Julie Reynolds era reacia a escribir sobre gángsters y pandillas. Había vivido en México, donde aprendió español y trabajó como artista plástica hasta que, siguiendo los pasos de su madre, se hizo periodista. A fines de los 90, mientras editaba El Andar, una revista literaria para latinos de los Estados Unidos, se negó a cubrir el mundo gangsta: creía que, de hacerlo, colaboraría a mantener el estereotipo que identifica a latinos con matones. Pero pronto se vio enfrentada a la realidad de una creciente cantidad de jóvenes que morían en los pueblos agrícolas de la zona, y se dio cuenta de que tenía que encontrar un modo de cubrir la tragedia. Dice Reynolds: “Si no reporteábamos con honestidad los motivos complejos por los que tantos niños estaban matando a otros niños, HBO, FOX News o cualquier otra corporación mediática lo haría por nosotros, y sin duda lo entenderían todo mal”. Eso fue hace ocho años. Hoy, Reynolds cubre exclusivamente casos de violencia juvenil en Salinas para el Monterey County Herald. Completó el documental del que habla en este texto, Nuestra Familia, para PBS, el prestigioso sistema de televisión pública y sin fines de lucro de los Estados Unidos.
Aquí cuenta una historia sobre la guerra declarada entre los norteños –chicanos (méxico-americanos) de segunda y tercera generación, normalmente de los pueblos agrícolas del Norte de California– y los sureños –inmigrantes mexicanos y californianos del Sur–. Los norteños visten de rojo, los sureños de azul. Los norteños pertenecen a la pandilla Nuestra Familia, cuyos líderes manejan todo desde la prisión. Los sureños responden al grupo de la mafia mexicana (también en prisión) conocido como La Eme. “Y hasta allí llega –dice Reynolds–la ideología”. Y concluye: ”Lo más triste de la pinche guerra norte-sur es que ni los mismos pandilleros saben por qué y para qué están matándose”.
***
Entré al mundo de las pandillas por el estacionamiento de un centro comercial. Estábamos en la zona norte de Salinas, California, el pueblo agrícola que es célebre por haber sido el lugar de nacimiento de John Steinbeck y escenario de su novela épica Al Este del Paraíso.
Los muchachos mataban el tiempo frente a un local de video. Vestían remeras y cinturones rojos, uno llevaba una gorra de los Cornhuskers, el equipo de fútbol de Nebraska. No es que fuera un fanático del fútbol del medioeste: lo que importaba era que era roja, y con la N blanca en mayúsculas en el frente cualquiera pensaría que estaba hecha a medida para pandilleros. Me pregunto si los vendedores de artículos deportivos entienden, si siquiera les importa, el motivo de la epidemia de Cornhusker en el norte de California.
Media docena de norteños adolescentes estaban apiñados frente al local. Quería hablarles, pero no lo hice. En el mejor escenario, se morirían de la risa. En el peor, bueno… Me quedé en el auto, lista para arrancar e irme, pero no hice girar la llave. Se suponía que estaba haciendo un documental –mis colegas trataban de interesar a HBO—y tenía trabajo por hacer. Me forcé a salir del auto. Mientras atravesaba los puestos vacíos del estacionamiento frente al gigantesco logo rojo de una cadena, traté de pensar en algo para decir que no los hiciera enojar, segura de que cualquier palabra que saliera de mi boca inspiraría impulsos asesinos. Al verme, los muchachos se quedaron inmóviles. Me miraron fijo, con ojos asesinos. Yo había visto esas miradas en unos muchachos sureños que una vez nos rodearon a mí y a otro periodista con sus bicicletas como en un encierro del viejo Far West.
Intenté devolverles la mirada, pero sus ojos vacíos me hicieron desviar la vista. Me debatí internamente en busca de una fórmula con la que romper el hielo, que los convenciera de hablarme.
–¿Quién quiere salir en HBO?—les solté, sonriendo como una idiota.
Me insultaron y salieron corriendo; todos, salvo el de la gorra de Cornhuskers.
Desde ese día, acompaño a GQ y sus amigos mientras venden drogas, las consumen y fanfarronean con sus armas. Cada vez les prometo que eliminaré sus nombres y borronearé sus caras si la película sale al aire, y ellos, generosos, me convidan saques de metanfetamina que amablemente rechazo –GQ no es su nombre real, pero es como lo llamo yo y a él le gusta–.
Un día caí en la cuenta de que un rival de GQ podría tener la idea de atacarlo justo la tarde en que yo estaba en su living mirando American Me. Aun así, seguí yendo a su diminuta casa de clase media porque me invitaba. Me presentó ante su mujer y sus amigos como “mi productora”. Me dijo que había aceptado que lo filmara cuando vio una pila de libros y revistas chicanos en el asiento trasero de mi auto. Le había impresionado que buscara tan seriamente “entender a la raza”. Los libros habían quedado allí de cuando editaba El Andar: me alegré de ser tan dejada, de no haber limpiado el auto en meses. La dejadez fue mi ticket de entrada al submundo de los norteños.
