Silencio en la frontera, por Alfredo Corchado

2 abril, 2010

foto: Kael Alford

Alfredo Corchado nació en Durango, México. Su padre campesino emigró a los Estados Unidos en los ’60 junto con miles de compatriotas para trabajar en las cosechas en la costa Oeste. Cuando Alfredo tenía 5 años, su madre, desolada por un accidente en el que murió su hija menor, decidió dejar México para siempre y subió sus hijos a un colectivo rumbo a California, donde se reunieron con el padre. Corchado se hizo periodista porque quería volver contar la historia de México.

Comenzó su carrera en un pequeño periódico de frontera hasta que fue descubierto por la prensa nacional. Saltó entonces a The Wall Street Journal, pero, como no lograba que lo enviaran a México, se mudó aThe Dallas Morning News, principal diario de Texas, de gran influencia en la comunidad latina del sur de los Estados Unidos. Uno de sus primeros encargos fue investigar el asesinato de mujeres en Ciudad Juárez. Descubrió que una organización entonces secreta, La Línea, las violaba y asesinaba en complicidad con policía local. Entró así en la naciente guerra entre traficantes de drogas. En 2008, recibió el premio Maria Moors Cabot por su cobertura de la violencia en la frontera.

Luego, el asunto se complicó.

(11 de junio de 2007)

foto: Kael Alford

Ciudad Juárez sigue siendo, por lejos, la ciudad más violenta de México, con más de 450 asesinatos en lo que va del año [2010], y más de 4.650 desde enero de 2008. El estado de Tamaulipas, sin embargo, es un polvorín. Es la sede del cártel del Golfo y de Los Zetas. Algunos de sus miembros fueron entrenados como fuerzas especiales de elite por el gobierno norteamericano y otros gobiernos extranjeros antes de que Cárdenas [Osiel, ex líder del cártel del Golfo, que asesinó a su predecesor para ganar el control del grupo, hoy en prisión] los sedujera a desertar y formar su propio ejército mercenario.

En las últimas semanas, según la inteligencia norteamericana, el cártel del Golfo, con el apoyo de La Familia de Michoacán y el cártel de Sinaloa, dirigido por Joaquín “El Chapo” Guzmán, el criminal más buscado de México, decidió “eliminar a Los Zetas, sacarlos del medio”.

(…) Desde que llegó al gobierno en 2006, [Felipe] Calderón ha enviado 45.000 tropas a recuperar el control de las comunidades bajo la influencia de los traficantes, que en general están en connivencia con autoridades mexicanas.

En el medio está Egdar Valdez, nacido en Laredo, conocido como “La Barbie” –problabemente el más poderosos ciudadano americano convertido en líder de un cártel mexicano, quien también tiene a su cargo a un grupo de sicarios. La inteligencia norteamericana cree que Valdez trabaja para el cártel de Sinaloa y que representa un vínculo posible con el cártel del Golfo.

(Marzo de 2009)

Alfredo Corchado

El 12 de julio de 2007 fue el último día en que me sentí cómodo en mi departamento, tal vez en México.

Sonó el teléfono. Miré el número de la llamada entrante. Era un informante en el que confiaba desde hacía mucho tiempo. Lo llamé por su nombre secreto, y bromeé: “Era hora…”

El informante permaneció en silencio. Y luego las palabras salieron despacio, una tras otra.

“¿Dónde estás?

“En México,” dije.

“¿Dónde, exactamente?”

“En mi departamento, preparándome para ir a cenar.”

“Planean matar a una periodista norteamericano dentro de las próximas 24 horas. Creo que eres tú. Vete. ¡Ya! Tienen que andar clandestino, mantener un perfil bajo. No puedo decirte más. Esto es serio. Es asunto de los Zeta. Hablemos por la noche, misma hora, mismo número”.

Click.

Colgué y me quedé mirando fijo por la ventana de mi departamento, estupefacto.

Miré el horizonte de torres, en el centro la Torre Mayor, que domina el paisaje a lo largo de Avenida Reforma. Durante años, la sorprendente visión de la avenida decimonónica, inspirada en los Champs-Elysee, me cortaba la respiración. Ahora, mi mente corría enloquecida. ¿Ya estoy muerto?

