¿Arquitectos o argentinos?, ese es el dilema

April 17th, 20104:08 pm @

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Maxi Spina

Por María Guest*

En el lapso de cuatro décadas y en dos oleadas claramente diferenciadas, un número significativo de arquitectos argentinos ha ejercido una profunda influencia sobre la disciplina y la práctica de la arquitectura en los Estados Unidos. Cada grupo está unido inextricablemente a tendencias específicas de la arquitectura de vanguardia de la posguerra y puede ser conectado con dos episodios importantes del discurso arquitectónico.

El primer grupo consiste en emigrados que se instalaron en el corazón de las universidades más prestigiosas y en las principales escuelas arquitectónicas de los Estados Unidos. Entre ellos, Rodolfo Machado y Jorge Silvetti, en la Facultad de Diseño de Harvard; Diana Agrest en Cooper Union; Mario Gandelsonas en la Universidad de Princeton; Emilio Ambasz, Rafael Viñoly y César Pelli en la Universidad de Yale. Varios fueron compañeros de estudios en la Universidad de Buenos Aires y luego en el Centre Recherche d’Urbanisme en París a fines de los ’60, una época de conflicto social y político en la Argentina que fue determinante de su permanencia en el exterior. Bajo una fuerte influencia de teóricos franceses como Jacques Lacan, Roland Barthes y Gastón Bachelard, esta primera ola de transplantados argentinos fue pionera en la exploración de la relación entre la arquitectura y la semiótica, la lingüística, el estructuralismo y luego el post-estructuralismo. Escritores prolíficos, docentes dedicados, la primera generación de emigrados argentinos ha mantenido su influencia en el campo de la arquitectura, y su pensamiento aún resuena.

La segunda, más reciente generación de arquitectos argentinos –una nueva ola de diseñadores y pensadores experimentales—incluye a Hernán Díaz Alonso, Juan Azulay, Pablo Eiroa, Georgina Huljich, Mariana Ibañez, Ciro Najle, Florencia Pita, Alexis Rochas, Galia Solomonoff, Marcelo Spina y Maxi Spina. Como sus predecesores, la mayoría se formó en la Argentina –Diaz Alonso, Huljich, Pita, Spina y Spina en la Universidad Nacional de Rosario; Azulay, Ibañez, Najle y Rochas en la UBA— antes de viajar al extranjero y realizar estudios posgraduados en universidades de vanguardia en diseño y teoría. La mayoría se graduó de la Universidad de Columbia (con la excepción de Huljich, que estudió en la Universidad de California en Los Angeles, UCLA; Ibañez, que se graduó de la Asociación Arquitectónica de Londres, y Rochas que fue a Cooper Union en Nueva York), y es importante señalar que a finales de los ’90 y comienzos del 2000, cuando completó sus estudios, esas facultades eran pioneras en los campos de computación digital, edificación y modos conjeturales del formalismo arquitectónico.

Varios de estos jóvenes arquitectos practican hoy en la Costa Oeste, insertados, como sus predecesores, en los círculos académicos más influyentes (el Instituto de Arquitectos del Sur de California, SCI-Arc, y la UCLA), como referentes en la academia y en la práctica, mientras que algunos permanecen en la Costa Este, igualmente involucrados en la práctica y la enseñanza (Harvard y Columbia). La entrevista que sigue es una versión editada de sus respuestas a una amplia serie de preguntas alrededor de la idea de que existe un colectivo argentino definido por el vínculo obvio de sus antecedentes comunes, sus pertenencias disciplinarias y la relevancia de su nuevo contexto. Sea o no que sus aproximaciones deleuzianas, postcríticas, computacionales sobre la disciplina estén influídas directamente por sus antecedentes comunes, es innegable que su contribución a la disciplina y su rigor llevado colectivamente a la arquitectura es tan relevante hoy como lo fue hace cuatro décadas.

Alexis Rochas

-¿Se consideran parte de un colectivo intelectual de arquitectos argentinos con una definida presencia en el extranjero y, como tal, reconocen la influencia de figuras como Machado, Silvetti, Agrest, Gandelsonas, Peli, Ambasz, Viñoly, en su decisión de estudiar y establecer sus prácticas fuera de la Argentina?

