Apuntes sobre un siglo, por Carlos Altamirano

18 mayo, 2010

Carlos Altamirano (1939) es uno de los intelectuales más destacados de la Argentina. Enseña en la Universidad Nacional de Quilmes, donde dirige el Programa de Historia Intelectual. Publicó más de una docena de libros, entre ellos Literatura/Sociedad (1983), en coautoría con Beatriz Sarlo; Frondizi: el hombre de ideas como político (1998), Peronismo y cultura de izquierda (2001), Bajo el signo de las masas, 1943-1973 (2001), Para un programa de historia intelectual (2005) e Intelectuales. Notas de investigación (2006). Su último trabajo es Pensar en la Argentina. Entre dos centenarios, donde trata de responder a la pregunta: ¿cómo han pensado su país los argentinos en los cien años que van de 1810 a 2010? Los siguientes apuntes surgen de una conversación reciente con el puercoespín.

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Creo que la situación argentina es un poco paradójica. Desde el punto de vista de las posibilidades, la Argentina está en una situación excelente. Incluso la situación económica es una situación buena. Si uno escucha lo que dicen algunos economistas, pero sobre todo a actores del juego económico como los empresarios, ellos entienden que la situación es buena y que va en sentido, incluso, de un mejoramiento; que el contexto internacional le vuelve a ofrecer a la Argentina, eso está dicho y redicho, una situación comparable a la de comienzos del siglo XX. La aparición de China y la India, un mercado inesperado que demanda –y por un tiempo muy largo– mercancías que produce la Argentina. Lo que confirma para mí un juicio que uno puede extraer en una visión sinóptica de los cien años que van de 1910 a 2010: que el problema argentino ha sido siempre, o fundamentalmente, un problema de orden político más que de orden económico-social. Esto no significa que no haya habido esos problemas o que, sobre todo, los problemas de orden político han arrastrado problemas económicos y problemas sociales.

Lo que emerge es: ¿cómo es posible que los argentinos no logren encontrar una fórmula de convivencia política en torno de cierta idea sobre la Argentina y de cómo se inserta en el mundo? No creo que haya muchas alternativas respecto de cómo puede producirse esta inserción.”

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Hay una cosa que uno puede percibir si observa la escena con cierto control del apasionamiento. En realidad, el radicalismo, que sería hoy el principal partido opositor, no tiene un programa básicamente diferente del que está en curso. Independientemente de correcciones, si uno tuviera que definir en un trazo grueso, finalmente no es sino mercado con regulación estatal. Y el radicalismo, por principio, no podría oponerse a la cuestión del uso de las reservas del Banco Central (Ndr: para el pago de la deuda externa). Si uno se fija cómo han declarado los dirigentes radicales, nunca han puesto el punto sobre que esas reservas sean intocables. Eso es más parte del discurso liberal, pero el partido radical no es un partido liberal, es un partido que trata de unir cierto liberalismo político con una democracia social, todo lo cual hace que uno pueda decir que gran parte del pueblo político en la Argentina está hoy más cerca del partido del Estado que del partido del mercado. Y la discusión se libra más, dentro de este terreno, en relación con los procedimientos, que como se hubiera podido librar en 1999 o en 1991. Lo que hace difícil, más allá de la cuestión de las candidaturas, eso que proclama el diario La Nación: por qué la oposición no se junta. En eso juega obviamente la rivalidad de candidaturas, pero también, puesto a exponer sobre cómo salir de aquí en adelante, ese arco hallaría difícil encontrar algo así como un plan de gobierno compartido.”