Entré en el living y bajé el volúmen de la música. “Creo que deberíamos cancelar la cena”, dije a Angela, mi novia, periodista televisiva. Había estado planeando una celebración con otros correspondales extranjeros por un premio que yo había ganado por mis investigaciones sobre el crimen organizado en México. En ellas contaba cómo debilitaba a la ya frágil democracia mexicana, los asesinatos de hombres y mujeres… De pronto, el premio parecía irrelevante.

“Van a matar a un periodista norteamericano en las próximas 24 horas y mi informante cree que soy yo”, dije, con voz extrañamente calma.

Angelia y Cecilia, una colega que estaba allí, no atinaron a decir palabra.  Miramos hacia afuera del ventanal. Llovía; la lluvia parece eterna en julio. Limpia el aire más contaminado del mundo: por lo general le damos la bienvenida. Esa tarde, la lluvia sólo agregó vacío al vacío.

Amenazas contra periodistas que cubren la violencia del narcotráfico en México no son cosa nueva. México es ya el país más letal para periodistas en toda América. Ramón Cantu Deandar, dueño del diario El Mañana de Nuevo Laredo, recogió el cadáver de su editor: 67 cuchilladas. Negoció la liberación de su hermano con los traficantes y prometió a los capos que no volvería a investigar sus actividades. Cuando un periodista rompió la promesa, los Zetas pusieron una bomba en el diario y advirtieron que la próxima secuestrarían a las dos hijas de Ramón.

Esta era la cuarta amenaza seria que recibía en cuatro años. La idea de que, como periodista, yo estaba protegido por mi ciudadanía norteamericana o por mi empleador, un periódico norteamericano, se había desvanecido hacía tiempo. Los traficantes de drogas son asesinos transnacionales. ¿Adónde ir?

(…)

Hacia el final de ese primer día, recibí una llamada frenética de un contacto de alto rango en el gobierno mexicano, con quien había tratado por años en Washington y en México. Me transmitió la preocupación del Presidente y aseguró que castigarían a quienes amenazaban a los periodistas.

foto: Kael Alford

Yo lo consideraba un amigo, y me alivió su promesa de que encontraría respuestas entre sus contactos de las fuerzas de seguridad. Pero me sorprendió su único pedido: no más llamados desde el teléfono celular. Los mensajes de texto eran más seguros. Ni siquiera él confiaba en su gobierno. Me fui al interior del país.

Una semana después, volví a hurtadillas al D.F. para almorzar con él. La amenaza, me reveló, provenía de un funcionario gubernamental de alto rango que estaba en connivencia con los traficantes. Yo había publicado un artículo denunciando que existía un pacto entre el gobierno y los carteles, y aparentemente esa era la fuente del enojo: su medio millón de dólares en coimas peligraba. Dos capos narcos me confirmaron más tarde que así había sido.

Era tiempo de dejar México por un tiempo. Me encontré por úlitma vez con mi contacto para despedirme. “Me alegra que te vayas,” dijo, y agregó, medio en broma: “Porque no quería ser el que anunciara tu muerte. Cuídate”.

Pasaron varios meses. En una noche lluviosa en Chicago, Barack Obama se preparaba para subir al escenario de Grant Park como presidente electo. Esa misma noche, también lluvia, en la Ciudad de México, un pequeño avión oficial cayó del cielo durante la hora pico. Los pasajeros incluían al Ministro del Interior y otros funcionarios encumbrados, entre ellos, mi contacto. Se sospechó sabotaje, pero nunca pudo probarse nada. Las teorías conspirativas abundan, pero no hay pruebas de que se tratara de otra cosa que de un error del piloto.

Yo me había conseguido una beca en Harvard. Di vueltas, perdido, por el viejo parque del campus. Los estudiantes copaban la avenida Massachusetts, celebraban la victoria de un hombre propio, afroamericano y graduado de Harvard. Yo lloraba en silencio por la memoria de una pasión similar: las marchas de mexicanos reclamando democracia, una democracia que continúa sintiéndose lejana. Más de 18.000 personas asesinadas desde diciembre de 2006, más de 60 periodistas; muchos, mis amigos.

