No hay recuerdo de un principio. Hubo, sí, un momento y un hombre. La fecha exacta se ha perdido; el hombre fue llamado el último o el más antiguo, pero esta definición es, en varios sentidos, falsa.
En aquella era irrecuperable, la existencia de hombres como él estaba condenada a la irremediable finitud. Se nacía, se vivía, se moría; y este último, forzoso, acto final, lucía tan pavoroso que consumía todos los otros. La conciencia agonizaba ante la idea de su terminación; era sencillamente insoportable. Muchos esfuerzos se destinaban a demorarla u olvidarla. Aceptarla con resignación se consideraba propio de sabios o dementes.
Por efecto de esta condición, imperaba entre muchos el postulado, inscripto en fábulas y rituales distintos, de una dimensión ulterior, en la que se juzgaba las conductas y la vida proseguía bajo otra forma. Esta ilusión proporcionaba alivio y esperanza.
Otros hombres se confiaban a los poderes de la ciencia. Ordenaban que sus cuerpos yertos o sus partes fueran preservados en frío extremo, apostando a que generaciones posteriores hallarían el modo de revivirlos. Nuestro hombre se contaba entre ellos; también él depositó su fe en el futuro.
Pasaron siglos. Los conocimientos se multiplicaron y profundizaron. El tiempo de la existencia se prolongó mucho más allá de lo imaginado. Las enfermedades desaparecían, la vejez se retrasaba; los hombres atravesaban centurias. Se hizo evidente que no tardaba en llegar el punto en que el ciclo de la vida quedaría bajo dominio humano: sería posible crearlo y recrearlo a voluntad, extenderlo hasta límites desconocidos; quizás más allá de todo límite. Era el fin del destino.
La noción resultó abrumadora. En reacción, dos movimientos contradictorios se propagaron como epidemias: el de aquellos que exigían ser preservados si los alcanzaba la muerte antes de que ésta fuera vencida y el de quienes rechazaban la posibilidad de que el hombre ocupara el lugar antes reservado a la divinidad.
Nuevos cultos se alzaron contra la blasfemia. Iracundos profetas auguraban catástrofes y conminaban a la humanidad a emprender un penitente retorno a la infancia y la ilusión. La misma fe que hasta entonces había defendido el tenor sagrado de toda vida, aun de aquellos nonatos, ensalzaba ahora, sin reservas, la santidad de la muerte.
La rebelión de estos apólogos de Dios fue violenta. Se sucedieron guerras terribles en que la humanidad fue diezmada; muy cerca estuvo de su total destrucción. Multitudes aterradas y fanáticas desmalezaban de agnosticismo, miembro a miembro, países, sociedades y familias. Grandes ciudades fueron sitiadas; a su caída, hecatombes humanas eran tributadas al dañado honor de dioses ofendidos.
Los racionalistas, guarecidos en fortalezas inexpugnables, retribuyeron los daños con impiedad. En su bando militaban los poderosos de la Tierra. En un solo día descargaron las más letales armas sobre sus enemigos; en un solo día, arrasaron naciones enteras. No se salvaron el pez o el pájaro. El Sol se ocultó en tinieblas artificiales y volvió a alzarse sobre océanos de sangre.
El recuento de los sobrevivientes fue doloroso. No se había matado sólo a los vivos, sino también a los muertos. Millones de nichos con materia inerte que esperaba el toque mágico de la ciencia futura habían sido destruidos por la furia religiosa: congelados cadáveres habían ardido en incendios feroces. Imposible decir cuántos se perdieron en la saña funeraria de esos días. Baste decir que solo uno se salvó.
Por su máxima antigüedad, estaba alojado en un sitio distinto: un refugio subterráneo y desconocido. La salvación del muerto fue celebrada por los racionales vencedores como el augur de un próximo renacimiento, y su memoria legada a quienes tuvieran, algún día, el poder de reanimarlo. Más que nunca se valoró la vida; y la posibilidad de crearla, preservarla, rescatarla, se tornó sagrada para esas mentes científicas.
