Managua Nicaragua is a beautiful town, por Sergio Ramírez

June 13th, 20109:56 pm @

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Managua © Josh Michtom

Managua Nicaragua is a beautiful town, you buy an hacienda for a few pesos down, decía la pegajosa letra del boogy que puso de moda en los años cuarenta la orquesta de Guy Lombardo, y que en la película de Carol Reed, El tercer hombre, una bailarina ensaya sobre la plancha de una mesa en un café desierto en la Viena de la posguerra. El himno perfecto para la capital de una banana republic.

Pero esa ciudad de tarjeta postal, entre rural y provinciana, donde para el ojo ajeno las haciendas eran tan baratas como las mujeres, desapareció para siempre con el terremoto de la víspera de Navidad de 1972, veinte mil muertos bajo los escombros a la luz de los incendios, y después un inmenso hoyo negro rodeado de alambradas, y la hedentina de los cadáveres que no se apagó por meses. La tumba de la dictadura de Somoza.

La ciudad puede padecer idílica desde el aire al viajero primerizo. El lago Xolotlán que extiende sus aguas grises, quizás verdes, en la lontananza, bajo la custodia del imponente cono del volcán Momotombo. Las aguas esmeralda de las lagunas que duermen en el fondo de los antiguos cráteres como antiguas tazas demetéricas, según el poema de Rubén Darío. Junto a una de ellas, la laguna de Tiscapa, se levantaba el Palacio Presidencial de la familia Somoza. Un palacio en el mejor estilo mudéjar tropical, mientras abajo, en los jardines, los prisioneros convivían en estrecha vecindad con los leones y las panteras de un zoológico doméstico, fieras y hombres enjaulados. Y los cuarteles que rodeaban el palacio del califato pintados de color kaki, o caca.

Por décadas, Managua ha ensuciado sin piedad las aguas de su lago de cristal. Mi amigo el poeta Mario Cajina Vega, ya muerto, sentenciaba en los años sesenta que era un eufemismo decir que la capital le daba las espaldas al lago, si más bien defecaba sin pudicia en él. Era su excusado, su depósito de aguas negras, como lo sigue siendo. Nunca ha tenido otro uso. Una ciudad fecal.

Después del terremoto que destruyó aquel refugio provinciano, y multiplicó las ruinas y los escombros de la pobreza, y luego el número de sus habitantes, lo horrible se volvió la regla. La desarticulación, el desamparo, la acumulación de fealdades que la globalización ha venido a consumar.

La antigua catedral neoclásica, que buscaba imitar las líneas de la iglesia de Saint Sulpice, quedó fracturada para siempre por el terremoto de 1972, cuya hora fatal marca todavía la carátula del reloj en una de sus torres, porque las agujas se detuvieron a la hora precisa del sismo. Lejos de allí se levanta ahora la nueva catedral que parece una mezquita con sus múltiples domos, como una gigantesca cajilla de huevos, obra del arquitecto mexicano Ricardo Legorreta, y donada por el filántropo católico Tom Monaghan, dueño de las pizzas Domino’s.

Managua, foto de Gunnar Salvarsson (vía Flickr)

El nuevo Palacio Presidencial, llamado ahora que vivimos tiempos del socialismo del siglo XXI la Casa de los Pueblos, parece un juguete de Fisher Price con sus columnas dóricas pintadas de vistosos colores y sus vidrios dorados. Fue financiado por el gobierno de Taiwán y se levanta frente a la Plaza de la Revolución, donde en 1979 se congregaron los guerrilleros triunfantes con el pueblo para celebrar la caía de Somoza. La vieja catedral, ya sin uso, se pierde del otro lado de la plaza, entre las sombras.