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El partido del mercado puede ser un partido liberal o un conjunto de fuerzas que se identifican como conservadoras, no como liberales, o como liberales, no como conservadoras, y, del otro lado, el partido socialdemocrático o alguna versión del reformismo que hace del Estado un agente activo en la vida social y económica. No creo que en el horizonte de la Argentina esté una salida de ese cuadro de alternativas. ¿Qué hay de propiamente argentino? En realidad,  ningún partido político ocupa el lugar titular de esa fuerza del mercado. Ahí el peronismo obra como gran movimiento transversal que puede desempeñar diferentes papeles en esta interacción entre partido del Estado y del mercado. Uno podría decir: hoy, la versión kirchnerista es la que asume el papel de partido del Estado, mientras que en la era de Menem… No diría que ocupara el lugar del partido del mercado. Menem nunca hizo una exaltación del liberalismo político. Yo creo que él decía: esta es hoy la solución a la que empuja el mundo y sería necio oponerse a ella. Creo que si el contexto hubiera sido otro, Menem hubiera seguido otro camino. No quiero aquí ni defender ni caracterizarlo, pero él es un dirigente entre pragmático y oportunista, y creo que esa es una parte de la escuela política del peronismo, un partido más inclinado hacia el realismo que hacia el ideologismo, es decir, a lo que se llama un partido de ideas, que se propone la realización de una ideología. De modo que eso sigue vigente porque creo que es un rasgo de los tiempos actuales, no sólo para la Argentina sino para el mundo.”

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Creo que se ha generado un consenso en torno a la condena al golpe de Estado y la necesidad de la justicia, que la justicia se ejerza sobre los culpables. La cuestión es cómo salir de ese trance que liga al país al pasado: cómo conferirle un rostro al futuro argentino. Creo que ese es uno de los problemas que están pendientes, y cómo actuar con ese legado si se quiere construir una Nación que tenga un porvenir. Creo que hay varias cuestiones: una de orden político y otra de orden cultural, ético, eso que se llama una afectividad colectiva; lleva mucho tiempo hacer el duelo de esas pérdidas. El hecho de que sean desaparecidos duplica lo que es la elaboración de esas pérdidas. Es una cuestión que sigue abierta.”

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“Creo que desde comienzos de siglo XX, o si quiero fijar el centenario como fecha, la cuestión de conciliar República y Democracia aparece como una tarea que nunca termina por resolverse. Los republicanos aparecen asociados a una empresa que tiene que ser regida por elites políticas o intelectuales, es decir, por elites cultivadas, y en el curso de esta empresa surgen movimientos, primero el radicalismo, después el peronismo, que alteran este cuadro. Son movimientos que democratizan la participación política, en el caso del radicalismo amplía la democratización política y es lo que hace pasar de una República oligárquica a una República democrática, y aun cuando parece fracasar; porque alguno podría decir que el golpe de Estado de 1930 implica, entre otras cosas, también el fracaso del radicalismo, lo cual es cierto, pero torna obsoleta cualquier solución que implique una restauración de la República oligárquica. Esta puede funcionar fraudulentamente pero no negar ya los derechos políticos que se han instituido. Cuando aparece el peronismo, incorpora masas de trabajadores, masas populares, pero esas otras masas que son las mujeres, con el voto femenino. O sea: democratiza no sólo política sino también socialmente el universo de los que entran en el juego político. Esto hace aún más inviable cualquier pretensión de volver, no digo ya a 1930, de volver a 1943. Pero ni el radicalismo, por lo menos no el radicalismo de 1916 a 1930, ni el peronismo, van a tener su fuerte en la gestión republicana del poder. Esa contraposición sin resolución yo creo que es una cuestión aún pendiente. Formalmente, ateniéndonos a la Constitución, nosotros somos un país que se rige por un régimen representativo, republicano, etcétera. Pero los partidos populares han sido más… ¿cómo decir?, han estado más ligados a la idea de la democracia como soberanía popular, soberanía del pueblo, que a la idea de democracia vinculada al funcionamiento republicano de las instituciones. Y los que han reivindicado este funcionamiento en general lo han hecho frente a gobiernos populares, mientras bendecían muchas veces intervenciones militares para educar al pueblo, para que el pueblo finalmente aprendiera a votar. Que es la idea de que el pueblo va a poder votar cuando en realidad haya sido civilizado políticamente”.