Esa noche, como tantas otras, extrañé México y pensé en las palabras de mi madre cuando subíamos al colectivo que nos llevaba a California para reunirnos con mi padre, un campesino: “México siempre estará en nuestros corazones, pero el país ya no cree en nosotros. Está maldito. Tenemos que irnos”.

Aun intento probarle que estaba equivocada.

* * *

(Marzo de 2010)

Hermanos y hermanas:

Recurro a ustedes en busca de iluminación sobre la situación que se vive en México. Como corresponsales extranjeros, estamos todos muy nerviosos y no sólo por nuestra seguridad, sino por las crecientes amenazas contra nuestros colegas mexicanos. Adjunto un artículo que acabo de publicar, y otros dos, anteriores, que aportan contexto.

¿Ideas? ¿Pensamientos? ¿Opiniones?

Alfredo.

* * *

Por Alfredo Corchado / REYNOSA.

Desde que la disputa, cocinada a fuego lento, entre el cartel del Golfo y la banda de los Zetas (formada por los policías que lo combatían) estalló en guerra abierta, la censura de prensa ha alcanzado niveles sin precedente en la frontera entre Mexico y los Estados Unidos. Las amenazas, los secuestros y los ataques contra periodistas han impuesto un apagón noticioso.

foto: Kael Alford

foto: Kael Alford

Al menos ocho periodistas fueron secuestrados en Reynosa en las últimas semanas: Jorge Rabago, cronista de radio, murió de una feroz golpiza. Dos fueron liberados por sus captores. Cinco están desaparecidos: un cronista de El Mañana, el medio más grande de la zona; un fotógrafo independiente que trabajaba para La Tarde, edición vespertina de El Mañana; dos periodistas de una agencia online, y un camarógrafo. Esta información la dieron, con pedido de anonimato, colegas que también sufren amenazas diarias.

La violencia de los cárteles ha hecho de Mexico uno de los países más peligrosos del mundo para los periodistas, pero aún para esos estándares de terror esta campaña de intimidación es mucho más amplia –y más efectiva—que cualquier otro intento de silenciar la cobertura mediática de la actividad de los cárteles. Es prácticamente imposible reportear o verificar, siquiera hacer preguntas, sin sufrir represalias.

“Estamos bajo una ley mordaza –me dijo Jorge Luis Sierra, un periodista independiente que vive en McAllen, del lado norteamericano de la frontera, frente a Reynosa—.Vivimos en silencio”.

La guerra que libran los Zetas y el Cartel del Golfo, que cuenta con el aporte de pistoleros de otros carteles mexicanos, ha llevado a la muerte a cientos en los estados de Tamaulipas y Nuevo León. “Más de 200 en los últimos 14 días”, según un oficial de inteligencia norteamericano que pidió reserva de identidad. No existen cifras oficiales de muertes.

El oficial contó que miembros del cartel han montado checkpoints en las rutas a Reynosa y a otras ciudades a lo largo de la frontera en los que detienen y revisan a los automovilistas.

El cartel del Golfo ha usado como base para su operación de tráfico de drogas esta zona de la frontera lindante con Texas, durante años. Pero a diferencia de otras ciudades de frontera que lidian con la violencia de los traficantes –como Ciudad Juárez, donde los medios dan reportes diarios de fatalidades–, aquí la cobertura noticiosa sobre las actividades del cartel es casi por completo inexistente.

Los editores de noticias admiten que la autocensura es norma. “Tratamos de vender credibilidad, pero ¿dónde está nuestra credibilidad? ¿Y qué opción tenemos cuando ni estado local ni el federal nos pueden proteger?,” se lamentó un editor ejecutivo.

Un cronista televisivo, Miguel Turriza de Cablecom TV, hacía un informe de pie frente a la cámara, hace unas pocas semanas, cuando se desató una balacera que lo envió al suelo de rodillas y lo puso a gatear en busca de cobertura.

Funcionarios de los gobiernos local y estatal, posiblemente con la vista puesta en la autoprotección, han intentado desestimar la gravedad de la situación. El gobernador de Tamaulipas, Eugenio Hernández, culpó por los temores a un estado de “paranoia colectiva”.

Sus declaraciones enojaron a la población y provocaron el surgimiento del periodismo ciudadano.