GQ era un gángster de bajo rango, un vendedor de drogas de veintipocos años. Sus antecedentes criminales incluían una condena por robo, salpicada por violaciones a su libertad condicional cada vez que lo atrapaban vistiendo algo rojo. Sus hijos siempre estaban vestidos en “nuestro hermoso color”, decía GQ.
Pese a su lealtad, no parecía circular por el carril de ascenso rápido que lleva de norteño a Nuestra Raza, un tipo de gángster de nivel intermedio que cíclicamente entra y sale de prisión. Y no estaba ni remotamente cerca del peldaño superior, Nuestra Familia, la compañía hermana de esas pandillas, que tiene su centro de operaciones en la prisión estatal de Pelican Bay, cerca de la frontera con Oregon.
Así que GQ seguía siendo un norteño raso. No había pasado suficiente tiempo preso como para entrenarse en los asuntos más intrincados de La Causa. Era en la cárcel donde afinabas tu disciplina y tus tácticas de guerra. Ya habría tiempo para eso; por ahora, GQ disfrutaba una vida simple de vendedor y consumidor de drogas. Y enviaba su parte a los generales en Pelican Bay, aunque no sé si llegaba al 25 por ciento requerido.
En un día de cielo azul glorioso nos sentamos al sol, uno junto al otro, en su vereda. Estábamos en una parte cuasi-suburbana de Salinas, lindante con los campos de cultivos. Salinas es la única ciudad que conozco que tiene campos justo en el medio, una “metrópolis de campo de lechuga”, como la llama el poeta del hiphop Marcos Cabrera. Es un terreno incongruente de 182 hectáreas rodeadas por un hospital y una cárcel, un estacionamiento de trailers, campos de rodeo y un barrio nuevo de clase media en el que las calles llevan nombres de santos ingleses –está la calle Saint Edwards, y la Saint Albans Court. Si volaras de noche por encima de Salinas, en camino a San José o San Francisco, verían un gran diamante negro engarzado en un lecho de luces ciudadanas. El diamante es el terreno cultivado, el lecho de un lago que fue desagotado y durante medio siglo ha sido cultivado por las familias Higashi, Hibino e Ikeda.
Desde los días en que los primeros misioneros y rancheros arrebataron la tierra a los nativos Ohlone, la Costa Central de California ha mantenido una tradición de nunca extraviarse en el camino de la agricultura. Nuestra Familia, la madre de todas las pandillas de norteños, tampoco se ha extraviado. Salinas es una ciudad agrícolo-mafiosa, con cerca de un millar de muertes en su haber. Durante tres décadas, Nuestra Familia ha mantenido el control sobre los pueblos agrícolas del Oeste: Modesto, Stockton, Los Baños, Visalia, Santa Rosa y Watsonville. Y sobre la mayor parte de Salinas, la Ensaladera de los Estados Unidos. Nuestra Familia ha incursionado también en algunas ciudades de tamaño considerable: San José, San Francisco, Sacramento e incluso Berkeley, donde Los Muros del Pueblo están rociados con el grafiti rojo del Norte.
Pero su fuerza yace en el Oeste rural. Tiene pandilleros en Arizona, Nevada y Idaho, y me he encontrado con algunos en la zona vitivinícola del estado de Washington. Allí donde hay agricultura, acecha la pandilla.
Hace treinta años, sus rivales de la mafia mexicana de Los Ángeles los llamaban, con sorna, farmeros. Hoy los llaman Busters (en mexicano, “cuate”) chicos que no saben que el apelativo viene de sodbusters (granjeros).
Pero los norteños ya no trabajan los campos. Los gángsters como GQ son ciudadanos norteamericanos de segunda o tercera generación que prefieren el fútbol americano antes que el fútbol, el rap antes que el rock en español, el inglés por sobre el español. Aunque los chicos involucrados lo negarían, la guerra en las calles se ha convertido en una guerra civil entre asimilados e inmigrantes. El Norte contra el Sur. Y existe otro frente, más engañoso: el que ocurre en los niveles más altos de Pelican Bay entre hombres con condena perpetua, hombres que toman las decisiones de lo que ocurre en los terrritorios de la droga en el Oeste americano.
GQ está contento de colaborar a construir el imperio de las drogas; no es como los norteños de la vieja escuela que idealizan sus orígenes de farmero. Los de vieja escuela ignoran convenientemente la doctrina de la no violencia de César Chávez y se tatúan el logo del águila (NdlR: el símbolo del sindicato de los granjeros fundado por Chávez, United Farm Workers) para exhibir su adhesión a La Causa –su causa, no la de los granjeros. GQ es de la nueva generación, y aunque lleva en su 4×4 una patente con el motivo de la Ensaladera, no venera el legado de orgullo Chicano de Salinas. No le significa nada vivir en la ciudad a la que las viudas de Martin Luther King y Robert Kennedy vinieron a visitar a Chávez en la cárcel durante el boycot de la lechuga de 1970.
“Al diablo con César Chávez,” dice GQ. “Yo nunca tuve que trabajar en el campo”.
***
Todavía era de mañana, pero GQ prendió un porro.
Me dijo que habían encontrado a la novia de Sleepy panza abajo, “muerta de un disparo en un campo de frutillas”. Lo dijo en tono casual, mientras inhalaba.
