Infancia con los cerdos, adolescencia como atleta: el periodista de la nueva era china, por Haili Cao

April 15th, 20103:25 pm @

2


Nací dos años antes de que la muerte del Presidente Mao, en 1976, pusiera fin a la Revolución Cultural. En esos diez años, casi todo había sido destruido: la política, la economía, las relaciones humanas. Yo era demasiado joven para conocerla de primera mano; no conservo un recuerdo de esa época trágica.

Mi infancia transcurrió en un pueblo de menos de cien habitantes, el de mis abuelos maternos, un sitio tranquilo y aislado, entre montañas.

Nací en el seno de una familia campesina, o, para usar el término popular de aquella época, una familia proletaria de la provincia de Zhejiang. Mi abuelo paterno, que murió antes de que yo naciera, trabajaba el campo y era, además, aprendiz de zapatero.  Mi abuelo materno era carpintero. En la China de hoy, no mucha gente quiere nacer en una familia de campesinos, pero en aquellos días no había nada más deseable que poder decir: ‘Soy de una familia proletaria’.

La pobreza era el lugar común. Comíamos lo que producíamos: batatas, maní, nueces… Mis abuelos criaban gallinas, patos, cerdos y conejos. Todos vivíamos bajo el mismo techo. Los cerdos han quedado especialmente grabados en mi memoria, porque se alojaban en nuestro baño, una construcción precaria. Cada vez que iba al baño sentía que los cerdos me miraban. Se me hacía difícil concentrarme: me aterraba que fueran a atacarme.

Aquella es, aún así, una época de nostalgia y de paz. Yo no participaba de las duras tareas cotidianas y me gustaba pasar el día frente a la ventana del segundo piso de la casa que mis abuelos habían levantado con sus manos: miraba cómo el sol se ponía, lentamente, en las montañas. Cuando el último rayo desaparecía, el pueblo se hundía en la oscuridad y las chimeneas comenzaban a humear. Me quedaba allí, de pie, hasta que llamaban mi nombre.

Pero la vida iba a cambiar, para mí y para el país todo.

A fines de los ’70, cuando Deng Xiaoping abrió China y dio comienzo a reformas que cambiarían el país para siempre, abandoné mi querido pueblo. Para mí, el responsable del cambio no era Deng Xiaoping sino mi padre.

El menor de cuatro hijos, mi padre fue el único en su familia que escapó a la vida campesina. Era inteligente y logró entrar a un colegio militar en el que estudió matemáticas. Al graduarse, lo asignaron a la marina y con el tiempo terminó en Shanghai, en la base de la Armada del Mar del Este, con un puesto de contador en el departamento de logística.

Mi padre regresaba a su casa, en un pueblo cercano al de mi madre, una vez al año. En una de esas visitas se arregló su casamiento; los matrimonios arreglados son aún hoy moneda corriente en la China rural.

Mi padre volvió a visitar a su esposa dos veces, con cinco años de intervalo, y se las arreglaron para producir dos hijas. Yo resulté una gran decepción para la familia, que se había ilusionado con que el segundo hijo fuera varón. Durante mucho tiempo viví a la sombra de mi hermana. Cuando cumplí tres años, mi madre y hermana se fueron con mi padre a Shanghai y me dejaron con mis abuelos.

Foto: Graciela Mochkofsky

A los 6, cuando me tocaba empezar la escuela, me llevaron con ellos. Fue un gran golpe: del pueblito a la gran ciudad (aunque vivíamos en la base naval, en la entrada al Mar del Este, que para la gente de Shangai es el campo). Me sentí perdida. Los residentes de Shangai tiene fama de ser los más snobs de China. Miran con sorna a la gente del campo. Me volví tímida, insegura, sensible a lo que los demás pensaran de mí. Desarrollé un hondo sentimiento de inferioridad y me convertí en una torpe social a la que le costaba expresarse. En la escuela tenía terror de hablar en público y cuando me hacían pararme para contestar una pregunta mi corazón retumbaba y mi cara ardía.

En el país, se cocinaban grandes cambios. Eran los ’80, una época de doloroso revisionismo de la Revolución Cultural y de liberalización intelectual; un tiempo de idealismo e inocencia. Algunos intelectuales de mi país han llamado a esa década “La Era Dorada”: florecieron la literatura, la poesía y las artes. Los intelectuales pensaban en grande: ¿Por qué tanto sufrimiento? ¿Por qué China es un país tan atrasado? ¿Qué sociedad queremos?

Esa búsqueda de sentido, la ambición idealista de libertad y democracia, desembocarían en la tragedia de Tiananmen en 1989. Pero yo ignoraba todo eso, era inmune al cambio.