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Hay algo que destaca a la Argentina respecto del contexto inmediato, no voy a decir de todo el contexto de hispanoamérica pero digamos del Cono Sur –si uno compara con Uruguay, con Chile, aún con Brasil–: la Argentina ha sido un país al que le ha costado elaborar una elite de relevo de la elite tradicional que procedía de aquella Argentina oligárquica (Ndr: del Centenario). El radicalismo no pudo producir ese relevo. El peronismo no lo pudo producir enteramente. De una manera que uno puede observar en un lugar que pareció también muy destrozado por la experiencia de la dictadura, como fue el caso del Uruguay. Pero ahí uno ve lo que se llama en el lenguaje politológico una “clase política”. Primero, la clase política tradicional, la de los dos partidos: colorados y blancos. Pero ha surgido otra, que muestra capacidad de gobierno pero capacidad de inclusión de los otros dentro del orden que se crea a partir de su predominio. Creo que el ejemplo que da Mujica no puede ser entendido en sentido inmediato, tiene que ser situado en una tradición política, la uruguaya, que ha sido diferente de la argentina. Chile: se va Pinochet y reemergen, no digo los mismos individuos que habían sido perseguidos, pero, de nuevo, una elite política que gestiona el país durante veinte años y que encuentra la manera… Uno podría decir, había una tutela militar que seguía obrando, pero de todos modos encontró una manera de administrar esta mezcla de capitalismo con cierta regulación estatal,  no mucha, más parecido a un gobierno liberal que a un gobierno socialdemócrata, con algunos elementos de socialdemocracia. Hoy se produce un traspaso, viene un gobierno conservador y Chile se parece al Chile de siempre: conservadores y socialistas, o reformistas. La política brasileña es una política de elites, de grupos, no de partidos, donde el transfuguismo es un hecho regular. ¿Cambió eso? No mucho. Pero se ha ido regularizando una vida institucional, donde no son traumáticos los pasajes de un orden al otro y no aparece esta tentación que a nosotros nos asiste permanentemente, y muchas veces lo queremos, la tentación refundacional. La idea de que hay una especie de punto cero en la historia en que podés edificar todo de nuevo.

La Argentina ha sido, socialmente, el país más igualitario del continente. El igualitarismo es más fuerte en la Argentina que el sentido del mérito: ¿por qué está él ahí y no también yo? Tal vez eso, que se expresó muy bien a través de los movimientos populares –el radicalismo mucho más que el socialismo en las primeras décadas, el peronismo de la segunda mitad de los 40 en adelante– no fue un factor que ayudara a producir esa diferenciación que da lugar a la formación de elites, de minorías. Ese es un problema, sobre todo si a eso se le añade algo que yo creo que pertenece a una historia más larga, y no le encuentro otra fórmula que esta que no sabría explicar muy bien: es como si los argentinos amáramos más la discordia que la idea de la empresa común. Una inclinación a buscar siempre el gran culpable de las frustraciones colectivas o personales, una mayor inclinación en los grupos políticos, en los partidos, a concebirse como la representación del bien y al otro como el mal y nada más que el mal, lo que hace el antagonismo la forma de existencia de la vida política, y poca proclividad a reconocer errores propios y aciertos en el otro: la tendencia que tiene la sociedad argentina y sus representantes a dividirse contra sí misma, por así decirlo.”

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Yo diría que la inclusión en los cuadros de la administración de la República oligárquica fue el último momento en que una parte de las elites intelectuales fueron parte del juego político. Desde los años 20 en adelante el mundo de los intelectuales ha estado más a distancia de la vida política que incluido en ella. Los discursos de Martínez Estrada o de Mallea eran discursos que interesaban a otros intelectuales, que tenían poco eco fuera del mundo de las letras, del mundo de los escritores. El esfuerzo mayor por parte de una elite para instituirse como un mundo culto de relevo respecto de la antigua elite liberal fue el realizado por los nacionalistas y finalmente fracasa. Es una elite muy chica, en 1930, y por lo tanto juega un papel de poco relieve; y al poco tiempo se considera que ha apoyado a una espada sin cabeza que es el general Uriburu. No era chica y tenía mucha gravitación en los años 40, pero el César al que aspiraban no responde a las expectativas, les parece demasiado vulgar, demasiado interesado en ganar las elecciones más que en ocupar un lugar en la Gran Historia. Luego ven que Perón no es la revolución nacional prometida sino una revolución más social, pero no se desplazan, hasta el 54, hacia la oposición, porque temen a ese mundo liberal comunista, como ellos lo ven. Cuando se produce el conflicto entre Perón y la Iglesia sí se pasan abiertamente a la conspiración. Tampoco logran hacer ese relevo de elites los católicos, pese a que hay un empeño por ser, no digo los que gobiernan, pero sí gravitar entre los que mandan.