Sleepy –es el nombre que le dí—era su amigo íntimo. Me caía bien. Era amistoso, siempre dispuesto a mostrar sus tatoos recién hechos. A decir verdad, parecía… dulce. Al comienzo me pregunté si Sleepy sería capaz de convertirse en un criminal en serio, más allá de darse saques y de llevar consigo un arma de tamaño formidable. Los viejos revólveres, me dijo, se estaban poniendo otra vez de moda porque, a diferencia de las semiautomáticas, no dejaban rastro de cartuchos. Era una lección útil, pero seguía sin estar convencida de que Sleepy hubiera usado el revólver contra un enemigo alguna vez. Como dije, me caía bien.
He aprendido a no juzgar nunca a un gángster por su encanto.
Sleepy estaba prófugo, me dijo GQ. “Los canas dicen que es el sospechoso. Pero no fue así.”
Se rió –una risa fría y dura como metal. Me sorprendió que fuera capaz de disfrutar la agonía de su amigo.
“Ella era informante de la policía de Salinas”.
“¿Quién la liquidó?”, pregunté.
“Ya sabés”.
Lo sabía. Bueno, lo sabía en un sentido genérico. Nuestra Familia ha matado más miembros propios que enemigos.
No me iba a decir nada más al respecto. GQ puede ser un bocón, pero no rompe las reglas: nunca dar nombres, nunca hablar de los negocios de la pandilla. Giró para mirarme mientras le daba otra pitada a su porro. Era una mirada hueca, morosa, que decía: “En caso de que vos estés pensando en hablar con la cana…”
***
Luego de un día deprimente que comenzó con GQ y terminó con un tiroteo en el estacionamiento de una iglesia, fui a ver al pastor Frank.
Frank fue alguna vez un apasionado por todo lo Latino y un traga especialista en software de San Diego, que, se dice, hizo dinero en su época. Cómo fue de eso a pastor de la zona más pobre de Salinas es una historia que todavía espero escuchar.
Compensa el brillo de su BMW gris platinado con una cruz de madera, tallada a mano, que lleva como colgante, y unos anteojos que llevan diminutas águilas de United Farm en los costados. El pelo peinado hacia atrás, con incipientes canas, le da un aura de “tío piola” –suficientemente viejo para ser sabio, con suficiente onda como para ser divertido. Frank y su esposa dirigen en su iglesia un programa extracurricular que ha mantenido a unos cuantos chicos del Lado Este lejos de las pandillas. Para las almas que ya están perdidas, es capellán en la cárcel y en la sala de emergencia del hospital, y así es como llegó a conocer a tantos miembros de Nuestra Familia; en un momento, conocía a toda la banda de Salinas.
Los gángsters lo respetan, tanto que uno tuvo la deferencia de señalarle que el águila en sus anteojos podía ser vista por la policía como una señal de su pertenencia a una pandilla. Cuando salen de la prisión estatal, lo que suele ocurrir en un momento u otro, gángsters de ambos bandos de la guerra Norte-Sur lo incluyen en su lista de visitas.
Como yo, el pastor no tenía idea de que nada de esto existiera hasta que llegó aquí. Llegás a Salinas y te encontrás con chicos como GQ que creen que todo esto en normal, que todo pueblo en los Estados Unidos tiene familias con tres generaciones de pandilleros, tiene su mercado negro de armas, y una banda que rige sobre los campos de frutillas y las calles polvorientas según las órdenes llegadas de una prisión a 650 kilómetros de distancia.
Luego conocés a los gángsters, tipos amables con nombres como Stalker (Acosador) o Shadow (Sombra), que pueden ayudar a una abuela a cargar la bolsa de las compras y al minuto siguiente le están cortando la garganta a un enemigo, y entonces estás en un mundo que no podés describir a tu mejor amigo porque no hay con qué compararlo, no hay terreno común del que agarrarse.
Estábamos con el pastor Frank afuera de su iglesia, las montañas Gabilan imponentes a su espaldas. En los anocheceres de verano, cuando las nubes de niebla se enroscan alrededor de los picos de las montañas y rodean el gran hoyo que es el valle, el sol se las arregla ocasionalmente para asomarse por sobre la bruma y en las puntas de las colinas una línea brillante de luz enciende la cadena montañosa. Los campos en declive y las faldas de las colinas están oscurecidas por la sombra de la noche, pero la mitad superior queda iluminada por el oro suspendido de la tarde.
Mitad oscuro, mitad luminoso. Es la hora del día que más disfruto aquí.
“Esta es tierra de Dios”, dije.
“Me alegra que lo sepas”.
El pastor sonrió. Probablemente era un guiño para que me sumara a su servicio religioso de los domingos, oferta que yo siempre declinaba. Pero él entendió que lo que quería decir era que amo este lugar, igual que él lo ama, pese al dolor que se cierne sobre él, como esas nubes. Un día voy a preguntarle al pastor cómo se arregla para con vivir con el corazón siempre roto.






May 20th, 2010 → 5:06 pm @ elpuercoespín
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