I
De pronto una sombra, el estallido de luz, las palabras de mi tío Adolfo.
—Antonio, ha pasado algo. Tus padres han tenido un accidente. Ven conmigo. Ven.
Me incorporé, algo aturdido. La lámpara parecía un sol furioso iluminando la noche.
Me vestí. Recuerdo que vi el reloj. Eran las tres.
Salimos a la calle. ¿A dónde vamos, tío? Vamos a mi casa. ¿Por qué? Mira, lo siento mucho, Antonio. ¿Qué? Lo siento mucho, hijo. No hay nada que hacer. Tus padres han muerto, Antonio. ¿Han muerto? ¿Pero cómo? Un accidente, hijo. Han chocado. Un camión se les cruzó. Estaban volviendo de una reunión en la casa de tu tío Jaime. Ven conmigo. Vamos a la casa.
Esa misma noche, mi tío Adolfo me abría la puerta de su casa, junto al bosque de El Olivar. Su esposa, mi tía Adriana, me esperaba en el centro de la sala. Al verme, me abrazó y puso mi cabeza en su hombro.
—Tú vas a vivir con nosotros —me susurró—. No te preocupes por nada.
Me tomó de los hombros. No puedo olvidar sus ojos azules mientras seguía escuchándola.
—Adolfo y yo vamos a ser tus padres y tú vas a ser nuestro hijo. Tu papá era mi hermano y tu mamá casi también. Tú vas a estar aquí con nosotros, y ellos van a vernos desde arriba.
La abracé por instinto, casi por obligación, sin saber realmente lo que estaba ocurriendo. Esa noche iba a acostarme en su cama.
* * *
Me parece que aún estoy viendo, con toda claridad, la estatua de marfil y la alfombra blanca de la sala de mis tíos, al día siguiente. Los parientes se habían reunido en la sala y todos volteaban hacia mí. Yo era la estrella de una obscena ceremonia de miradas.
Me senté con ellos, no sabía qué otra cosa hacer.
Los datos del accidente circulaban. Todos iban aportando información.
Mis padres estaban volviendo de una comida en casa de mi tío Jaime, ya era tarde, iban por la avenida Primavera. Un camión se les había cruzado a mucha velocidad. Quizá mi padre había tomado un poco, lo que era normal en una cena como esa, aunque él no tomaba mucho, solo lo esperado en una reunión así, pero tal vez había influido el trago y también el sueño. Se habían estrellado contra un costado del camión y habían muerto en el acto.
Mi tío Jaime alzó los hombros. Hablaba lentamente, con la frente llena de arrugas. Esa noche estaban muy contentos al despedirse, dijo. Quién hubiera imaginado que iba a pasar algo así.
A continuación, todos lo interrumpieron, lamentándose, culpando al tráfico de Lima. Yo los escuchaba tratando de asimilar sus miradas de lástima.
Esa noche me senté con mis tíos Adolfo y Adriana. Una silla se había agregado en la mesa de panes, mermelada y tazas de chocolate, con el mantel de bordes amarillos.
—Ya te lo dije y ahora te lo repito: vas a vivir con nosotros, vas a terminar tus estudios. No te preocupes por nada. Y luego vas a ir a la universidad —me dijo mi tía.
—¿Pero qué vamos a hacer sin ellos?
—Recordarlos con orgullo —me contestó.
Mi tío Adolfo asentía con la cabeza.
Me parece estar escuchando aún esa voz densa y larga de mi tía Adriana, hablando por encima del silencio. Era como si con ella quisiera construir una red a mi alrededor. El arco de sus brazos, ese modo de abrazarme, con su melancólica dureza, era el umbral de una nueva vida que ella y mi tío Adolfo inauguraban para mí.
Me habían preparado uno de los antiguos dormitorios de la casa, y allí me acosté a mi regreso del cementerio. Durante ese tiempo hablamos mucho. Solo de mis padres, como es natural: los boleros que cantaba mi madre, los libros de historia que leía mi papá, los pasteles de manzana que comíamos juntos. En ocasiones, hasta nos reíamos recordando los chistes que contaba mi mamá.
Unos días después volví al colegio para recibir las palmadas y frases de pésame de mis compañeros de clase y algunos profesores. Todas las palabras de simpatía y de cariño me parecieron tan extrañas.
No fue hasta dos o tres noches después de su muerte que lloré. Esa noche me quedé despierto para seguir llorando y lloré hasta la madrugada, cuando por fin me encontré sentado en la cama, secándome, agotado y vagamente aliviado. La liberación de las lágrimas me había dado fuerzas para atravesar un largo territorio de sombras. Como si hubiera terminado un largo viaje, de pronto me encontraba al otro lado del llanto. Me veía a mí mismo antes, con mis padres vivos y en mi casa, y me parecía que recordaba a un extraño. Si había sido un niño sensible y fantasioso, la muerte de pronto me había arropado en la piel dura del dolor.