Sumisión, calco, fealdad, improvisación. Malls trasplantados de Miami con todo y food courts y cines Multiplex, y a un tiro de piedra de su bullicio iluminado, la miseria escondida en la oscuridad, que de día se exhibe por las calles en todo su esplendor de niños mendigos, y adultos que venden de todo en las esquinas, aprovechando cada cambio de luz roja de los semáforos, desde calculadoras made in Japan y toallas de playa adornadas con la efigie de Sylvester Stallone, a tucanes, guacamayas, tigrillos, monos carablanca, traídos desde  las selvas de Bosawas, supuesta reserva ecológica de la humanidad, que está siendo arrasada sin misericordia.

Un gusto arquitectónico en ruinas, una estética urbana en escombros, pistas de adoquines como intestinos sueltos que conectan los pedazos de ciudad que dispersó el terremoto, un espejo quebrado a mazazo limpio. Rótulos gigantes de cervezas y cigarrillos en medio del amasijo, y la efigie de Daniel Ortega que vigila desde otros innumerables rótulos más gigantes aún, más altos que las palmeras, como el big brother omnipresente que ahora es.

Su esposa, Rosario Murillo, ha ordenado que los árboles de Navidad que adornan las rotondas que distribuyen el tráfico, permanezcan todo el año encendidos, de modo que la ciudad vive una Navidad perpetua, falsa como las proclamas de una revolución que hace tiempo dejó de existir, y que se quedó en la demagogia de los discursos.

Un campamento de un millón y medio de habitantes, un cuarto de la población total del país. Las casas, construidas en serie, como cajas de cerillos, cerradas con barrotes, como cárceles o como jaulas, porque los que tienen poco, en la colonia Independencia, o en la Colonia Centroamérica, se defienden de los más pobres, que viven en barrios como el Jorge Dimitrov, bautizado así en tiempos de la revolución, porque sus habitantes pensaron en despertar la generosidad del gobierno socialista de Bulgaria. También hay otros barrios bautizados Unión Soviética, o Libia, por las mismas razones que resultaron poco clarividentes. Ahora hay uno nuevo que se llama Hugo Chávez.

Pero hay todavía otros habitantes más pobres en Managua, que no cesan de llegar del campo, e improvisan sus viviendas junto a las aguas infectadas del lago, o en predios desolados que toman por asalto para levantar casuchas de cartón y ripio, conectados clandestinamente a las líneas de electricidad.

Huyen hacia Managua trayéndose desde lejos su vida entera, y van volviéndola más vasta, nutriéndola cada vez más de una cultura rural. Tardan en convertirse en ciudadanos, o quizás no se convierten nunca. Se emplean como celadores, como jardineros, como peones de obras de construcción, sus hijas y sus mujeres se convierten en sirvientas domésticas, costureras en las fábricas textiles taiwanesas o meseras en los bares, quizás en prostitutas de los burdeles de mala muerte del Mercado Oriental, o de los que surgen cada día en los meandros vecinos a la carretera norte, la que lleva al aeropuerto. Y los lugares donde los emigrantes viven ahora en Managua seguirán siendo ámbitos campesinos, matas de plátano en los patios, gallos sobre los cercos de alambre, perros famélicos, lodazales.

Todo se toca en extrema, extraña vecindad. Los barrios de la alta clase media de Los Robles, Bolonia, Altamira, prisioneros también en su miedo, muros y rejas, alambradas, culos de botellas coronando las tapias, colindan con los barrios miserables de calles sin asfaltar. Las fronteras son los cauces de las aguas de lluvia que resultan pasajes secretos de uno a otro mundo en la noche sin fortuna que cae demasiado pronto y se va demasiado rápido, parapetos de bienestar y neón a raudales de un lado, humo de fritangas en cocinas al aire libre, del otro, lo falso y lo verdadero conviviendo de noche y de día. Una tramoya, un parapeto. Una ciudad a la medida del crimen, el pequeño crimen de la barriada triste, y en la Managua artificial de aire acondicionado de los edificios gubernamentales donde señorea la corrupción con una impudicia que ya no escandaliza a nadie.

