganó muchos premios, y los productores vendieron una versión fílmica a canales de TV de Europa. Yo estaba orgullosa de ser parte de ella y enojada con la destrucción de Gaza, pero pronto me retraje en mis preocupaciones domésticas; mi segundo hijo nació esa primavera.
Unos meses más tarde, mi marido, el cineasta David Ofek, leyó una noticia interesante. Decía que un zoológico en Gaza había pintado rayas sobre un burro para que pareciera una cebra y que un zoológico israelí había decidido mandarles de regalo una verdadera. El ejército, por supuesto, negó la entrada a la cebra, como niega el ingreso a Gaza a la mayor parte de las mercancías.
Ningún material de construcción pasaba la frontera. Desesperados, los pobladores de Gaza se ganaron otro titular al construir sus casas con barro. La lista era larga y arbitraria: el perejil podía pasar, el cilantro, no. El arroz, si, la pasta, no. Las narajas, si, pero el kiwi no –salvo que hubiera un exceso de producción de los cultivadores israelíes–. En palabras de un cultivador de kiwi: “El gobierno cree que si les damos kiwi, ellos no nos van a dar a Gilad Shalit”. Shalit, 23, ha sido rehén de Hamas en Gaza durante cuatro años; recuerdo bien la fecha porque Shalit fue capturado cuando nacía nuestro hijo mayor.
David consiguió algunos fondos para comenzar el proyecto. Los canales tenían dudas; no estaban seguros de que el tema valiera la pena. Dos días después del ataque a la Flotilla, comenzaron los llamados telefónicos; en una hora, la productora recaudó casi 200.000 dólares, lo necesario para terminar el documental. Canales y festivales de Europa también estaban interesados.
Justo entonces, el gobierno israelí cedió: decidió suavizar el bloqueo. David filmó los camiones entrando de a montones, los zapatos que habían esperado en un galpón durante más de tres años, maníes tan podridos que ya no servían ni para alimentar animales, frutas.
Durante el bloqueo, Hamas se aseguró de que el comercio quedara en manos de su gente. El equipo de David fue testigo del primer encuentro entre comerciantes israelís y palestinos que durante años habían hecho negocios pero nunca se habían visto las caras. Su mayor preocupación era el Sol, que destruía los productos en el camino a Gaza porque el Ejército se negaba a hacer los controles de seguridad a la sombra.
Es a través del cine que el absurdo de esta cruel política de Estado invade nuestra burbuja en Tel Aviv. Somos israelíes, rondamos los 40 años, nos preocupan nuestros hijos, el alquiler, nuestra felicidad. Hacer películas nos hace sentir menos impotentes, pero no esperanzados. Sí, nuestros documentales se ven a lo largo del mundo, ganan premios y nos llevan a cócteles elegantes. Pero no, no cambian sino raramente la realidad política que podría causar la destrucción de otro pueblo.
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Ayelet Bechar (Tel Aviv, 1972) es periodista y documentalista. Se graduó de la facultad de Cine y Televisión de la Universidad de Tel Aviv, hizo una maestría en periodismo en Columbia University, en Nueva York, y es fellow 2008 de la Nieman Foundation en la Universidad de Harvard.
Sus documentales han sido exhibidos en festivales de cine de Europa, América y Medio Oriente. Just Married (Recién Casados, 2005) siguió a dos parejas mixtas, de palestinos casados con árabes israelíes, cuyos integrantes no podían vivir juntos porque se los impedía la ley de ciudadanía israelí. Just Married ganó el premio al mejor documental en tres festivales. Luego dirigió Power, sobre un joven beduino que se presentó como voluntario al ejército israelí a cambio de que su casa tuviera electridad.
Para ver escenas de Just Married, cliquee aquí.
David Ofek (Ramat Gan, 1968) es escritor, productor y director de cine. Ha hecho documentales, series de TV y largometrajes de ficción. Entre sus films, se cuentan el premiado Número 17 (2003), que reconstruye la identidad de un pasajero misterioso que murió en un colectivo durante un ataque suicida en Israel; Home (1994), Melanoma My Love (2006), Ha’Ulpan (2007), entre otras. El listado completo de sus películas, en inglés, aquí.
Para ver escenas de Melanoma My Love, cliquee target=”_blank”>aquí.



July 5th, 2010 → 12:25 am @ elpuercoespín
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