Des Armes, por Nadia Rozental

June 27th, 20102:37 am @

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“Des armes, des chouettes, des brillantes

Des qu’il faut nettoyer souvent pour le plaisir

Et qu’il faut caresser comme pour le plaisir

L’autre, celui qui fait rêver les communiantes”

Des Armes – Noir Desir

Estoy sentada en el quinto piso del Hotel Kempinski. Buscando “tipos malos con armas grandes”. Quizás “buscando” no sea la mejor manera de describir lo que estoy haciendo. ¿Esperándolos? ¿Esperando que no aparezcan? Digamos que estoy aquí para asegurar que no suceda nada extraño.

Los miembros del Parlamento israelí que vinieron a Ginebra para una conferencia están en sus habitaciones; duermen, probablemente. Yo le estoy dando ocho horas de sueño al hombre que se ocupa de su seguridad, cuidando que nadie haga algo fuera de lo común de este lado de la puerta. Mi trabajo es quedarme sentada y estar atenta a cualquier movimiento extraño, y alertar al guardia de seguridad con un walkie-talkie en caso de que sea necesario despertarlo para que evite un desastre.

No puedo decir que tengo una vasta experiencia con armas de fuego. Hasta mayo de este año, solo había visto un revólver en toda mi vida. Mi abuelo decidió sacarlo de su placard y me dejó apuntar a la pared de su habitación. Era pesado y frío. Yo temblaba, pensando en el daño que ese pequeño objeto podía traer consigo.

Desde mayo de este año, cuando me mudé a Ginebra, me siento rodeada de armas de fuego. Las veo todos los días, tanto en el trabajo, la misión de Israel para Naciones Unidas, donde el nivel de seguridad es muy alto, como en la calle, donde encuentro más soldados de los que esperaba.

Hace una semana iba al trabajo en colectivo. Un soldado suizo se sentó a mi lado. Llevaba un rifle. Lo apoyó en el piso; el cañón apuntaba directamente hacia mí. “¿Debería decirle que me incomoda?”, pensé. “Quizás si digo algo inteligente como: ‘No tengo ganas de morir hoy, ¿podrías apuntar para otro lado?’, no se daría por ofendido.” No dije nada. Mantuve los ojos pegados a la máquina letal, alternando miradas a su despreocupado portador, ajeno al mundo que lo rodeaba.

Volviendo a mi presente situación. “Si yo soy el único obstáculo para un posible atacante, y no sólo me da miedo una mosca sino además sólo cuento con un walkie-talkie para evitar un ataque, ¿que impediría que un terrorista me asesine sin más?”, pregunté a la persona que me asignó el trabajo. “No te preocupes”, me dijo. “Ningún terrorista sería tan estúpido de matarte. Sería demasiado sangriento.” No me tranquilizó.

Me advirtieron que si bien, y con suerte, no vería armas esta noche, vería sin duda otras cosas interesantes. Estuve sentada a un costado de una mesa al final del pasillo del quinto piso del Kempinski durante tres horas y ya tengo algunas historias.

Primero vino el hombre que decidió pasearse por el pasillo vistiendo una falda blanca, remera de mangas largas y las pantuflas de cortesía con el logo del hotel. Recorrió el quinto piso durante al menos media hora. Tengo que investigar cómo hizo para aparecer del mismo lado cada vez. Mi teoría es que no era uno solo, sino varios hombres idénticos vestidos de la misma manera.

Luego llegó la pareja asiática. Probablemente venían de algún bar del hotel, puesto que no tenían suficiente abrigo como para haber salido. Ella caminaba en zig-zag, deteniéndose a cada rato e indicando que sentía nauseas. El la sostenía, mirando para otro lado con asco y probablemente deseando que ella no hubiese sido tan estúpida como para beber tanto. Puedo ver el charco de vómito desde mi rincón. No soy feliz.

Son las 3 de la mañana, tomé una lata de Red Bull y dos cafés pero me está costando concentrarme en mi libro. Alguien me toca el hombro. Me sobresalto. Tomo el walkie-talkie. Giro la cabeza y me encuentro con un hombre. Su barba cubre la mayor parte de su cara; sus ojos, severos, se encuentran con los míos, asustados. Viste una túnica larga y un turbante blanco. Me pregunta quién soy.