ROCHAS: Dejame decir antes que nada que ser argentino es una ficción realmente interesante, un tipo de ficción que me gusta mucho. Hay una historia entera de movimientos literarios que trataron de definir al país.  Creo que es una manera increíblemente estimulante de identificarse a uno mismo. Y esa es la cultura de la que provengo. Ahora, sobre si hay un movimiento colectivo argentino: realmente no. Creo que es más como el agua en el paisaje: de algún modo, encuentra el camino hacia el mar, transformando el paisaje a medida que lo atraviesa. Nuestras razones para irnos fueron muy diferentes de las de la generación anterior, y sus trayectorias no fueron un punto de referencia. Yo me fui en el momento más álgido del menemismo, cuando el país vivía un auge de exuberancia. Era un buen momento para irse. Mis antecesores se fueron por otras razones; políticas, o lo que fueran. Eso sienta un tono distinto frente a la generación anterior.

IBAÑEZ: La presencia de argentinos en el panorama arquitectónico de los Estados Unidos es bastante evidente, y aunque estoy atento a mis compatriotas, a su trabajo y a su influencia académica (y, más importante, a su amistad), ciertamente procuro establecer mis propias búsquedas. Estas están basadas en criterios que no necesariamente comparte, o interesa, a un modelo colectivo. Sin embargo, nuestro campos de interés se superponen y me interesa y me intriga la producción de los demás. El ambiente cultural en que fuimos educados sigue estando en nosotros, pero, en términos generales, yo identificaría dos factores que actuaron como detonantes cuando decidí vivir y trabajar afuera: uno es interno a la profesión: la búsqueda de un ambiente intelectual diferente, y otro es externo y se relaciona con las condiciones del contexto.

MAXI SPINA: Me gusta pensarme como perteneciente a una conciencia colectiva, mantenida por un grupo de arquitectos –Hernán Díaz Alonso, Georgina Huljich, Florencia Pita y Marcelo Spina, por nombrar algunos—que se caracterizan por una actitud crítica hacia la arquitectura y hacia la cultura en general. Esta conciencia colectiva, pienso yo, no es exclusivamente argentina, ni pertenece al reino del llamado regionalismo crítico, pero se manifiesta en la convicción, entre unos pocos arquitectos, de que la arquitectura necesita establecerse no como una profesión de servicio sino como un instrumento de nuestro desarrollo intelectual y cultural.

Ciro Najle

NAJLE: La noción de “colectivo” ha cambiado con nosotros, así que diría que sí, aún si el proceso no fue, y no es, dirigido ideológicamente. Hay un terreno común, y a lo largo de los años hemos establecido muchas conexiones entre nosotros, incluyendo la aceptación tácita de nuestras diferencias, que se despliegan en los varios contextos en que nos desempeñamos. Está claro que todos hemos sido influídos por la cultura surgida en Columbia en los ’90 y por la expansión de la computación en arquitectura durante la última década. Todavía están presentes en nuestro trabajo, no importa cuánto nos hemos distanciado de esas fuentes. Fuimos impulsados por motivaciones culturales al comienzo, y por las dináminas del mercado cultural luego. Lo nuestro fue probablemente menos ideológico y más personal –una búsqueda de autoconocimiento- que lo de la generación previa. No “nos fuimos de” Argentina tanto como que nos interesaba expandir nuestro horizonte intelectual y profesional. El hecho de que la generación anterior tuvo éxito en su migración sirvió de precedente: seguimos un camino que había sido probado posible.

DIAZ ALONSO: Bueno,no, porque eso sonaría como si hubiese sido un esfuerzo orquestado o coreografiado, y creo que ocurrió más bien como un accidente afortunado. Also que considerar las diferentes trayectorias: yo y otros venimos de Rosario, donde había una sensibilidad diferente a la de Buenos Aires. En cualquier caso, siempre sospecho de los esfuerzos colectivos. Coincido con Groucho Marx: “No quiero ser parte de un club que tiene a alguien como yo entre sus miembros”.