Pasaron millones de años; tal vez más. En cierto punto, el tiempo mismo acabó. Se había intentado fijar un nuevo principio, pero cualquier enumeración había acabado por resultar absurda. Ya no había estaciones, días ni noches. Los soles se construían y dirigían a voluntad; el planeta era cambiado de órbita cuando resultaba conveniente. La alimentación y el descanso eran inducidos, como la felicidad y los sueños. La entropía murió; la energía era infinita.
Alcanzada la inmortalidad, se terminó la procreación. No el contacto sexual durante un período, pero estaba igualmente condenado a desaparecer. Se podía, por mutación caprichosa, ser hombre, mujer o niño en un mismo día –o cualquier otro organismo vivo; incluso uno que hubiera existido antes únicamente en la imaginación.
Sin cuerpo ni tiempo, la humanidad se hizo, cada vez más, un único ser, un saber colectivo, una voluntad, una conciencia, sin principio ni fin, inmaterial y omnipresente. No había más individuos, ni diferencias, ni detalles o accidentes; la esencia se había revelado.
Éramos uno; y, por ello, sólo éramos. No había más que existencia; la nada era un imposible. Una existencia sin deseos ni alteraciones, sin impaciencias ni euforia, una existencia concéntrica, crepitando en su propio fuego imperecedero, sin objeto ni término.
El hombre antiguo fue revivido entonces -largamente se había debatido cuándo hacerlo. Enfrentados a una vida que no tenía más sentido que el que surgía de su propia evidencia, buscamos una respuesta en él: en un pasado que no parecía ya nuestro, un pasado ajeno.
Con él volvieron a la vida los anhelos olvidados, las ansias de otras edades. El hombre rebrotó sin esfuerzo. Lo vimos alzarse de nuevo sobre el planeta y un vínculo potente estremeció el ser y sus fundamentos. Amábamos; era un amor absoluto, un amor infinito.
Pero él… él vagaba extraviado por un mundo que no era el suyo; él buscaba en todas las cosas las señales desvanecidas, la sustancia de sus recuerdos. Para él fuimos, otra vez, hombre, mujer y niño; fuimos multitud y silencio, cielo y aventura. Pero él… él sufría. Fuimos música, color, fulgores, pero nada había en nosotros que paliara la soledad extrema de haber sobrevivido a su tiempo –de haberse sobrevivido.
El propuso –y, por amor, aceptamos– crear un nuevo universo, tan pequeño que cabía en una sola de sus manos. Lo vimos desarrollarse, crecer, encender y apagarse. Todas las fuerzas de un nuevo principio se agitaban en su puño y en su alma.
El cambio, lo sabíamos, era inevitable.
El propuso –y, por amor, aceptamos– insuflar en el pequeño universo el soplo de la vida. La vimos encenderse, crecer, desarrollarse, voraz, en la incertidumbre tremenda, palpitante, que desconocíamos.
El siguiente paso, lo sabíamos, se impondría.
Con él, nuestro amor ganaría un nuevo comienzo; y el hombre antiguo obtendría un fin, el fin que antes había resistido y ahora deseaba. En la existencia desnuda de nuestra era, él había optado por la muerte.
Mediante una explosión primigenia, hicimos de aquel micro universo que habíamos creado a su pedido el universo todo. En él nos extendimos; más que nunca, una sola conciencia inmaterial, esperando, esperando sin tiempo. Esperando un solo instante o muchos, según quién los atravesara; añorando al hombre perdido en él.
Vimos la vida brotar y desarrollarse en un parpadear. Vimos la lucha salvaje y la adaptación tenaz. Vimos la transformación de criaturas y moléculas. Al cabo de varias eras, surgieron, otra vez, hombres y mujeres.
Hemos seguido con una emoción que parecía muerta, sus pasiones y batallas, sus angustias y fracasos. Su extrema precariedad, ese parpadeo débil de luz en la oscura tormenta del vacío, era fuente de alivio y esperanza; observarla, nuestro culto.
Esas existencias frágiles se habían convertido en nuestros dioses. De ellas esperamos una respuesta sobre el sentido de la nuestra.
Esperamos.
Esperamos.
De todo esto, hace ya tiempo.
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Tomas Lazara
3 mess atrás
Hermoso, gabriel.