Una mujer del pueblo fronterizo de Camargo usó la cámara de su celular para grabar un video de unos 6 minutos, que colgó en YouTube. El video mostró camionetas 4×4 acribilladas y lo que parecían ser los cadáveres de dos hombres, cientos de cartuchos usados de munición de guerra dispersos por el suelo, una estación de servicio abandonada, un negocio vacío y soldados en la escena de la balacera. El video también mostró las calles semidesiertas y lo que la mujer describió como cables de televisión y teléfono cortados.

“El gobierno dice que es paranoia, ¿una mentira?”, preguntó la mujer,que no se identificó en el video. “Véalo usted mismo, mire las calles vacías… Ni siquiera tenemos servicio de recolección de basura”.

La mujer dijo que unas veinte granadas habían explotado en noches recientes, y que los pobladores están aterrados “con labios secos. Nadie quiere ya salir ni siquiera a comprar un kilo de tortillas”.

Otros pobladores están llenando el vacío mediático con una avalancha de mensajes en las redes sociales como Facebook, Twitter y YouTube. Uno de estos mensajes colgados en Internet contiene unos dos minutos de registro sonoro de disparos de armas de alto calibre y explosiones de granadas.

“No estamos locos, no somos paranoicos,” dijo Pilar Ramírez, que esperaba afuera de una escuela a que saliera su hijo. “No cuando eres testigo de disparos y batallas armadas en nuestra ciudad”.

Como muchos otros padres, Ramirez no envió a su hijo a la escuela durante varios días, temerosa de que cayera en un fuego cruzado cerca de la primaria Miguel Hidalgo, en el centro de Reynosa. Algunas escuelas han reportado un ausentismo del 80 por ciento. La directora del Miguel Hidalgo dijo que para ellos era del 30 por ciento, pero Ramírez negó con la cabeza. Miles de personas, incluida Patricia Bocanegra, buscaron refugio temporario del lado norteamericano de la frontera.

“Nadie quiere admitir nada,” dijo Bocanegra. “Todos actúan como si nos lo estuviéramos imaginando.”

Pero recientemente el gobierno de Reynosa abrió una cuenta de Twitter y otra de Facebook para informar a los residentes sobre cuáles calles son seguras.

* * *

(30 de marzo de 2010)

Estoy en el aeropuerto, a punto de salir. Yo sigo en espera de lo que me diga la embajada de Uruguay. Les aviso.

Los cinco periodistas siguen desaparecidos. No se ha sabido nada más. Siguen levantados y desaparecidos.

Me enteré de que todo esto no ocurre solamente en la frontera sino en más y más comunidades en el interior de la República, de Guerrero a Coahuila a Durango a Baja California. La censura crece al igual que el silencio.

Lo que más impresiona no es el número, sino el poder del crimen organizado y el silencio y el miedo que está dejando en Mexico. Luego ves lo que está pasando en lugares como Honduras y ves que esto crece, ves el reto increible para estas democracias débiles y nacientes…

Está cabrón.

Alfredo.

(Las versiones originales de los artículos en inglés aquíaquíaquí)
Foto de tapa: Kael Alford

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3 Comments → “Silencio en la frontera, por Alfredo Corchado”

  1. HUGO 4 years ago   Reply

    CARTAS DE MEXICO POR A. CORCHADO
    Regresé de México hace unos días después de haber estado 22 días en un pueblo de la Provincia de Veracruz visitando a mis nietos. Me impresionó la bondad y la amabilidad de la gente, lo bien que atienden en los negocios,en los restaurantes y en todas partes en donde estuvimos.- Paseamos mucho por esa zona a toda hora y no vimos ninguna señal que nos indicara ninguna clase de peligro. Después de leer la carta de Corchado, agradecí que la empresa petrolera en la que trabaja mi hijo no lo haya destinado a esos lugares en donde ocurren esas cosas horribles que relata el periodista.- No tengo dudas de que existen dos Méxicos.-

  2. JULIA GARZA 3 years ago   Reply

    SOLO AGRADEZCO A DIOS QUE EXISTE GENTE COMO USTEDES LOS PERIODISTAS VALIENTES Y CON VERDADERA INTEGRIDAD……SIGAN ADELANTE PERO CON CUIDADO
    SALUDOS
    MTY

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