Meritocracia en Kandahar, por Ulrich Ladurner

June 11th, 20102:22 pm @

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foto: Ulrich Ladurner

En la base aérea de la OTAN en Kandahar, al sur de Afganistán, viven casi veinte mil soldados. Hay tres comidas al día, y todos los víveres llegan a Kandahar por vía terrestre. Una caravana sin fin de camiones se extiende desde el puerto pakistaní de Karachi hasta Kandahar, cruzando el paso de Bolán. La ruta atraviesa áreas controladas por los talibanes.

Era un día muy caluroso, con 44 grados a la sombra. Me disponía a comer en la carpa-comedor de la base aérea, que tiene una longitud de varias decenas de metros. A simple vista pude ver todo lo que los camiones traían de Karachi: en largas mesas de bufet había ensaladas, aceitunas, zanahorias, pepinos, rábanos, rabanitos, papas, gulash, sopa de verdura, carne al horno, hamburguesas, salchichas, pollo, milanesas, arroz, fideos, mousse de chocolate, torta de frutillas, torta de ricota, torta de chocolate, tiramisú, crème brûlée, helado, café, té verde, té negro, té de hierbas, té de menta, te ayurvédico. Y mucho más.

Me serví un plato y me senté frente a un holandés que me había ofrecido un lugar. Era alto y delgado. Sus ojos azules brillaban en el rostro quemado por el sol. Calculo que tendría unos treinta largos. Me comentó que había venido a Afganistán como instructor de policías. Y así, sin preámbulos, como si hubiera estado deseando poder largarla, me contó esta historia:

«Recientemente tuve que ir a hablar con un coronel de policía afgano porque había habido quejas; lo acusaban de haberse quedado con el sueldo de sus policías. Fui a su oficina y lo confronté. Primero intenté ser suave, y le dije: “Usted recibe el dinero que le damos para pagarle a sus hombres, ¿no es cierto?”

A lo que contestó: “Sí, seguro, ustedes son muy generosos. Pero quiero decirle que necesitamos más dinero, mis hombres están disconformes. Y un policía disconforme no es un buen policía; eso lo sabemos usted y yo”.

Sonreí y le dije: “Ah sí, claro. Pero hemos escuchado que no le está pagando a sus hombres. Parece ser que usted se queda con el dinero.”

Abrió los ojos muy grandes, y, lleno de indignación, exclamó:

“¡¿Qué?! ¡Me está diciendo que estoy malversando fondos! ¡Usted dice que estoy robando!”

“Hay quejas”, repliqué, en un tono conciliador, pero firme.

“¿¡De quién!? ¿¡Quién está diciendo eso de mí!?”

“No se lo puedo decir”.

“¡Dígame el nombre!”, ya casi gritaba.

“No”.

“¡Pero tengo que poder defenderme!”

“No puedo darle los nombres, pero le puedo decir que son muchos los que se quejan. Muchos.”

Hizo un largo silencio. Finalmente, se reclinó en su asiento y dijo: “Bueno, es verdad. Me quedo con algo de dinero.”

Esa confesión repentina me sorprendió.

“¿Qué dice?”

“Que me quedo con una parte del dinero si mis hombres no trabajan bien. Les pago menos sueldo”.

“Pero no puede hacer eso, va contra las reglas. Los hombres tienen derecho a un pago regular de su sueldo”.

El coronel de policía volvió a abrir los ojos muy grandes.

“No entiendo. En todos lados es así: aquel que trabaja menos, también gana menos. Eso lo aprendí de usted, sin ir más lejos.”

“¿Cómo? ¿Qué es lo que aprendió de mí?”

“El principio de la remuneración según el logro. Lo que cuenta es el rendimiento. ¿Cómo fue lo que dijo? Ah, sí: ‘Este país tiene que convertirse en una meritocracia’. Usted dijo que había que terminar con todo eso de los privilegios para los parientes, miembros del clan, hermanos de la tribu, etc. Sí, me acuerdo bien que usó esa palabra, meritocracia”.

“Bueno, puede ser”, le dije, “¿pero qué tiene que ver con el dinero que está reteniendo?”

“Está clarísimo”, me contestó. “Se lo doy en pago a mis hombres cuando mejoran su rendimiento”. »

El instructor de policías rió amargamente y me dijo: “Mire, acá las cosas son así. Son difíciles las cosas en Afganistán.”

Y se dedicó a engullir su carne al horno.

Traducción del alemán: Gabriela Pflügler (gabriela.pfluegler@aipti.org)

*****

foto: Nicole Sturz www.nicolesturz.eu

Ulrich Ladurner (1962, Tirol del Sur/Italia) fue durante muchos años periodista en Italia, Europa del Este y los Balcanes. Trabaja desde 1999 como editor de Exterior para el prestigioso semanario alemán Die Zeit, para el cual ha reportado desde Pakistán, Afganistán, Irán e Irak. Es autor de varios libros: ”Los agricultores en la montaña” (1996), “Islamabadblues” (2001), “Las mil y una guerras” (2004), “El Asadis” (2006), “El Tirol del Sur se encuentra en el mar” (2006), “La bomba iraní” (con GeroRandow von, 2006), “Por favor informen a Alá!” (2007) y “Solferino” (2009).

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