Yo creo que hoy es muy visible el papel de los periodistas en ese rol de ideológos, creo que a veces por extensión de lo que ocurría en otras partes, o mejor dicho de lo que presuntamente ocurría en otras partes, porque yo tampoco creo que el pensamiento de Sartre fuera tan relevante para el mundo político francés.

Yo diría que esta separación de los intelectuales y la política no ha sido buena ni para los primeros ni para la segunda. Creo que la política hubiera sido mejor sin ella. Está el caso de Chile, donde hay mucha más interacción entre elites intelectuales y política; también hay más en el caso de Uruguay, hay más en el caso de Brasil. Marco Aurelio García es el asesor por excelencia de Lula. Es un cuadro intelectual, como uno diría, formado más o menos en el mismo mundo de Portantiero, Aricó… Eso parece impensable en el caso de la Argentina. Hubiera sido bueno, creo yo, para los políticos y la política, y hubiera sido bueno para los intelectuales, porque los saca de la inclinación a la abstracción y la representación fantasiosa de lo que es el mundo político, la acción política. No quiero hacer el papel de Maquiavelo de suburbio, pero creo que un poco de irrealismo es una característica bastante general de los intelectuales argentinos. Muy inteligentes, brillantes a veces; pero más brillantes como moralistas públicos que en la complicación política, en la formulación de la realidad.”

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“¿Cómo decía Perón? El pescado comienza a pudrirse por la cabeza. Yo creo que hay una responsabilidad de las elites. Primero. El gobernante tiene una función docente que contribuye a la formación de un cierto espíritu público. Yo diría que hay una responsabilidad fuerte de las elites políticas. Pero la sociedad tampoco es una gran señora inocente de que esto ocurra. La tendencia a involucrarse sólo ocasionalmente en la vida cívica, de ver la política como un lugar donde corrés riesgos a menos que hagas buenos negocios, no es un hecho de los últimos 30 años ni de los últimos 50 años. En los años ‘20, ‘30, incluso antes (es un tema de Sarmiento, por ejemplo), los nacionalistas atribuían el no involucramiento al carácter inmigratorio de buena parte de la población de la ciudad. Esto tiene su historia y su tradición. Hay otra cosa, me parece, que es distinguir este gran escenario ruidoso, la gran vidriera que es Buenos Aires, y el resto del país. Hay cosas que ocurren en Buenos Aires y no ocurren en otros lados. Son más estables las lealtades en el interior de la Argentina. Te puede parecer bien, es un mundo más conservador, o te puede parece mal, como lo juzgues. Pero finalmente si uno se pone a pensar cuáles fueron los escenarios más importantes del rechazo del 2001/02, fue Buenos Aires fundamentalmente y algunas otras pocas ciudades.”

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“A fines del 2002 yo escribí un artículo que salió en (la revista) Punto de Vista. Mis compañeros de redacción no compartían mi visión. La idea que expuse era que no había ocurrido lo mejor ni había ocurrido lo peor. Y esto quería decir: lo mejor hubiera sido que la crisis produjera una renovación de la representación política y una reconexión entre representados y representantes. No se había producido eso y uno veía reaparecer a viejos actores en la escena política, abriéndose paso hacia las elecciones del 2003. Pero no había ocurrido lo peor tampoco, que hubiera sido el descarrilamiento del país, cosa que nadie podía descartar en abril del año 2002; incluso la posibilidad de la fractura del país: la multiplicación de las monedas, todo hacía pensar que la Argentina no tenía asegurada su viabilidad nacional. Entonces, efectivamente hubiera sido bueno que esa crisis produjera esa renovación que reconectara el mundo político y el demos social. No ha ocurrido. Sin embargo, ha ocurrido algo que en un momento determinado, no digo que diera respuesta a la cuestión de que se vayan todos, pero de hecho le otorgó a Néstor Kirchner la posibilidad de obrar con una libertad con que no hubiera obrado en el contexto anterior. Es decir, en un momento en que parecía que se elegía un Presidente débil, él logra usar los recursos que tiene el Ejecutivo como no se había hecho en los años de la democracia política –y, yo diría, en mucho tiempo– y responder a una demanda que era más silenciosa que declarada: una demanda de gobierno, un momento en que la sociedad pidió que el gobierno gobierne. Y creo que uno puede registrar el rechazo a una elite política corrupta, incompetente, irresponsable, porque era un poco una mezcla de todas estas cosas, no siempre eran corruptos, pero eran irresponsables, y si no eran irresponsables eran incompetentes para la gestión de los asuntos públicos; pero, poco a poco, se fue abriendo paso otra demanda, que no se hizo clamorosa pero creo que le dio a Kirchner un espacio que él empleó muy bien durante unos dos o tres años: la que quería que la política se pusiera en el puesto de mando y que el gobierno gobernara. Hubo una demanda de autoridad. De modo que la Argentina ¿qué quería? Seguramente no quería una sola cosa. Hay que recordar algo más: hay algo que dejó De la Rúa aparte de su incompetencia. La angustia que produce el jefe que no gobierna y que no decide. Yo creo que hay algo que difícilmente soporta una sociedad, cualquier sociedad: la incertidumbre. Yo creo que algún día se podrá analizar más desapasionadamente el período Kirchner y de cuánto él respondió, no sé si con entera conciencia del asunto, a esta demanda de gobierno, que el gobierno gobierne, y que ese gobierno no sea repartido entre tantos que se pelean y mientras tanto estamos nosotros acá sin saber para dónde vamos.”

