Kapuściński Non Fiction, la muy esperada biografía de Ryszard Kapuściński escrita por Artur Domoslawski, apareció en Polonia en marzo. La traducción al español está prevista para finales de año. Desde su aparición, el libro ha provocado ya dos escándalos. Fuera de Polonia, por la revelación de que Kapuściński inventaba buena parte de lo que presentaba como retrato de la realidad. En Polonia, donde es una leyenda, el libro fue atacado principalmente porque puso en evidencia sus convicciones comunistas y su colaboración con el Partido en los años de la Guerra Fría.

Queridos amigos,
Dos meses han pasado desde la publicación de la biografía de nuestro maestro, Ryszard Kapuściński, de mi autoría, y me gustaría compartir con ustedes algunas reflexiones. El libro, como muchos de ustedes seguramente saben, ha despertado mucha polémica en mi país y los ecos de nuestro debate han llegado a otros países, otros continentes. Sé que también en Argentina han aparecido textos sobre el revuelo que levantó la publicación del libro. Me alegro, en particular, de que Clarín haya reimpreso un ensayo de Timothy Garton Ash, el eminente historiador británico, gran conocedor de Polonia desde hace muchos años.
Cuando estaba escribiendo el libro sobre Kapu, no sentía que estuviera traspasando límites. Creía que estaba escribiendo un libro sobre el hombre por el que me había interesado durante la mayor parte de mi vida, el hombre muy importante, tanto en mi vida profesional como personal.
Intentaba mantener hacia Kapuściński una actitud amistosa, pero, a la vez, concienzudamente crítica. Ser crítico no significa condenar. La amistad no implica barrer las controversias bajo la alfombra. El respeto no significa silenciar los hechos; al contrario,la falta de respeto es silenciarlos. Intentaba ser agudo pero evitaba emitir juicios, juzgar con severidad –no hay nada de eso en mi libro. No obstante -como lo ha dicho alguien- cada lector ha leído un libro diferente.
El debate que se mantiene en Polonia sobre mi libro me hizo darme cuenta de que no hay en nuestro país normas para escribir una biografía. O se escribe una hagiografía o un libelo. No hay modelos a mitad de camino.
Sólo en el transcurso del debate sobre el libro me di cuenta de que había traspasado algunos límites.
Traspasé el límite detrás del que no sabemos discutir abiertamente sobre nuestros grandes personajes, nuestras leyendas. No quiero decir que soy el primero o el único que lo hizo pero, puesto que se levantó tal clamor que se oye hasta fuera de Polonia, debo haber cruzado este límite.
Traspasé el límite de la narración sobre los tiempos del comunismo en Polonia. Hasta ahora, después del año 1989, dominaron dos tipos de narraciones: la narración de los partidarios de la derecha y de la Ley de Lustración – según la cual Polonia de la época comunista fue como una barraca dentro del campo de los países del bloque comunista, un país bajo ocupación, y los hombres como Kapuściński debían ser traidores si conseguían funcionar dentro del sistema. La otra narración, más indulgente con las personas como Kapuściński, supone que ellos tenían que hacer ciertas elecciones en la vida, pagar un precio para poder viajar y escribir algo con sentido, comprometerse, hacer concesiones. Esta narración no me es totalmente ajena, pero en mi libro propongo otra: para Kapuściński, la República Popular de Polonia fue su patria, su lugar en el mundo. Tenía todo el derecho a sentirlo así. Tal como lo resumió con agudeza un periodista destacado, comentando mi libro: para un comunista ¿qué concesión era pertenecer al Partido Comunista?
Otro límite cruzado es la narración sobre la Guerra Fría. Nosotros, en Polonia, tanto en los tiempos del régimen comunista como después del año 1989, estábamos acostumbrados a la idea según la cual el “buen” Occidente luchaba contra la “mala” Moscú por la libertad y la democracia. Las obras de Kapuściński rompen este esquema simplificado, sin embargo. Este valor de su literatura nunca ha sido aceptado en Polonia, o adaptado a la corriente principal del pensamiento, en particular, por los defensores del honor de Ryszard Kapuściński de hoy. Mientras que yo acepto la narración de Kapuściński, lo había hecho ya en mis libros anteriores. Kapuściński fue quien formó mis ideas sobre ésta y otras cuestiones. El entendimiento ideológico, la empatía por el mundo, la interacción extraordinaria entre el maestro y un periodista debutante constituyeron hace años el fundamento de nuestra relación.
Resulta que también traspasé los límites en cuestiones de moralidad, aunque no me daba cuenta de que lo estaba haciendo. En las biografías o artículos biográficos – debo admitir que no de los polacos – se escribe, por ejemplo, que un escritor famoso pegaba a su amante tanto que le dolía el puño (V.S. Naipaul) o que otro pasó su juventud en burdeles (G.G. Marquez). Nadie se indigna por estas historias –en ambos casos se trata de los ganadores de los premios Nobel. Y si alguien se indigna, lo hace por el comportamiento del protagonista y no porque el biógrafo lo escribió. Así que tengo dudas en cuanto a la sinceridad de los que se indignan en el caso de Kapuściński.