No sé qué hubiera hecho sin mis tíos Adolfo y Adriana.
La verdad es que vivo en esta casa, en la de ellos, hasta hoy. Más de veinte años después, como en aquella lejana ocasión, sigo sintiendo que esta es mi casa. A pesar de todo lo que ha pasado. O quizá precisamente por eso. Sí.
Recuerdo los primeros días aquí, cuando empecé a explorar esta geografía de salones, muebles antiguos y cuadros anchos en la pared. Me acuerdo que caminé mucho por los corredores de la casa. Conocí muy pronto sus corrientes y sus rajaduras y las breves manchas de polvo que se formaban en algunas esquinas, los techos altos y los cuartos grandes, y la sala hecha para albergar el mundo, o al menos eso me parecía. Yo tenía diez años.
* * *
Mi tía Adriana tenía un rostro angular, hecho de una superficie de porcelana. Su pelo rubio, alineado en hebras gruesas, estaba ajustado en un molde, como una aureola dura, alrededor de la cabeza. Sus facciones convergían alrededor de unos ojos de acero. Recuerdo haber pensado que su rostro era el mapa de una pasión que subordinaba a todas las otras: la pasión por el orden. Todo parecía organizarse en su cuerpo alto y proporcionado que daba una sensación extraña de impenetrable armonía.
Ella no iba a llorar o a lamentarse o a preguntarse por qué su hermano y su cuñada habían tenido que morirse. Si la muerte había llegado tan cerca de ella, iba a mirarla de frente. Se sentía con la fuerza suficiente como para domesticarla, rebajarla y ponerla a su servicio. La muerte no es una desgracia, me dijo en los días siguientes, sino el fin de una vida. O sea que en realidad es parte de la vida. Solo la muerte nos hace verla en todo su esplendor. Tus padres fueron personas extraordinarias. Tu padre fue un abogado brillante y tu madre, una gran profesora. Lo dicen todos. Ellos ennoblecieron sus profesiones. Han ayudado a tanta gente. Gracias a su muerte, sabemos que han tenido vidas maravillosas y completas en todo lo bueno que nos dieron. Tu padre y tu madre son ejemplos, modelos, estímulos para que nosotros también vivamos mejor. Solo ahora que están muertos, lo sabemos. Por eso te digo que la muerte es una buena maestra. Y tú has aprendido mucho con esto. La vida de una persona no empieza hasta que descubre que una de sus personas queridas se muere. Nunca vas a volver a ser el mismo después de esto. Ahora que lo pasaste, ya lo sabes.
En una ocasión, hablando de unos parientes que seguían llorando a sus padres, me dijo que eran unos tontos. Todos tenemos muchos muertos encima, agregó. Lo importante es que nos permitan seguir viviendo. Hay que ayudarlos y ayudarse con ellos. Hay que saber manejarlo. Lo esencial es que un pariente difunto te permita continuar, no que te lleve con él. La tristeza tiene su momento, pero después es un desperdicio. Hay que alegrarnos de la vida que tuvieron, más bien, ¿no crees? Convertir la tristeza en una inspiración para que nos ayuden. Es lo que hubieran querido. Que vivamos bien es bueno para ellos, para su recuerdo. No hay nada peor en una familia que un muerto mal manejado.
En otra ocasión estábamos juntos en la sala leyendo el periódico. Mi tío Adolfo se alejó y mi tía Adriana me dijo:
—¿Viste que tu tío lo primero que hace al abrir el periódico es buscar la página de defunciones? Es para ver si encuentra el nombre de un amigo al que no ha visto en tiempo. Cuando abre la página de defunciones, está haciendo su vida social.
Sin embargo, pronto me di cuenta de que ella hacía parte de su vida social también en los velorios. No era como otras tías que se maquillaban especialmente para esas ocasiones, pero iba a todos los que podía. Le parecía que eran el escenario ideal para probar el tino y la urbanidad de la gente. Sin embargo, creo que también una pasión morbosa la impulsaba. En una ocasión, cuando mi tío le avisó tarde de la muerte de mi tía Milita, contestó:
—¿Ya la enterraron?
—Y no nos avisaron, no sé por qué.
—Una pena. Yo habría ido al velorio de Milita con mucho gusto.
* * *
A diferencia de mi tía Adriana, mi tío Adolfo tenía un rostro ovalado, abierto al mundo, y no solo por su accidentada calvicie. Era carnoso, considerable, de ojos grandes. Tenía una boca vulnerable, coronada por un bigote grueso y limpio. Era un tío que cualquier chico como yo habría querido. Una línea de seguridad le atravesaba la frente, como sosteniendo la bondad de todo el rostro y una luz comprensiva asomaba de vez en cuando por sus ojos. Me llevaba al cine, me enseñaba libros y cuando cumplí dieciocho años, me enseñó a manejar.