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Creo que ese ciclo se agotó, ese ciclo que encarnó Néstor Kirchner en los tres primeros años, que fueron sus años virtuosos, y luego el cuarto año ya fue con más complicación, pero globalmente fueron los años de Néstor Kirchner. Vamos a emplear el vocabulario de la computación. Los llaman “los programas”. Yo creo que el grupo gobernante debió cambiar de “programa” cuando se pasa de Néstor a Cristina. Las demandas del 2003 no eran las del 2008. No haber detectado este cambio, esta necesidad de cambio de programa, es lo que afectó al gobierno de Cristina Kirchner desde temprano. La suerte también es un elemento que juega en el destino de los gobiernos. Se le presentó un hecho que es posible que le haya creado un problema muy temprano antes de que pudiera instalarse, que fue la valija Antonini-Wilson, que estalla casi cuando está Cristina Kirchner asentándose en la silla de Presidente. Y muy poco después el conflicto por la 125, que fue mal administrado políticamente, e incomprensiblemente, porque conocían a todos los actores y no podían poner a Biolcati y a Buzzi juntos. Pero no tengo una explicación. Habría que tener una información que yo no tengo para ver cómo se explica esto, que no se explique por el carácter, o la ceguera o cosas similares, que siempre se pueden emplear como razones. Por último, yo tampoco conozco bien la lógica del conflicto con el diario Clarín, que yo creo, hasta donde veo, abrió un frente de conflicto cuando ya se habían abierto demasiados. Creo que el gobierno comenzó a multiplicar los adversarios, cuando en general lo que se recomienda es achicarlos. Obviamente que estas cosas no se administran a voluntad, pero algo de eso ha ocurrido.”

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Uno podría decir: ha habido una renovación, pero la renovación ha resultado en parte decepcionante. Macri representa una renovación. No le ha ido bien, hasta ahora, en su condición de jefe de la ciudad. ¿Uno podría decir: tenemos un líder, conservador-liberal, o liberal-conservador, que ha logrado instalarse como una figura atractiva en el espacio político? No: no ha ocurrido eso. Creo que el peronismo que escapó a la debacle que experimentaron el radicalismo y el Frepaso en el 2001, y que apareció como el único espacio donde algo se preservaba en término de cuadros políticos, de dirigentes con experiencia de gestión y en condiciones de hacerse cargo del gobierno, cosa que ocurrió, ha sufrido un enorme desgaste en estos años, del 2003 hasta ahora. Mientras que el radicalismo tuvo tiempo para una especie de recomposición, el peronismo no lo ha tenido. Eso no es suficiente para pueda que considerarse que el radicalismo se ha restablecido –eso sólo podrá mostrarlo el tiempo, si logra acceder al gobierno–, pero la situación es de un enorme dinamismo.”

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One Comment → “Apuntes sobre un siglo, por Carlos Altamirano”

  1. Celia 2 years ago   Reply

    Excelente analisis de la actualidad y los antecedentes.Creo que nuestras perspectivas no son buenas politicamente.Tambien pienso que es demasiado optimista respecto al radicalismo.Siguen tan dispersos y desorientados …

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