Era tímida y callada, un producto perfecto del sistema educativo comunista: disciplinada, seguía las reglas con devoción, jamás cuestionaba a los maestros. Me conmovían las películas de propaganda de guerra, creía genuinamente que el comunismo era una causa noble. Me decía con todo el corazón que quería entregarme al país y a la gente, que debía trabajar duro para ser excelente en cada área.

Antes de ser otra cosa, fui atleta. A los 11 años  fui elegida para formar parte de la escuela deportiva del distrito y me especialicé en carreras de 800 y 1500 metros. Me entregué enteramente. A los 14 estaba en la cima de mi carrera de atleta y me preparaba seriamente para participar del campeonato mundial.

Era una experiencia dura, de constante desafío físico y mental. Era, también, una vida solitaria.

Llegó el momento de llevarme al equipo deportivo de la ciudad. Mi entrenador fue a visitar la base de entrenamiento para las carreras de larga distancia. Allí vio que los jóvenes se sentaban en el comedor con rostros que no mostraban expresión alguna: eran autómatas. Mi entrenador resolvió que no podía condenarme a ese destino.

Fue así como no me convertí en atleta olímpica.

Entonces llegó 1989: lo que para el mundo era un evento histórico, para mí era incomprensible. Me peleaba con mi hermana, que estaba en primer año de la universidad y marchaba por las calles.

Pero comenzaron a conmoverme las historias que escuchaba: que los estudiantes marchaban largas horas desde el campus hasta el centro de la ciudad tomados de las manos, que ciudadanos comunes les llevaban comida, que choferes de colectivos se ofrecían a llevabarlos gratis. Un día mi madre me llevó de compras a la ciudad y vi por primera vez a los estudiantes con carteles que decían: ‘Abajo Deng Xiaoping’.

Más tarde supe que muchos habían muerto, que muchos inocentes habían sido encarcelados. La nación entera volvió a sumirse en el silencio y la gente perdió interés en la política, perdió la fe en los ideales.

Yo cumplí 18 años y me uní al Partido Comunista Chino. Seguía idealista, creía en el comunismo. Me invitaron a unirme porque corría más rápido que la mayoría de los estudiantes varones y era, al mismo tiempo, buena estudiante (en China, se asume que alguien físicamente fuerte debe ser intelectualmente débil. Inteligencia y físico no van juntos, y sólo los tontos o los campesinos siguen una carrera en el deporte.) Ese año también tomé otra decision que cambió mi vida y mi personalidad: decidí estudiar periodismo en Beijing.

Ser periodista significaba iniciar una vida independiente. Me fascinaba la idea de Beijing, la capital. Elegí la Universidad del Pueblo Chino, fundada por el PCC en 1937 durante la guerra para formar cuadros políticos. En 1992, tenía la mejor facultad de periodismo del país. Yo tenía una razón noble para desear ser periodista: había leído un artículo en el Diario de la Juventud de Shanghai sobre la dureza de la vida rural. Como había crecido en el campo y sabía que la gente de las ciudades no entendía esa vida, o no le importaba, yo iba a escribir sobre ella.

Foto: Graciela Mochkofsky

En el verano de 1992, en el tren que me llevaba de Shanghai a Beijing, me sentí libre.

Cuando llegué a Beijing, encontré que la realidad era diferente a mis sueños: una atmósfera mercantil, los estudiantes absorbidos por sus trabajos de medio tiempo. Comencé una dolorosa transición de creyente comunista a una especie de anarquista.

No sólo me afectó la atmósfera mercantil que lo envolvía todo, sino la profunda crisis de fe. La sociedad que, para mí, cambiaba tan rápidamente, la cristalización de los cambios de los que había vivido aislada –mis ideales sobre el colectivismo, mi devoción por mi país y la gente se veían confrontados a una realidad de individualismo y egoísmo que me miraba como si hubiera salido de una tienda de antigüedades.
Fue un despertar, el descubrimiento de que el Partido no era lo que me habían enseñado, de que quería ser fiel a a mí misma y a la vida.
*****
Haili Cao estudió, gracias a una beca, una maestría en periodismo en Berkeley University (EE.UU.) en 2002. Es una de las fundadoras de Caijing, una revista independiente sobre negocios y política, en Beijing. Tras convertirse en su editora de noticias internacionales, renunció este año para acompañar a su editora general, la reputada Hu Shuli, en un nuevo emprendimiento: la revista de actualidad Century Weekly.

*****

¿Viste nuestro video encontrado de hoy en la página de inicio?

¿Viste nuestra sección de Periodismo, de Antropologías, de Hallazgos, de Literaturas?

Recomendá / compartí este artículo:

Posts relacionados: