El artista, de Alberto Laiseca

31 mayo, 2010

(fragmento)

—¿Tiene alguna idea de cómo quiere que velen a su padre?

—No.

—El pack base es un coche fúnebre y un auto más para los familiares. ¿Va a necesitar más autos?

—No. Soy yo solo.

—El pack le incluye además ambulancia hasta el velorio y recepción de doce horas con cafetería. Le sale tres mil pesos con Peugeot 405 y cinco mil con Mercedes Benz.

“La muerte de este tipo equivale para mí a la caída de la Unión Soviética. Ahora entiendo lo que debió significar para los rusos. Como dijo uno de ellos: ‘Creíamos que el Sol no se podía apagar y el Sol se apagó’. Haberse muerto es casi una traición de su parte.Teníamos una buena transa. Mi genio fue ver su genio. A cambio le di casa, comida, lo liberé de las putas pastillas que lo transformaban en vegetal. ¿Pero por qué se murió?

Las cosas marchaban bien. Tal vez pueda hacerlo igual. A Losada le gusta lo que hago. No necesito a nadie. O sí. Sería mejor si este viejo puto estuviese. Creo que se murió nada más que para molestar.

Me gustaba coger con Ana. La mandé a la mierda porque me dejó solo. En ella yo busqué un cómplice. No: cómplice no. Me estoy expresando mal. Quise que me comprendiera. Que fuese mi compinche.Tu mina tiene que ser tu escudo. Contra las dudas.

Me cago en los que me dejan solo. Me cago en Ana y en el viejo.

Sería hasta gracioso, de no ser porque estoy cagado en las patas.Yo, que nunca fui bolche —y me siguen importando un carajo—, estoy viendo, sin embargo, un funeral soviético.

Marcha fúnebre de Chopin. Pero no como en la sonata, que es todo piano, sino que se suma un instrumento tras otro hasta constituir una orquesta gigantesca. Un peán mortuorio helado y fantástico.

Tan, tan, tatán, tatatáa, ta tán tatán.

Mientras las trompetas desfilan lentamente.

‘Sobre la cureña, arrastrada por un vehículo militar, van los restos de nuestro bienamado primer ministro Andrópov’ (o Kosiguin, o Leonidas Brezniev, da lo mismo). Toneladas de flores rojas. Deberán ser retiradas inmediatamente luego del homenaje, porque mañana olerán a podrido. ‘Ya no tenemos lugar adonde retroceder’, dijo Mihail Sergueievich, último premier soviético. Y esto se aplica a mí. Hasta ahora tuve muchísima suerte. Pero el viejo se me murió. Aunque a Losada le gustaron mis copias. Está enojado conmigo por lo de Italia, me doy cuenta. Es que ya no tengo lugar adonde retroceder. O doy el batacazo o cago fuego. No tengo otra. Con el viejo hubiera sido más fácil. Pero eso no quiere decir que solo no pueda. Después de todo, ¿qué es el genio? ¿No puede llegar a ser, en muchos casos, una suerte de superstición? Todos podemos. Y yo más, porque estuve aprendiendo. ¿Cómo hacía el viejo? Más vigor en el trazo. Eso.”

De la manera que sea: nuestro amigo no se puede sacar de la cabeza el peán fúnebre.Y con un agregado inoportuno y molesto: la parte final de Las campanas, de Edgar Allan Poe:“Son de hierro, las campanas del entierro”.

Muchos meses antes.

Jorge Ramírez, joven cansado y enfermo, esa mañana tomó servicio en su hospital.

Como siempre. En el pasillo una enfermera le largó un piropo:

—Hola, bombón. ¿Cómo estás?

—Bien, tesoro. ¿Y vos?

“¿Bombón de qué soy yo? De ácido nítrico y glicerina. Nitroglicerina. Un mezcla dulce e inestable. Hay una vieja película que vi por cable: El salario del miedo. Hay unos pelotudos que tienen que llevar en camiones esta explosiva garcha. Una simple loma de burro que te comas y fuiste. La nitro te hace volar por el aire con mucho donaire. Me identifqué muchísimo porque miedo es lo que me ha mantenido con vida. Leí en algún lado que el miedo es la condición esencial del mediocre. Pero no es cierto.Yo soy inteligente. Y algún día se los voy a demostrar a todos, manga de putos.”

Ramírez entra a una sala y se acerca a un viejo en silla de ruedas. Le dice al anciano con falso alborozo:

—¡Romano! ¿Cómo anda hoy mi paciente predilecto?

El viejo parece saber bien quién es. No lo mira. Junta energía y luego dice con una voz quebrada, cavernosa, imposible:

—¡Pucho!

Jorge le da uno y se lo enciende. Solícito como un hada cruel.

El anciano fuma lentamente, con dificultad. Su rostro confunde mucho. Parece abstraído. Pero una cosa es no darle pelota al mundo y otra muy distinta es no verlo.

Ramírez hace rato que llegó a la conclusión de que el viejo entiende todo. Es más: cree que podría hablar si quisiera, pero que, por alguna desconocida razón, se niega a hacerlo. “Romano es muy raro.Todos lo creen un vegetal.Yo no. Y tengo buenas razones. Una vez, hace mucho y por joda, le di papeles y lapiceras de distintos colores. Empezó a dibujar cosas extrañas. Es decir: yo de esto no sé, pero se me ocurre. Tengo guardadas decenas de rollos de dibujos suyos. Andá que el hijo de puta sea un genio o algo. No quiero ser enfermero toda la vida.Yo estoy para mucho más. Pienso que, de alguna manera, los guardias de las prisiones están presos junto con los presos. Y en este geriátrico de mierda lo mismo. De tanto cuidar viejos vos envejecés también. Terminás tu turno y vas a tu casa, pero seguís aquí. Estoy por llevar algunas cosas de Romano a una galería.Voy a decir que son mías, para que todo sea más fácil y no tener que andar dando explicaciones. Si gustan ya habrá tiempo de aclarar todo después.”

*****

Alberto Laiseca nació en Rosario el 11 de febrero de 1941, pero pasó su infancia en Camilo Aldao, un pueblo ubicado en el límite entre las provincias de Córdoba y Santa Fe. Trabajó en diferentes oficios en distintas provincias: fue cosechero, empleado telefónico, corrector de pruebas de galera en el diario La Razón. Protagonizó el antológico programa de TV Cuentos de terror en I-Sat y condujo el ciclo Cine de terror en la señal Retro. Es el autor de la monumental novela Los Sorias y ha publicado, entre otras, las novelas Su turno para morir (1976), Aventuras de un novelista atonal (1982), La hija de Kheops (1989), La mujer en la muralla (1990), El jardín de las máquinas parlantes (1993), Beber en rojo (2002) y Manual Sadomasoporno (2007), los relatos de Matando enanos a garrotazos (1982), el ensayo Por favor ¡plágienme! (1991) y los Poemas chinos (1987). Laiseca es uno de los protagonistas de la película El artista.

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