La Chureca - © Jan Sochor - www.jansochor.com

Una ciudad dividida, que va marcando sus enemistades. Lejos de la Managua hirviente, subiendo por los altozanos de la carretera sur, hacia las estribaciones de la sierra, los más ricos se amurallan dentro de ciudadelas con guardianes privados y cámaras de vigilancia de circuito cerrado. Nuevos y viejos potentados, porque los negocios dan para todos, empezando por los antiguos revolucionarios otra vez en el poder, entre los que se cuentan no pocos nuevos ricos capaces de las más atroces excentricidades a la hora de edificar sus mansiones con techos en forma de pagodas, y cúpulas bizantinas. Son las bendiciones del petróleo venezolano.

La Managua diurna bulle en el Mercado Oriental. Un fervoroso hormiguero de comerciantes ambulantes, compradores, agentes de lotería, cargadores de mercancías, prostitutas, chulos, ladrones, bajo el solazo a cuarenta grados a la sombra. El Mercado Oriental es la bolsa de Managua, una bolsa desarrapada, un centro financiero descalzo. Allí se consuman todas las transacciones, se tasan todos los precios, y entre sus infinitos callejones se compra desde un manojo de cebollas y un saco de papas, o una caja de filetes de res de exportación, o una ración de marihuana, una papeleta de cocaína, hasta un televisor a colores de treinta pulgadas, o una computadora de última generación a precios de contrabando.

Y los basurales de Acahualinca y La Chureca, junto a las aguas muertas del lago Xolotlán. Basura. Montañas de basura sobrevoladas por los zopilotes entre la humareda. Legiones de desocupados, familias enteras, buscan entre los deshechos lo que se pueda vender, botellas de vidrio, envases plásticos, pedazos de metal, o lo que se pueda comer, antes de que los buldóceres terminen de aplanarlo todo.

Casa Natal de Sergio Ramirez Mercado. Foto: Félix Aguirre (vía Flickr)

En Acahualinca, donde antes hubo una laguna de aguas verdes hoy cegadas por la basura, bajo un parapeto de láminas de zinc pueden verse unas viejas excavaciones arqueológicas que muy pocos visitan. En el fondo, impresas hace ocho mil años en tierra volcánica, aparecen huellas de gente que iba entonces huyendo de algo, huellas de pies apresurados de hombres, mujeres, niños, junto a la huella de pezuñas de animales. Huían de algún cataclismo, alguna erupción volcánica, una inundación, un terremoto. Siempre hemos estado huyendo, caminando a paso urgido hacia el éxodo.

Una ciudad tan terrible y desvalida como para abandonarla para siempre, pero que yo no abandonaría jamás.

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Sergio Ramírez (Masatepe, Nicaragua, 1942) es uno de los escritores más destacados de América Latina, autor de libros traducidos a 15 idiomas, entre ellos Castigo Divino (1988), Un baile de máscaras (1995), Margarita, está linda la mar (1998), Adiós Muchachos (1999), Mentiras Verdaderas (2001), Sombras nada más (2002) Mil y una muertes (2004), El Cielo Llora por mí (2008). Es editor de la revista cultural centroamericana Carátula. El listado completo de sus publicaciones, premios, reconocimientos y honores académicos, aquí.

En 1977 encabezó el grupo de los Doce, formado por intelectuales, empresarios, sacerdotes y dirigentes civiles, en respaldo del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) en lucha contra el régimen de Somoza. En 1979, al triunfo de la revolución, integró la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional. Fue electo vicepresidente en 1984. Desde el gobierno, presidió el Consejo Nacional de Educación y fundó la Editorial Nueva Nicaragua en 1981.
En 1990 fundó en Managua el periódico El Semanario, que se publicó a lo largo de diez años.
En 1995 fundó el Movimiento Renovador Sandinista (MRS), a la cabeza de quienes buscaban un camino democrático para el sandinismo.

(La serie fotográfica de los que sobreviven de los basurales de Managua, Life of a Scavenger, por Jan Sochon, aquí.)

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