–Nadie.

–¿Para quién trabajás?

–No le puedo decir–. Me acerco el walkie-talkie a los labios. Presiono el botón: “Un hombre me pregunta para quién trabajo”, susurro. No obtengo respuesta. Todo mi cuerpo tiembla. Es mi fin. Voy a morir asesinada en un hotel 5 estrellas de Ginebra.

–Hay un charco de vómito en la puerta de mi habitación–dice el hombre del turbante.

Respiro de nuevo. No le respondo. Se va. “¿Pasa algo?”, murmura una voz dormida desde el aparáto. “Todo OK, un malentendido, perdón.” Me siento avergonzada. Minutos después se me acerca un empleado del hotel y me pregunta si debería pasar una aspiradora. Acordamos que el ruido no sería bienvenido y promete buscar una solución alternativa.

Luego sale de su cuarto un hombre joven que, me anuncia, es árabe-italiano. Traje, zapatos de vestir y una botella entera de perfume encima. Se para frente  a mí y declara:

–Sos hermosa.

Apreto el botón del walkie-talkie sin querer.

–¿Gracias?

–Trabajás para el tipo israelí, ¿no?

No respondo.

–¿Cómo te llamás?

–No puedo decirte.

–Voy a volver muy borracho, te pido disculpas desde ahora por las cosas que te voy a decir. Y te voy a pedir tu número–dice, ofreciéndome una mirada seductora que me hace reír por dentro. Se queda mirándome mientras espera el ascensor a unos pocos pasos de donde estoy y me saluda por un rato con la mano antes de irse.

¡Ah! ¿Cómo olvidar al hombre con la prostituta? Me miraban, mientras pasaban, como si yo estuviera haciendo algo embarazoso.

Son las 4 y sigo despierta. Dos Red Bull. Tres cafés. Al menos cuatro empleados del hotel pasaron al lado del vómito que todavía está ahí y prometieron limpiarlo. Pero sigue allí, como siempre. El flujo de huéspedes se hizo menos constante y estoy tratando de mantenerme alerta al ir y venir de prostitutas. La que me dedicó la mirada se fue, creo, sin que yo me diera cuenta. O quizás se quede toda la noche.

Un empleado del hotel viene, por fin, a limpiar el desastre del quinto piso con un trapo mojado y un balde de agua. Me siento mal por él. Me dan ganas de despertar a la que no sabe beber.

El trapo mojado no sirve de mucho. De hecho, empeora la situación. El empleado trae pedazos de plástico negro para tapar las manchas.

A las 5.30 de la mañana vuelve el árabe-italiano. Puedo oler la mezcla de cigarillos y alcohol a la distancia. Vuelve a preguntar mi nombre y repito que no se lo puedo decir. Escribe el suyo, Ali, en una servilleta con el logo del hotel. Debajo, su número de teléfono. “Sé que no me vas a llamar, pero tomá mi número”, me desafía. Se va. Me alivia que no estuviera de humor para insistir.

Son las 6.30 y acabo de ver a un gigante con un vestido blanco y las sandalias de cortesía del hotel. Respira ruidosamente. La parte de atrás de su vestido es transparente. Creo que la visión de su parte trasera me dejará un trauma permanente. Pero la noche está por terminar y ya nada me sorprende demasiado.

El jefe de seguridad se despierta y se asoma al pasillo. Me mira extrañado y pregunta por los pedazos de plástico en el piso. Mientras explico, veo a la pareja culpable del desastre caminando hacia nosotros. Caminan sobre el pedazo de plástico que cubre el vómito. El dice “bonsoir” , ella se ríe de él y le dice: “No. Buenos días.”

Yo estoy feliz de no haber visto un arma esta noche.

*****

Nadia Rozental (Buenos Aires, 1986) estudió Relaciones Internacionales y Periodismo en la Universidad Torcuato di Tella. Trabajó en la misión de Israel para Naciones Unidas en Ginebra, cubriendo el Consejo de Derechos Humanos. Pronto empezará una Maestría en Derecho Internacional en Bruselas.

Escribe en su blog www.thelionqueen.wordpress.com


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