El debate ha revelado el nacimiento de un nuevo tipo de “mitificación”. En los últimos 20 años, principalmente, fueron los representantes de la derecha nacional-católica, los partidarios de la lustración, a quienes se consideraba como los “mitificadores”, defensores de la inmaculada inocencia del pueblo polaco y de sus grandes personajes. En el debate sobre Kapuściński, las tendencias mitificadoras muestran otro tipo de gente, mis colegas que se consideran liberales y herederos de la tradición irónica, burlona de Witold Gombrowicz. Con cierto asombro he observado que los herederos de la tradición de Gombrowicz, a la hora del debate sobre Kapuściński, se mostraron partidarios de las narraciones aduladoras, lisonjeras, aburridas.
El origen de esta tendencia a la “mitificación” por parte de personas que provienen del ámbito de la cultura liberal, me fue aclarado por la lectura de una carta que recibí de un personaje prominente de la generación del 68. Esta persona expresa arrepentimiento por la actitud de sus colegas, amigos, maestros. Explica que el problema está en el hecho de que me meto en la vida íntima de Kapuściński pero, aun así, comprende que, a veces, es necesario penetrar el funcionamiento de un personaje en su vida personal, íntima, emocional, para poder mostrar cómo la integridad de carácter y los logros en una esfera de la vida – pública, creativa– pueden ser pagados con un desequilibrio, atrofia o reinterpretación individual de los principios en la esfera considerada como íntima.
“Creo que mis amigos, al querer limitar el derecho a la descripción de un personaje contemporáneo a una cierta esfera de vida, delineada por su propio criterio del tacto y , sobre todo, su propio criterio de la verdad, quitan al escritor su derecho a ser fiel a sus propios sentimientos y a su fidelidad artística en el libro. ¿Por qué lo hacen? ¿Quizás envejecen mal? ¿Tal vez tienen miedo de confrontarse con su propio rostro visto en el espejo de la historia en sus futuras biografías, escritas sin censura? ¿No están preparados para esto…?”
Puntos de interrogación. O, tal vez, preguntas retóricas.
A mis críticos y a los defensores de la reputación de Kapuściński, que supuestamente he manchado, se les escapa lo que fue lo más importante en su obra y en su vida.
No me acuerdo de haber visto nunca a los defensores del honor de Kapuściński de hoy luchar por las causas cercanas al corazón de Kapuściński. Por ejemplo, toda su vida Kapuscinski escribió sobre el imperialismo americano. Pero yo me acuerdo muy bien que los defensores de Kapuściński de hoy llaman a tal lenguaje tonto, cegado y viejo. Sin embargo, Kapuściński no dejó de pensar de esta manera hasta el final de su vida.
No me acuerdo de haber visto a los defensores del honor de Kapuściński de hoy estar con él en la misma fila en su lucha idealista e intelectual por el mundo. En cambio, me acuerdo que al lenguaje que él usaba lo llaman populista e izquierdista. Me acuerdo que su modo de pensar encierra en una celda de risa.
Después del 11 de septiembre, tras los atentados en Nueva York y Washington, Kapuściński dijo: “No soporto más escuchar como todos se pronuncian sobre el Islam o la civilización árabe como si fueron expertos sobre el tema. O cuando planean a quién se debe matar, cobrar venganza o bombardear”. Después de la invasión de Iraq: “Hablar de la exportación de la democracia occidental es como un intento de justificar la expansión. Sí, es una buena idea – ironizó – pero, primero, hay que evaluar cuántos millones de vidas humanas va a costar. ¿Quién se hará responsable? ¿Cuántas generaciones durará esto? ¿Cuántas centenas de años?”
Algunos de los que hoy me critican e intentan difamarme, acusándome de ser un supuesto “desenmascarador” de Kapuściński, exhortaban a la guerra que causó miles de muertos. Este fue su verdadero homenaje al maestro.
Tengo la impresión de que muchos de mis críticos percibían las ideas de Kapuściński como unas excentricidades inofensivas de un viejo osito de peluche –Ricardito. Pero Kapuscinski no fue un osito de peluche, fue un santo aventurero, trotamundos, guerrero. Puedo asegurarles que él no fue un anciano sonriente que se preocupaba por los pobres, él fue un observador agudo del mundo contemporáneo, su crítico, el que señalaba causas de la injusticia, a pesar de que en los últimos años le faltaban fuerzas y energía para luchar por sus ideas y su visión del mundo.
Él lo dejó para los jóvenes y estoy seguro de que entre ellos hay muchos que quieren navegar por el mundo usando sus brújulas, mapas y advertencias. Son ellos los que necesitan -nosotros necesitamos- al Kapuściński vivo, y no un monumento de bronce, aburrido, sin vida, sin aliento, sin pensamientos.
Saludos cordiales,
Artur Domosławski
***
Traducción del polaco: María Ochab
Otros artículos en español sobre la biografía aquí y aquí, y en inglés, aquí.



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