PITA: Me resulta difícil contestar, porque, para mi, el problema principal es catalogar a una generación. Creo que hay mucho de azar en todo esto. Ocurrieron determinados hechos y de algún modo esos hechos crearon una reacción en cadena. Yo diría que para el grupo que estamos aquí el modelo fue “de transición”: Galia nos habló a algunos por primera vez de Columbia cuando fue de visita a Rosario. Marcelo fue el primero en ir, luego Hernán, luego yo, luego Juan, en secuencia. Eso es lo que llamo una reacción en cadena. La congregación de argentinos en Los Angeles se produjo a través de otra universidad, SCI-Arc. Hernán comenzó a dar clases, luego Marcelo, luego yo y después Alexis y Juan. Me cuesta definir la relación entre nosotros y la generación previa porque tiene menos que ver con el reconocimiento de un antecedente común que con el descubrimiento de una nueva metodología.

Georgina Hujlich y Marcelo Spina

MARCELO SPINA: Tal vez a nivel personal, porque compartimos experiencias académicas formativas y ambientes disciplinarios similares. Sin embargo, los trabajos particulares de cada individuo hicieron que cada uno se asociara con gente diferente independientemente de las nacionalidades.

HULJICH: Si, pero en el sentido de que “colectivo” significa estar relacionado con gente de una misma generación que se fue del país al mismo tiempo y tiene intereses comunes, no porque un discurso similar pueda servir para entender nuestra obra. Nos considero influyentes en una nueva generación de arquitectos, pero no creo que la generación anterior sea un punto de partida. Creo que tiene más que ver con estar en la Costa Oeste

SOLOMONOFF: A medida que me hago más grande, y que profundizo mi influencia como profesora, tengo una mayor conciencia de que existe un colectivo argentino y admiro los esfuerzos de todos los que han formado parte de él antes y después de mi. Reconozco los rasgos comunes aunque no son tan fuertes como los de otros colectivos como, por ejemplo, el Club de Madrid. El sentimiento de pertenencia a varias comunidades se ha intensificado y soy conciente de las particularidades de ser una mujer argentina que practica arquitectura en Nueva York. En nuestra oficina siempre tenemos un arquitecto joven argentino, actualmente es Ignacio Guisasola. Creo que como colectivo combinamos teoría y práctica, humor y horror ¡con una facilidad única!

AZULAY: Diría que todos sentimos que somos nuestra propia, individual, diáspora, que es mayor que la Argentina. Esa es la amnesia argentina, en cualquier caso. Lo más cercano a Nación que tenemos es nuestro equipo de fútbol. Sin embargo, mirando hacia atrás, podés comenzar a reconocer diásporas cíclicas. Creo que para nosotros fue Columbia, o Nueva York, la bisagra a partir de la que todas estas cosas se unieron y se establecieron las conecciones. Pero es raro que los patrones sean convergentes.

-¿Qué papel cree que juegan en su obra su educación y su formación en la Argentina?

HULJICH: La educación en la Argentina es excelente. Creo que estamos muy bien preparados, y que esto ha jugado un papel muy importante. Es una formación que te permite ser altamente selectivo y no comprar cualquier cosa que te presenten.

MARCELO SPINA: Mi educación en la Argentina fue terriblemente importante porque me dio una ética y un rigor que nunca hubiera adquirido como estudiante en los Estados Unidos. La base de lo que soy como arquitecto puede rastrearse en mi educación en la Argentina. Como no sólo hacemos trabajo especulativo sino de construcción, nuestra experiencia formativa es muy valiosa.

ROCHAS: Soy absolutamente producto de la educación pública. Soy de Buenos Aires y me formé en el sistema de la escuela pública y gratuita, que tiene, por más tradicional que sea, un potencial increíble. Con el tiempo, tiene sus limitaciones, y mi curiosidad me llevó a buscar trascender esas limitaciones saliendo del país y adquiriendo una segunda fase educativa, y así hice dos carreras de grado: una en la UBA y la otra en Cooper Union en Nueva York. Me llevó 5 años aprender arquitectura y otros cinco años deconstruir lo que había aprendido.