Durante mis primeros años en la casa, me pareció que mis tíos tenían una relación perfecta. Como cualquier pareja, habían acordado una serie de pactos tácitos de convivencia. Ella se levantaba antes que él para asegurarse de que el desayuno estuviera listo, y él se sentaba a la mesa sonriendo y dando los buenos días. Ella llegaba a la casa por la noche y él estaba siempre allí, con una copita de oporto y alguna novedad que contarle. Si ambos invitaban a gente a comer, ella era la encargada de producir una cena exquisita y balanceada, en una sala impecable. Él, por su lado, aportaba los chistes y las anécdotas, y se encargaba de despedir a los invitados con una gran sonrisa. Por otro lado, tenían intereses comunes. Ambos leían libros de historia y de economía, y mi tío tenía pasión por las novelas del siglo xix. A veces también leía algunos manuales de filosofía. Y me querían mucho, como yo a ellos.
El hecho de que la muerte de mis padres me hubiera llevado a vivir en su casa era fruto de la generosidad del azar. Ellos no tenían hijos y mi venida a la casa era una bendición. Mi tía había renunciado a hacerse ver por un médico y cuando ya se habían acostumbrado a ser un matrimonio solo, yo había llegado a sus vidas para darle empleo a su bondad.
* * *
Cuando yo tenía once años, mi tía me dijo que íbamos a hacer una misa por el aniversario de la muerte de mis padres. Después de la misa todos fuimos a la casa a comer y nos quedamos hablando de ellos hasta tarde. Recordamos algunas de sus frases y el modo como mi padre daba largos discursos sobre sus lecturas y mi madre contaba chistes. Mi tío repitió algunos. Recordé la casa donde había vivido. Pensé que algún día la compraría de nuevo, solo para recorrer el patio y echarme en la cama donde había dormido los primeros diez años.
Habría debido escribir una frase en cada uno de los sitios en los que fui feliz: en el dormitorio, donde mi madre me leía; en el patio, donde yo pateaba la pelota contra la pared; en el cine San Antonio, adonde iba con mi papá. Su muerte convertía todos esos lugares en escenarios de una leyenda. Era mi leyenda con ellos.
Ahora pienso que tal vez el único error que cometieron mis tíos fue el de la felicidad. Nunca más se habló de la noche de la muerte de mis padres. Quizá me equivoco, pero a veces creo que me hubiera gustado recordar y lamentarme y llorar con ellos, maldecir el azar de un camión a toda velocidad en la noche, y quejarme en voz alta, en vez de planear el orden de la dicha, como lo hemos hecho hasta hoy.
* * *
La experiencia principal de mi infancia fue ver de cerca cómo es que una mujer puede gobernar el mundo. Mi tía Adriana era una experta en hacer que la vida, esa palabra tan vaga, tuviera un sentido específico todos los días. La casa se despertaba con el ruido de la cafetera en la cocina. Desde entonces todo estaba previsto. A las siete se tomaba desayuno. A las siete y media me recogían para ir al colegio. A las ocho, después de leer los periódicos, ella partía al banco. Mi tío Adolfo iba a su estudio a las nueve y algunos días regresaba a la casa para almorzar. Por las noches, con frecuencia, los tres nos reuníamos en el comedor.
Por lo demás, los días siempre se repetían con una sola consigna colectiva. Todo estaba en su lugar. Ropa siempre lista, comidas a sus horas, tareas de cuatro a seis, clases de inglés o matemáticas a las siete, una hora de televisión de nueve a diez. Cada dos fines de semana, yo podía ir al cine. Por las noches rezaba con ellos, como con mis padres, aunque las oraciones de la casa de tía Adriana eran más largas y severas. Al final podía pedir algunos deseos, por ejemplo, que Dios cuidara de mis tíos, de mis libros y de mis discos. Yo pensaba que Él respondía siempre a todos mis encargos.
*****
Alonso Cueto (Lima, 1954) estudió Literatura en la Universidad de Austin (Texas), donde luego se doctoró con una tesis sobre Juan Carlos Onetti. Ha escrito una docena de libros de narrativa, entre cuentos y novelas. Algunas de sus obras más destacadas son La batalla del pasado (1983), El tigre blanco (1985) -con la que ganó el Premio Wiracocha-, Demonio del mediodía (1999) y Grandes miradas (2003). La hora azul (2005), con la que ganó el Premio Herralde ese año, fue elegida por la Casa Editorial de Literatura Popular, de China, como la mejor novela del bienio 2004-2005 escrita en lengua castellana.
Con su novela El susurro de la mujer ballena (2007) fue finalista del premio Planeta-Casamérica y recibió elogios de la crítica tanto en Europa como en América Latina. También ha recibido el premio alemán Anna Seghers por el conjunto de su obra y la beca para escritores de la Fundación Guggenheim en 2002. Sus libros han sido traducidos a varios idiomas.




June 15th, 2010 → 10:58 am @ elpuercoespín
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