AZULAY: Vine a SCI-Arc en 1993 como estudiante de grado luego de hacer mi servivio militar en la Universidad de Buenos Aires, donde el entrenamiento es muy riguroso y desarrollás un manejo del tiempo muy eficiente y mecánico. Reconozco que tuve mucha suerte de recibir un entrenamiento tan disciplinado y riguroso en mis primeros años de formación, y luego, en SCI-Arc, trabajé con gente dispuesta a llevarme al borde del precipicio.

–¿Hay un momento cultural-político en la historia Argentina que haya afectado su comprensión de su práctica actual?

ROCHAS: Crecí en un país que trataba de darse una explicación a si mismo luego de veinte años de dictadura, y creo que sigue experimentando desde entonces. No hay mayor laboratorio que Argentina. Experimenta con la economía, con la política: algunos experimentos fallan, otros trascienden las expectativas, pero la experimentación es continua. Siempre digo que si la Unión Europea funcionara como una utopía integrada, se parecería mucho a la Argentina.

Galia Solomonoff

SOLOMONOFF: Como argentina y como inmigrante siempre estoy lista para que algo salga mal y para salir a encontrar la solución. Creo que fuimos condicionados, como hijos de la dictadura, a entender el doble discurso, a trabajar duro, y a esperar que la gratificación llegue en un futuro soñado.

NAJLE: Reconozco la relativa inconsistencia de nuestro origen, y creo que es una condición político-cultural intrínseca y deliberada de nuestra obra, y no simplemente una falta de toma de posición. Reconocemos que nuestras especulaciones se desarrollan hacia lo que uno podría entender como una situación intermedia entre el activismo político irónicamente paralizante de generaciones anteriores y la visión crítica sub-desarrollada de los que han surgido desde entonces. El modelo en el que la práctica y la academia son partes integrales e indispensables de la búsqueda arquitectónica es un modelo que aprendí en la Argentina y que tuve la suerte de desarrollar en mi experiencia afuera. Mi educación en varias instituciones argentinas fue excelente, y veo que muchos arquitectos jóvenes de América Latina están haciendo cosas muy interesantes. En el pasado, la distancia entre Buenos Aires y Europa y otras ciudades del mundo parecía crear un aislamiento del discurso contemporaneo, pero la comunidad está ahora más dispersa y conectada y caracterizada por intensidades locales.

AZULAY: Alguien dijo alguna vez que los argentinos aman a sus dictadores. De algún modo, significa aceptar nuestro ADN. Crecimos con algo más raro que lo que le tocó a nuestros antecesores que fueron arrojados de aviones, drogados y vivos, desaparecidos. Nuestros aviones de la muerte eran criaturas imaginarias, de las que nos arrojaban pero no moríamos. Hay una forma de violencia invisible, intangible, que se pudre como un vacío. Sin saberlo, heredamos ese vacío y tuvimos que inventar nuestro propio espacio.

–¿Cuán fuerte es su conexión con la Argentina? ¿Considera que su obra y sus intereses disciplinarios tienen resonancia en su país?

HULJICH: Creo que nuestra práctica tiene más resonancia fuera de Argentina que en nuestro país.

DIAZ ALONSO: Es increíblemente fuerte en términos personales, porque nuestras familias están en Argentina, pero eso es todo: profesional e intelectualmente no tengo ninguna interaccción con la Argentina.

Foto: Austin Guest

*Maria Guest, arquitecta guatemalteco-norteamericana basada en Cambridge, Estados Unidos, es co-fundadora, con Mohamed Sharif, de Sharif Guest Studio. Es profesora en la Rhode Island School of Design. Se graduó de la Escuela de Diseño de la Universidad de Columbia en 1996.

(Esta entrevista, con el título “Difference and Repetition. The Argentinean New Wave”, fue publicada en inglés por ReVista, del David Rockefeller Center for Latin American Studies)


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